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Modo madre

Hay un amor que no se puede conocer de otra forma. Y exige el autoabandono sin concesiones. Y es genuino. Y puro. Aunque no por eso deja de tener sus contradicciones.

  • Carolina Pulido

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Consuelo Astorga

Seguro que no soy la única que se pregunta cómo habría sido su vida si nunca hubiera tenido un hijo. Debe ser una de las reflexiones más comunes entre las madres de estos tiempos. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿No estaría mi vida más ordenada, mi casa más limpia, mi trabajo más cuidado, mi relación de pareja más fogosa, mi cuerpo más firme, mis sueños de juventud más cerca? Yo me lo pregunto a veces cuando me acecha el cansancio fatal del final del día, y cuando el estrés y los miedos y la culpa logran que me sienta incapaz de hacerlo bien. De hacerlo todo bien.

Y me lo he planteado con mayor frecuencia desde que tengo una nueva relación de pareja, ante la escasez de tiempo para el amor y el placer. Pasa que algo dentro de uno quiere vivir el enamoramiento con toda el alma y el corazón y el cuerpo, como antes, pero ya no es posible porque necesariamente tienes que dividirte y poner ahí, en ese nuevo amor, apenas un pedazo de ti. Y aunque desearas poner más no podrías: simplemente parte de tu ser quedó para siempre en modo madre. Y eso es lo que nadie te cuenta cuando estás apunto de lanzarte en la aventura de la crianza. Jamás serás la que alguna vez fuiste, lo que, ojo, es una buena noticia también.

Mi novio me dijo el otro día que podríamos planear un viaje largo, de un mes o más, y recorrer el Sudeste Asiático o Japón. Soy una esclava, le dije. Primero de mi hija, luego de mi trabajo. Con suerte puedo hacer un viaje de 10 días, rematé, y pensé que eso es lo que tiene la juventud, eso es lo que la hace tan añorada y eternamente deseable: la libertad. Luego me sentí mal conmigo misma por hablar así de algo tan bello e increíble como esa princesita loca y traviesa llamada Lua. Y luego lo olvidé. Hasta ahora.

Días después la princesita, que volvió a pasarse todas las noches a la cama de su madre, se abrió paso entre mis sábanas y se pegó a mí con su cuerpecito tibio envuelto en su pijama de algodón. Estaba sonámbula y se reía despacito. Luego me olfateó el cuello y se quedó ahí, con su nariz hundida en mi piel y la mía, en su pelo suave perfumado (siempre huele tan rico). Me dijo te quiero mami, suspiró como si al fin hubiese llegado al lugar más confortable del universo, y se durmió. Y yo quise quedarme en ese momento para siempre.

Acabo de recordar que una vez escribí sobre esto. Hace como dos años. Y desde un lugar diferente hice la misma reflexión: hay un amor que no se puede conocer de otra forma. Y exige el autoabandono sin concesiones. Y es genuino. Y puro. Aunque no por eso deja de tener sus contradicciones.

Esa noche dormí mal y mi cuello me lo recordó por un par de días. Por una parte me desvelé, perdida en el enamoramiento de mi hija, y por otra el amor -y también ese hermoso instinto de protección que desarrollamos las que alguna vez parimos- me mantuvo ahí, abrazada a ella, fundida en su respiración y cuidando su sueño risueño y feliz, aunque mis músculos prefirieran estirarse.

Y pensé que es inevitable que de vez en cuando te quedes por un tiempo en la superficie. Y que a veces la estadía se alargue más de la cuenta. Ves la vida desde tu humana y limítrofe concepción de las cosas, el ego alimenta tus días con quejas y pequeñeces y te pierdes en lo que pudiste haber sido o en lo que ya fue. Por suerte hay momentos epifánicos que te traen de vuelta a lo que importa. Estás donde tienes que estar, te dices después, y te quedas mirando el techo desde un rincón de tu cama king. Con el canto de los primeros pájaros del amanecer y el cuerpo de tu pequeña hija enroscado en el tuyo.