Columnas

Por favor, un poco de amabilidad

Depende de nosotros el crear entre los ciudadanos un clima más amable, en el que salir a la calle no signifique que en la esquina alguien te va a tocar lo bocina e insultar sin razón.

  • Carla Guelfenbein

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consuelo astorga

Más de la mitad de las columnas con que se ha iniciado este flamante año han hecho algún tipo de recuento, y sobre todo un intento por mirar hacia el futuro. En esa línea quisiera poner mi granito de arena, mencionando una de las instancias que me preocuparon el año pasado (entre otras muchas) y que tal vez podemos considerar para el futuro: nuestra falta de educación cívica. Pero la verdad es que ambas palabras son muy grandes, y lo que necesitamos para empezar es un poco de amabilidad. Hace algunos meses mi hija fue asaltada violentamente cuando volvía de la universidad, y sin haberlo considerado nunca antes, nos vimos obligados a pedir un crédito y comprarle un auto (del tamaño de uno de juguete, pero auto al fin). Durante los días en que aguardábamos que nos asignaran un estacionamiento en nuestro edificio, mi hija aparcó en el estacionamiento vecino al mío, que por meses había estado vacío. Aún no tenía seguro, y en nuestro barrio los robos de autos son asunto de cada día. No transcurrieron más que algunos días cuando el conserje nos avisó que la dueña del estacionamiento estaba abajo. Le pasé a mi hija una caja de chocolates para que se la diera a la dueña, le pidiera disculpas por la molestia (esperar cinco minutos a que ella bajara a sacar el auto) y le diera las gracias. Lo que recibió fue absolutamente insólito. La mujer, en una camioneta del tamaño de un tanque, comenzó a gritarle a voz en cuello y a insultarla. Mi hija intentaba explicarle lo que había sucedido, pero la mujer en su ira desenfrenada no le permitió abrir la boca. Estuvo a punto de pegarle. Mi hija volvió al departamento llorando, con los chocolates en la mano. Hecha un ovillo en su cama lloró parte de la tarde por el maltrato que había recibido. Hace algunos días nos tocó ir a urgencias de la Clínica Santa María, y el trato que recibimos de parte de la mayoría de las personas que nos atendieron era hosco, incluso bordeando algunos la mala educación.

Estos son algunos ejemplos de lo que nos está ocurriendo. Ejemplos que se repiten una y otra vez. Estamos siempre a la defensiva, pensando que el otro lo que quiere es aprovecharse de nosotros, de tomarnos ventaja, de aplastarnos. La comunicación con ese desconocido que se nos cruza en el camino para preguntarnos algo, para saludarnos en el ascensor, es una pérdida de nuestro valioso tiempo, ese tiempo que tenemos que usar para mirar mil veces nuestro celular. La desconfianza es la forma en que nos relacionamos. Es cierto que los últimos eventos en nuestro país han creado un clima de desconfianza generalizado. Desconfiamos de nuestros empresarios, de nuestros políticos, de la justicia, etc… y con razón. Tampoco ayuda que los robos con intimidación se hayan hecho cada día más frecuentes. Pero justamente por eso es fundamental contrarrestar todas aquellas instancias negativas y duras con nuestro comportamiento. Depende de nosotros el crear entre los ciudadanos un clima más amable, en el que salir a la calle no signifique que en la esquina alguien te va a tocar lo bocina e insultar sin razón, o que como peatón alguien te va a echar el auto o la bicicleta encima. Y no es tan difícil. Es pensar que los otros son como nosotros, que poseen nuestros mismos miedos y necesidades, que muchas veces hay una explicación para lo que en ese instante nos parece inaceptable. Es bien sabido que la calidad de vida de las comunidades guarda directa relación con la forma en que sus miembros se relacionan. La amabilidad es parte fundamental de la conformación de una sociedad más sana. La amabilidad es una necesidad y una opción. ¿Por qué no la tomamos?