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Peluda

No hay mujer en el universo que quiera sentirse fea, ni hombre vivo que fantasee con feas. De eso se trata, para qué engañarnos.

  • Carolina Pulido

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400Mi primera relación con los pelos corporales es tormentosa. Siempre sentí que me sobraban en demasía y me hice usuaria de productos Gillette desde temprano. Una nana me lo sugirió. Le encontré razón después de observar el generoso nido negro e insultante de su axila, que osó exhibir frente a mí una tarde de playa en Concón. Tal vez ahí está la clave de mi obsesión con el tema. Esa incomodidad que no tiene que ver con sentir el contacto de la piel con el vello sino con tener que observar la mancha que enturbia lo que debió ser puro. Y desear por cierto no incomodar a otros con imágenes poco sexis de mí misma. Porque en algún punto de nuestra cadena de información ancestro-cultual se determinó que las mujeres debíamos ser suaves, lisas e impolutas y los hombres todo lo contrario, lo que indicaba que una vez más nosotras debíamos adaptarnos a las reglas del juego.

Hasta la segunda década del siglo XX apenas se había visto mujeres con los brazos descubiertos y la depilación no era tema. Comenzó a serlo en 1915, cuando la revista Harper’s Bazaar publicó un afiche gráfico con la foto de una joven, brazos en alto, polera ajustada con tiritas y cara de felicidad. “La moda para el verano y el baile moderno se combinan para hacer necesaria la eliminación del molesto vello”, decía el aviso. De ahí a la comercialización de productos depilatorios, un suspiro. Las axilas fueron lo primero. Y fue una revista femenina la que nos condenó de por vida, qué paradoja, porque aquello de depilarse es más viejo que Matusalén (en el Antiguo Egipto se usaba el rasurado para hombres y mujeres), pero el hábito no tenía la carga estética que terminó teniendo para nosotras. Lo segundo fueron las piernas, por culpa de la Segunda Guerra Mundial y su escasez de medias de seda, que dejaba al descubierto los vellos (qué palabra más fea). Pensándolo bien, puede que la costumbre de borrar los pelos haya llegado más como una bendición que un calvario. Cuántas generaciones de mujeres habrán comenzado su vida sexual sintiéndose feas o impuras o inadecuadas. Cuántos maridos condenados al sexo a oscuras y privados del placer de tocar. Ahora somos esclavas de la cera; antes lo éramos de la vergüenza.

Luego vinieron el rebaje y el brazilian wax, modas impuestas por el porno y las fantasías masculinas inspiradas en el porno. Y no hay caso: movimiento feminista que se deja los pelos, movimiento que fracasa. Porque no hay mujer en el universo que quiera sentirse fea, ni hombre vivo que fantasee con feas. De eso se trata, para qué engañarnos. Ahora: lo que sí puede cambiar es nuestro concepto de belleza, siempre que venga desde la moda y no desde el feminismo (que no es sexi porque no ha tenido la campaña de marketing que merece).

Y ese día podría estar llegando gracias a Filles à Papa, una marca de ropa belga algo excéntrica que tiene fascinadas a estrellas como Beyoncé y Cara Delevingne. Su última colección de trajes de baño con axila peluda lo certificó. Un poco antes, Madonna exhibía su propio arbusto axilar en redes sociales, y las blogueras cool imponían la última tendencia veraniega: teñirse el pelo de las axilas de colores vibrantes.

Pero seamos francos. Los hombres se excitan con las piernas suaves, por mucho que la reina del pop decida aparecer con pantorrillas de futbolista. Y las axilas frondosas podrán tener lo suyo, pero solo si la usuaria es dueña de una vellosidad aceptable en cuanto a cantidad, color, grosor, olor y largo. Por mi parte debo decir que mi vida cambió desde que conocí la depilación láser. Sin exagerar. Pasé del tormento de rechazar una parte de mi naturaleza, con todas las consecuencias que algo así podía tener en mis relaciones, a la paz interior que llega cuando logras deshacerte de una obsesión. Una vez dije que era demasiado floja para el activismo. Ahora debo agregar: demasiado vanidosa.