Columnas

El lado oscuro del viejo pascuero

La Navidad es el momento en que las relaciones se definen por su propio peso, es el momento en el que se mide el más fuerte y el más débil, el más amado y el más despreciado.

  • Carla Guelfenbein

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Ding, dong, ding dong, suenan las campanas de la Navidad. Los niños cuentan los días para la llegada del Viejo Pascuero, las calles se llenan de luces y los malls, de arbolitos de Pascua. Por debajo de la puerta nos llegan suculentos catálogos que nos ofrecen regalos “para el alma” y “para soñar”. Todos están felices pensando en los presentes que este año recibirán y regalarán. No importa que las tiendas estén atestadas de gente, todos un poco sudados por el calor de diciembre, porque lo que vale es ese gigantesco espíritu de generosidad, de familia, de celebración. Sin olvidar, por supuesto, la organización de la gran cena que como todos los años reunirá a la familia. Algunas dueñas de casa seguramente ya han escogido su receta de pavo, o quizás incluso han encontrado alguna novedad que sorprenderá este año a los suyos, una receta olvidada de la familia, o una que el chef del momento recomendó por la televisión. En fin, cualquiera sea la forma que tome la Navidad, hay algo que será común para todos: será una noche llena de amor que pasaremos junto a los nuestros.

¿En serio? No. La verdad es que no hablo en serio. La Navidad es tal vez uno de los momentos más críticos del año, uno de los más difíciles. Hace tan solo unos días me tocó presenciar uno de ellos. Alojaba en casa de una gran amiga en Colombia, mientras ella, su ex marido junto a su actual mujer, y sus hijas, organizaban el gran encuentro que se llevaría a cabo en la hacienda de la familia de él esta Navidad. Las hijas, repartidas en diferentes partes del mundo, viajarían junto a sus maridos y sus hijos un par de días antes y así tendrían la oportunidad de pasar un tiempo juntos, en un bello entorno familiar y navideño. Todo bien. Hasta que la mujer actual no soportó tanta generosidad y decidió marcar su territorio. Mi amiga (la ex mujer) tendría que quedar fuera. Revolución familiar. Las hijas tomaron partido por su madre. Aceptaron viajar a Colombia, pero no a la hacienda, sino que a pasar la Navidad en casa de su madre, en un suburbio de Bogotá. El ex marido sucumbió ante la presión de su mujer, sus hijas y los yernos, y entró en crisis. Su mujer lo dejó. El iluminado espíritu navideño se fue al tacho de la basura. Y esa es la paradoja, la Navidad es un evento familiar que muchas veces en lugar de unirnos nos separa. La Navidad es una fecha donde se definen los afectos. Y por eso mismo, para muchos, su anticipación no guarda relación alguna con el Viejo Pascuero, sino que con cuestionamientos mucho más profundos. ¿Cuál es mi lugar dentro del círculo de afectos al que pertenezco? ¿Pertenezco a algún círculo de afectos? ¿Me quiere él o ella lo suficiente para incluirme en el suyo?

La Navidad es el momento en que las relaciones se definen por su propio peso, es el momento en el que se miden el más fuerte y el más débil, el más amado y el más despreciado, el que a nadie importa, o el que todos piensan está lleno de compromisos y que por eso mismo no es parte de nada. Es el tiempo de enfrentarse a lo que uno es. A lo que se ha cosechado durante el año. O durante la vida. Es una instancia en la que se queda expuesto a los celos y a los rencores, a las competencias, y también al amor, en suma, al verdadero yo del otro. Es el momento cuando la soledad acecha con todos sus tentáculos. Es el momento en que la soberbia del soberbio, el egoísmo del egoísta, la inseguridad del inseguro, la deslealtad del desleal se hacen más patentes. Es el momento en que en medio de la cena, o en soledad, tal vez nos preguntemos si estamos en el lugar que queremos estar, si hemos hecho todo lo posible por conservar el lado luminoso de la Navidad. En suma, un buen momento para reflexionar qué queremos y qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo a partir de ese primer día del resto de nuestras vidas.