Columnas

El matrimonio de mis amigos Pablo y José Pedro

El grupo de amigos que nos reunimos esa tarde fuimos testigos de una ceremonia emocionante hasta las lágrimas. De un amor que estaba en sus ojos, en sus más mínimos gestos y palabras.

  • Carla Guelfenbein

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400Una de las primeras columnas que escribí en esta revista, en el año 2011, fue para mi amigo Pablo Simonetti. En ese texto celebraba nuestra amistad de más de 15 años y contaba cómo nos habíamos conocido en un taller literario. Pablo siempre recuerda ese primer encuentro. Según él, yo llegué atrasada con un gorro de rusa y un abrigo de Anna Karenina, y por mi torpeza al intentar encontrar un lugar donde sentarme se dio cuenta de que era corta de vista. Yo había visto una fotografía suya cuando ganó un concurso de cuentos, y como a todo el resto de las mortales, me pareció uno de los hombres más guapos que había visto. Pero nuestra amistad quedó sellada en esa primera clase por otras razones. A la hora de dar nuestra opinión sobre los cuentos que se leían, nos dimos cuenta de que nuestros puntos de vista, aunque no idénticos, eran similares. Nos deteníamos en los mismos detalles, pero sobre todo, ambos buscábamos en los textos ese elemento que no se percibe de inmediato, que muchos incluso no advierten nunca, y sin el cual el texto literario carece de alma. Fue la búsqueda de ese intangible en nuestras lecturas y en nuestros textos la que terminó de cimentar nuestra amistad. Sus cuentos de ese entonces constituyeron su primer libro: Vidas Vulnerables. Recuerdo que nuestro profesor le criticaba el hecho de que muchos de sus protagonistas fueran gays. Según él, estaba escribiendo lo que él llamaba literatura de género, y de acuerdo a sus dogmas esta no entraba en las grandes ligas de la Literatura, con L mayúscula. Para mí, sin embargo, lo que estaba haciendo Pablo era grandioso e importante. No solo por la belleza de su prosa y su calidad literaria, sino también, justamente, porque sacaba a la luz asuntos que eran parte de nuestra sociedad, y que hasta entonces habían permanecido en su mayoría en la oscuridad. Ya en ese entonces Pablo ponía en palabras lo que muchos, por miedo, habían tenido que callar durante toda su vida. Años después llegó Iguales. La fundación que constituyó junto con Sebastián Grey, Luis Larraín y tantos otros que estuvieron en los albores de una agrupación que sería clave en la ley que les permitiría por primera vez a personas del mismo sexo contraer una unión civil. Este salto en nuestra sociedad fue como haber pasado desde la época de las cavernas a la de la luz. Y Pablo con su tesón y su increíble compromiso fue un actor clave para que esto ocurriera. Por eso este 9 de enero recién pasado fue un día lleno de emoción, de simbolismo y de alegría profunda. Esa tarde Pablo Simonetti y José Pedro Godoy contrajeron matrimonio. Y sí, digo matrimonio, porque su unión ante la ley podrá tener diferencias con la de los matrimonios heterosexuales, pero en lo trascendental, en lo que significa que dos personas se unan para hacer de su unión un compromiso de amor y de vida, es exactamente lo mismo. El grupo de amigos que nos reunimos esa tarde fuimos testigos de una ceremonia emocionante hasta las lágrimas. De un amor que estaba en sus ojos, en sus más mínimos gestos y palabras. Un amor que no es frecuente encontrar entre las parejas de cualquier sexo. Recuerdo cuando conocí a José Pedro. Su forma calma, concentrada y verdadera de estar presente me hizo saber que Jose, como le decimos, era el hombre que mi amigo Pablo había estado esperando por mucho tiempo. Y esta unión, este matrimonio, lo reafirma.

A veces (no tantas en el último tiempo) me siento orgullosa de ser chilena, de vivir en este país del fin del mundo, y ese 9 de enero, además de la felicidad por Pablo y Jose, también me sentí orgullosa de mi país.