Columnas

Las nuevas liebres y tortugas

Hoy las tortugas siguen siendo más o menos las mismas. Respetan su ritmo y avanzan observando el mundo. Las liebres, sin embargo, han cambiado mucho.

  • Carla Guelfenbein

Compartir vía email

400
consuelo astorga

Varias situaciones recientes me han hecho recordar la fábula de Esopo ‘La liebre y la tortuga’. Recuerdo que de pequeña, cuando miraba las ilustraciones de esa tortuga de cabeza arrugada avanzando paciente hacia su meta, y a la liebre, ágil y estilizada, deteniéndose en cada esquina a gozar de los placeres de la vida, mi corazón se sentía dividido. Por un lado, la fábula me había enseñado que eran la paciencia, la decisión a toda prueba, el avanzar callado y trabajoso de la tortuga los que vencían. De nada le valían a la liebre su rapidez y sus habilidades para correr si no se comprometía con su meta. Excelente moraleja. Pero a pesar de su arrogancia hacia la pobre tortuga, a mí también me gustaba la liebre. Me gustaba su libertad, su desparpajo, su eterna sonrisa. Me gustaba porque era evidente que la liebre lo pasaba bastante bien. ¿Qué tenía de tan malo no ganar la meta, si en el camino conversabas con tus amigos, te reías y te enterabas de las últimas copuchas del barrio? Sí, mi corazón estaba dividido. Porque había un detalle importante que redimía a la liebre: su desidia y su falta de seriedad no le hacían daño a nadie más que a sí misma.

Hoy las tortugas siguen siendo más o menos las mismas. Respetan su propio ritmo y avanzan observando el mundo, su entorno y a sí mismas. Las liebres, sin embargo, han cambiado mucho. Siguen siendo animales arrogantes, pagados de sí mismos. Pero la diferencia es que ahora las liebres tienen muy claras sus metas y no cejan hasta alcanzarlas. Las liebres de hoy no permiten que ningún obstáculo se interponga en su camino. En el último tiempo hemos visto muchas de ellas en las altas esferas de gobierno y en las empresas. Las liebres no dudan en coludirse con sus competidores si esto les va a traer más dividendos, ni tampoco hacer negocios sucios si de ellos pueden ganar una tajada importante. Las liebres de hoy son rápidas para inventar mentiras y falsas excusas ante los otros. Las liebres de hoy en lugar de detenerse a una cervecita y a copuchar en las esquinas con sus amigos, se suben a sus helicópteros y asisten a grandes cenas con otras liebres que les traerán más ganancias.

Pero no hay que confundirse, las liebres de hoy no solo están en las altas esferas, las hay también entre nosotros, los simples mortales. Suelen reconocerse por estar siempre muy ocupadas. Son personas que viven a toda velocidad, que están seguras que porque hacen más cosas, establecen más contactos, se exponen más al mundo, empujan y empujan hacia adelante, llegarán más lejos. Yo conozco a varias. Son personas atractivas, porque exudan energía y están presentes en el mundo. Funcionan a varios niveles paralelos, desarrollan múltiples actividades, y a lo que más le temen en el mundo es a perder el lugar que ocupan. Una de las preocupaciones más agudas de una de las liebres que yo conozco es que mientras él duerme, en Japón ya hace horas se están transando las bolsas del mundo; no solo eso, mientras él duerme, está seguro de que quien lo precede en la escala de poder está ya despierto ideando cómo destronarlo. Esa liebre apenas duerme. Las liebres se reconocen también porque en el camino desarrollan úlcera, colon irritable y todo tipo de trastornos físicos y mentales.

De todo esto, hay dos cosas esenciales. La primera es que aunque las tortugas siguen siendo más o menos las mismas, algo fundamental ha cambiado en ellas. Ya no quieren vivir dominadas por las liebres y están dispuestas a desenmascararlas. Y la segunda es que las liebres, a pesar de sus titánicos esfuerzos por ganar a toda prueba, si medimos su éxito en calidad de vida, en afectos, y muchas veces también en logros, definitivamente no llegan más lejos que las tortugas.