Columnas

La protesta de las mujeres

Observando las motivaciones de mis congéneres a lo largo de la historia, no acabo de comprender ese miedo a la delincuencia que estamos viendo por estos días.

  • Carolina Pulido

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400Es curioso que sea la olla el elemento escogido para protestar. Claro, porque la olla es la imagen misma del amor desinteresado. Uno la visualiza siempre humeante, cálida, acogiendo un caldo cocinado con cariño y que alcanza para toda la familia. La asociamos con la madre, con el abrigo del fuego en invierno, con el olor a hogar y a infancia, y es parte de esa confianza que nuestra madre nos traspasa al nacer. La confianza de que nunca nos faltará nada. De ahí el origen del cacerolazo como forma de protesta. La primera vez que se usó fue en Chile, durante la Unidad Popular. Y surgió precisamente de las dueñas de casa del barrio alto que, cansadas de las colas y del control en la distribución de comida, desfilaron por Providencia hasta la Plaza Italia metiendo bulla con cacerolas para demostrar que durante el gobierno de Salvador Allende había escasez de alimentos. Las ollas vacías simbolizaban el hambre. Más adelante, en dictadura hubo una segunda versión que tuvo eco en todas las clases sociales. La gente golpeó sus ollas a ciertas horas de la noche durante un largo período. Protestaban por el desempleo y también por las brutalidades del régimen de Pinochet.

El cacerolazo es la protesta de las mujeres. Y es por definición una protesta pacífica. Por lo mismo, y observando las motivaciones de mis congéneres a lo largo de la historia, no acabo de comprender ese miedo a la delincuencia que estamos viendo por estos días. Según las encuestas, se trata de un tema prioritario para los chilenos, a veces superando la educación o la salud. Lo curioso es que nuestro país presenta las cifras de victimización más bajas de Latinoamérica, y si revisamos los estudios más recientes no hay evidencia de que los robos se hayan disparado en el último año, como parecen creer las mujeres que protagonizan las fotos de prensa de los dos cacerolazos de este 2015. Mujeres con ollas en sus manos, con rabia en sus miradas y probablemente con mucho miedo. Pero ¿a qué? ¿A que les roben sus autos? ¿A que se lleven las cosas que han comprado con esfuerzo? ¿Es este un asunto de proteger la propiedad privada?

No, es un asunto de vida o muerte, dicen los promotores de las protestas en todos los noticiarios de TV, asegurando que los robos con violencia han aumentado ‘exponencialmente’, aunque aún no encuentro esas cifras. De hecho, si hablamos de violencia, en Chile se cometen solo 2 homicidios por cada 100 mil habitantes, la mejor estadística de Latinoamérica.

Ok, imaginemos que no importa que estemos mejor que los demás países de la región. Que igual tenemos miedo de salir a la calle. Miedo al ladrón que va a entrar en el momento en que el portón eléctrico se abre para ponernos una pistola en la sien. Miedo al asaltante disfrazado de cura ABC1, como dicen en Facebook que está ocurriendo. Imaginemos que ese miedo es más importante para nosotros que la delincuencia de corbata que tiene al poder político coludido con el poder económico (a costa de gente como usted y como yo), o más importante que la desigualdad descabellada que según todas las mediciones es de las peores del planeta. Imaginemos que la delincuencia común es nuestra principal motivación para golpear fuerte la olla con la cuchara de palo… ¿Qué estamos pidiendo? ¿Más cárceles? ¿Más carabineros? ¿Penas más duras? ¿Sirve todo eso para eliminar la delincuencia? ¿Sabe usted cómo la han corregido los países que ya no necesitan cárceles? Yo le voy a decir: con una inversión extraordinaria en prevención. Con una mirada centrada en la educación y con políticas eficientes para terminar con los guetos en la ciudad. Un asunto de largo aliento y que requiere de un esfuerzo de todos. Así que la próxima vez que sienta el impulso de golpear la olla, hágalo. Hace bien expresar el descontento ciudadano, pero piense bien qué quiere pedir. Y pídalo con todas sus letras.