Columnas

Amar la rutina

"Algo pasa en marzo que volvemos a valorar la rutina. Puede que incluso la extrañemos, a ratos, en medio de ese tiempo de playa, de comidas y bebidas abundantes y de trasnoches reiterados".

  • Carolina Pulido

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consuelo astorga

Marzo debe ser el mes más odiado por todo el mundo. Tiene fama de aguafiestas, y con razón. Marzo huele a forro plástico de cuaderno y se oye como un bocinazo histérico en medio de la siesta. También se parece al café instantáneo: es práctico, rápido y omnipresente, aunque sabe mal y hace doler la guata. Y peor aun: marzo es caro y cada vez que llega nos recuerda que vivimos en un mundo donde nada es gratis, por desgracia. ¿Pero saben qué? Así y todo me gusta. Representa también ese concepto de borrón y cuenta nueva. Otra oportunidad. No lograste ser perseverante con el yoga el año pasado; ahora lo lograrás. Es el momento de ordenar los cajones y sacar lo que no sirve, de poner por escrito tus planes, de inaugurar una nueva agenda y botar la vieja. Es, a fin de cuentas, una reconciliación con la rutina después de haber despejado la cabeza en vacaciones.

La mayor parte del tiempo la odiamos, pero algo pasa en marzo que volvemos a valorar la rutina. Puede que incluso la extrañemos, a ratos, en medio de ese tiempo de playa, de comidas y bebidas abundantes y de trasnoches reiterados. Debe ser porque la rutina tiene esa cosa rica de la seguridad, ese alivio de tener la vida bajo control. Desde hace un año madrugo todos los días para hacer un programa en radio Play que parte a las 7 de la mañana. Y para alguien noctámbula como yo, el proyecto comenzó como un desafío. He flaqueado un par de veces, o más de un par en realidad, preguntándome qué diablos estoy haciendo, sobre todo por las mañanas. Y más particularmente después de un trasnoche, lo que ocurre poco, por suerte para mi salud y para mi trabajo.

Pero últimamente, ahora que mi cuerpo y mi reloj interno se han reajustado a la nueva realidad, me parece cada vez más conveniente esta rutina. Yo soy como los niños: necesito la estructura tanto como el amor. ¿Has observado lo que le pasa a una guagua cuando siente que su realidad está desordenada? Se angustia. Yo soy igual. ¿No te ocurre a veces que añoras a alguien que te diga exactamente qué hacer y cuándo, o que te haga el trabajo sucio y te diseñe la estructura para poder pisar tranquila? Para mí esa es la gracia de la rutina: una garantía de que todo va a resultar, de que cumplirás con tu trabajo, tus compromisos sociales, tus necesidades, tus deseos. La angustia se evapora.

Las vacaciones son la vuelta a la propia naturaleza. La desestructuración. O así eran antes de ese cambio de paradigma que llega con los hijos. Claro, porque finalmente estamos hablando de roles y de cómo te las arreglas para interpretarlos. Tu rol de madre, de profesional, de amiga. Así es como nos definimos. En la desestructuración del viaje, de las vacaciones, abandonamos los roles, y es ahí cuando somos capaces de encontrarnos con la que está debajo de todo eso. O dentro. Uno de mis sueños de juventud era vivir un tiempo así. Flotando por la vida, en la esencia y la libertad, lejos de casa y de los roles. Sin rutina. Nunca llegué a hacerlo porque dejé de insistir cuando empecé a ver con ojos adultos la vida de distintas personas que intentaron hacerlo, viviendo en algún paraíso perdido y lejano. Dilatando. Y no funciona, primero porque de algo hay que vivir. Y segundo porque necesitamos los roles para encontrarle sentido a todo esto. Y de ahí la rutina.

Lo bueno es que también hay rutinas que no te alejan de tu esencia, que son las que disfrutas y agradeces, como leerle historias a tu hija por las noches o conversar con tu pareja con una copa de vino, sobre la cama. Tal vez un café a mediodía con tu amigo del trabajo. O el batido de frutas que te preparas en la mañana. Incluso la sana costumbre de hacer listas diarias de pendientes y propósitos puede transformarse en un rito placentero. Y ahí es cuando valoro mi esfuerzo matinal. Hacer mi programa muy despierta y cumplir con un horario que me permite abrazar rutinas que amo. El único problema es ese instante en que suena el último pitito del celular, el cuarto de la mañana, a las 6.00. La prueba de la voluntad every single working day.