Columnas

“Una heroína anónima y extraordinaria”

Devanna de la Puente es chilena, y su trabajo silencioso consiste en prevenir y responder ante la violencia generada hacia las mujeres en zonas de desastre.

  • Carla Guelfenbein

Compartir vía email

400
Consuelo Astorga

Fue así como Devanna de la Puente fue honrada el 28 de agosto recién pasado en Inglaterra, al recibir el importante premio “Marsh Award 2015 por el establecimiento y la construcción de la paz en el mundo”.

Devanna es chilena, y su trabajo consiste en prevenir y responder ante la violencia generada hacia las mujeres en zonas de desastre.

¿Pero quién es Devanna de la Puente? A pesar de la importante labor que realiza, cuando intenté encontrar información sobre ella los resultados fueron casi nulos. Devanna ha trabajado en el silencio, concentrada en su tarea, mirando a la cara y trabajando codo a codo con aquellos cientos de mujeres que ha ayudado a salir de situaciones de violencia de género. En la única entrevista que ha dado, después de recibir este importante premio, Devanna cuenta que desde que estaba en el colegio, aquí en Chile, tomó conciencia de la situación desmedrada de las mujeres, y supo desde entonces que quería trabajar por esa causa. Sin embargo, no sabía por dónde comenzar. Estudió negocios y luego hizo un máster en Desarrollo Internacional en Italia. Poco a poco fue encontrando su camino. Fue así como llegó a trabajar con Action Aid en Bangladesh, en la remota área rural de Kurigram. Allí descubrió que la gran mayoría de las chicas eran obligadas a casarse antes de los 16 años, matrimonios que terminaban pronto, cuando los esposos las abandonaban, después que las miserables ‘dotes’ que las familias de ellas podían aportar se acababan. Como resultado, estas chicas antes de la mayoría de edad ya eran escorias sociales, incapacitadas para sostenerse por sí mismas, pero tampoco aceptadas por sus propias familias. Fue entonces cuando decidió involucrarse con ellas. Con su propio sueldo, Devanna compró una vaca, gallinas, cabras y creó un mínimo sustento de vida para estas chicas que de un día para otro habían quedado en la calle. También se organizaron para contratar a un profesor para que las pusiera al día con las materias escolares y pudieran regresar al colegio a terminar sus estudios. Pero el trabajo de Devanna no terminaba allí. También organizó charlas y encuentros con el fin de sensibilizar a la comunidad de la estigmatización de la que eran víctimas estas jóvenes divorciadas y abandonadas por sus familias. Después de algunos años, las chicas se graduaron como profesoras y doctoras, y ellas mismas continuaron el programa de sustentabilidad.

A lo largo de los siguientes años Devanna ha ayudado a cientos de mujeres en múltiples países, incluyendo el terremoto de Haití, Honduras, Darfur, Pakistán y Bangkok, que es donde trabaja actualmente. Su labor es demandante física y sicológicamente, y muchas veces resulta dolorosa y frustrante. Está luchando contra un enemigo poderoso y fuertemente arraigado en las culturas: el machismo y la violencia hacia las mujeres. Pero siempre llegan esos “¡aha!”, como ella les llama a los momentos en que una palabra, un evento o una persona la tocan de tal forma que le devuelven la convicción de que esto es lo que ama hacer, y que quiere continuar haciéndolo. Muchas veces aquellos “¡aha!” surgen de un sonrisa, de un alegre momento compartido con aquellas mujeres que están luchando desde sus remotos poblados contra lo mismo que ella; también cuando, después de algún tiempo, retorna al lugar donde ha trabajado por meses y descubre que lo que ha sembrado junto con las mujeres del lugar ha producido verdaderos cambios en sus vidas.

Porque al final lo importante, dice Devanna, es darnos cuenta de que cada uno desde su sitio puede hacer cambios, que estos son posibles y que siempre vale la pena intentarlo.