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[Entrevista] Carla Guelfenbein: “Mi afán no era ser escritora, sino vivir entre letras”

De niña le llamaban ‘señorita vocabulario’ por lo mucho que le gustaban las palabras. Y su amor por las letras, las ganas de contar historias y explorar en las relaciones humanas la convirtieron en escritora. Su última novela, Contigo en la Distancia, fue recientemente galardonada con el prestigioso Premio Alfaguara.

  • Ana Muguerza

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Fotos: Pablo Wilson Producción: Rosario Bascuñan Maquillaje y pelo: Josefa Inostroza Agradecimientos: Estudio Pablo Wilson

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Blusa, Marquis en Ripley. Pantalón, Basement en Falabella.

Es una de las escritoras chilenas más leídas, sus obras han sido traducidas a 15 idiomas y acaba de ganar el Premio Alfaguara de Novela, uno de los galardones literarios más importantes de las letras hispanas, pero, a primera vista, sentada en el living de su departamento en Providencia, frente al primer té mañanero y unas tostadas con quesillo, no se vislumbra divismo en Carla Guelfenbein. Al contrario, se muestra cercana y simpática, y sobre todo feliz por ganar un premio que considera “fruto de muchos años de arduo trabajo”.

Autora de cinco novelas publicadas, incluida la galardonada Contigo en la Distancia, y dueña de una prosa cuidadosamente trabajada, la trayectoria vital y profesional de Carla no parecía encaminarla a ocupar un puesto destacado en la literatura. Estudió Biología (con especialidad en genética de población) en la Universidad de Essex, Gran Bretaña -donde vivió exiliada con su familia desde 1976 a 1987, tras el golpe militar- y más tarde Diseño en la prestigiosa St. Martin’s School of Art de Londres. De vuelta a Chile trabajó como diseñadora gráfica en varias agencias de publicidad y en la revista Elle, donde fue editora de arte y de moda. Se abrió camino en la literatura cuando ya había cumplido los 40. “Mi afán no era ser escritora, sino vivir entre las letras”, comenta Carla, quien se define como una lectora voraz y escritora minuciosa y obsesiva con su trabajo: “Las musas no llegan porque sí, te tienen que encontrar trabajando; tienes que estar ahí, con tu texto”.

Las últimas semanas han sido de vorágine para ella: entrevistas desde México, Colombia, Argentina o España; editar a toda velocidad con la editorial la novela ganadora (el 7 de mayo sale a la venta en Chile y poco después en el resto de países); y preparar la gira que la llevará por toda Latinoamérica y que culminará el 29 de mayo en Madrid, donde recogerá el galardón.

Su obra, presentada bajo seudónimo, se abrió paso entre 707 manuscritos. Los seis miembros del jurado la eligieron por unanimidad y sin haber deliberado previamente entre ellos.

El 25 de marzo, el despertador de Carla fue una llamada a las seis de la mañana desde España del escritor Javier Cercas, presidente del jurado, para comunicarle que había sido la ganadora.

Creíste que no habías despertado todavía, que seguías soñando… Sí, fue bastante impresionante. En ese momento se te cruzan todo tipo de pensamientos, pero sobre todo una sensación de logro y orgullo gigantesca, de decir ‘pucha, todo este esfuerzo de años’… Porque este premio viene después de cinco novelas y es producto de un trabajo arduo de muchos años. Es un regalo y lo agradezco infinitamente, pero no llega por casualidad, es el reconocimiento a un trabajo serio.

¿Qué valor le das a este galardón?, ¿qué va a significar en tu carrera? Sumarse a la lista de laureados es un gran privilegio y mucha gente que no había oído hablar antes de mí va a tener la posibilidad de saber que existo y se va a interesar por leer mi obra. Y eso es lo que más me emociona. Como escritora soy muy minuciosa y hago un trabajo muy dedicado, me demoro cuatro años en escribir una novela. Uno escribe en la intimidad de su escritorio pero llega un minuto en que una quiere que la lean, tener un diálogo y un interlocutor afuera, y ese es el lector. Que ese diálogo se amplíe es muy interesante y una oportunidad única.

Algunas de tus novelas tienen tintes autobiográficos y también la ganadora, Contigo en la Distancia. Sí, en esta última novela el personaje principal es una escritora que se llama Vera Sigall, y ese es el apellido de mi bisabuela Emma Sigall. El personaje está inspirado en una autora brasileña, Clarice Lispector, que era una maravilla, la he ido siguiendo y siempre fue como un ícono para mí. Tiene una escritura muy particular y si no hubiera muerto joven podría haber ganado el Nobel. Cuando leí su biografía descubrí que su familia, de origen judío, como la nuestra, debió huir de Ucrania por razones de raza. La diferencia es que ellos llegaron a Brasil, y mi bisabuela y su familia, a Chile. Esa es la relación.

Eres una autora tardía, publicaste tu primera novela cuando ya habías cumplido 40, ¿siempre quisiste ser escritora? De niña escribía muchos cuentos. Para mí, escribir, más que una actividad, era un lugar donde yo podía estar siempre y podía cobijarme. Me gustaban tanto las palabras que mis compañeras de curso me llamaban ‘la señorita vocabulario’. Pero mi afán no era ser escritora sino vivir entre las letras. Mi mamá, Eliana Dobry, una profesora de filosofía muy inteligente, me celebraba muchos cuentos, que perdí cuando salimos al exilio. También escribía canciones y dibujaba. Me gustaba crear. De todas esas inquietudes, la que más persistió en el tiempo fue la escritura. Me sirvió mucho cuando tuve que salir de Chile a los 17 años, sin saber inglés y a un país desconocido. Mi propia palabra se transformó en un lugar muy importante porque podía seguir siendo yo y no perderme. Todas las noches escribía pero, aun así, no pensaba ser escritora, no era mi afán, lo hacía para sobrevivir.

Hasta que escribiste El Revés del Alma, que fue un éxito. Sí, tenía mucha fe en esa novela, sentía que era particular, una mirada muy real, más abierta y moderna, de las relaciones hombre-mujer, que en ese minuto no estaba en la literatura chilena. Yo no era entonces conocida y llevé la novela a tres editoriales que la pusieron encima del enorme fajo de obras que les llegaban para leer. A las dos semanas me respondieron las tres que querían la novela.

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Pantalón, Marquis en ripley. Polera blanca, Gap. Trench, Forever 21. Sombrero, H&M.

¿Te ha servido tu formación científica en tu trayectoria como escritora? Haber estudiado ciencia afianzó mi rigurosidad. Yo me siento todos los días en mi escritorio como si fuera una oficina y ahí es donde se hacen las cosas. A mí no se me ocurren las ideas en la ducha. Yo me encierro, desaparece el mundo, apago el teléfono y entro mil por ciento en mi personaje y en mi historia. Estoy siempre anotando en mis cuadernos, investigando. Y esa forma de saber que si no estás al mil por ciento, lo que estás haciendo no va a ser genuino y no va a tener calidad, lo aprendí en la ciencia.

¿Cuál dirías que es la constante en tus obras? Lo que me interesa como escritora es poder mirar a través de la mirilla de la puerta lo que ocurre dentro de una casa o un lugar. Es decir, poder mostrar aquello que no se ve, que no es evidente y que tiene que ver con las relaciones humanas. Siempre me preguntan si escribo literatura para mujeres. El mundo de las emociones, y la forma en que nos relacionamos unos con otros, nos atañe a todos por igual. Hablar de ello, construir ficciones en las cuales estos elementos son los esenciales no es un patrimonio exclusivamente femenino. Grandes obras literarias como Anna Karenina o Madame Bovary hablan de ese aspecto de nuestra vida, y a nadie se le ocurre decir que Tolstói o Flaubert escribieron solo para las mujeres.

También se te cuelga la etiqueta de escritora romántica porque el amor es un tema recurrente en tus novelas. Es superrecurrente el amor en todas sus expresiones, lo que no significa que sea una escritora de novela romántica. Pero siento que las relaciones son parte de la naturaleza humana, uno no vive solo y se relaciona amorosamente o con odio, es la interacción entre los seres humanos. Hay muchas novelas que no tienen relaciones amorosas y son absolutamente fascinantes, pero a la hora de escribir, en una parte de mis novelas, no como centro de la obra, siempre están las relaciones de pareja.

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Abrigo, Marquis en Ripley. Chaleco, Warehouse. Pantalón, Marquis en Ripley.

¿Cómo ha evolucionado tu escritura desde que publicaste tu primer libro en 2003 hasta ahora? Hay ciertas cosas que para mí, en aquel entonces y ahora, son fundamentales, como contar una historia, eso es lo que a mí me interesa. Un cúmulo de palabras bonitas y bien construidas con la prosa perfecta no me atrae por sí sola, me interesa al servicio de la historia. Mi desafío siempre fue trabajar la prosa como si fuera lo único importante, hasta la última coma o palabra, digamos. Pero esta minuciosidad tiene que estar al servicio de una novela bien construida, donde exista una interacción con el lector. Eso es a lo que yo aspiro, a hacer una historia emocionante, congruente y que al mismo tiempo tenga una prosa iluminada. Siento que cada vez estoy más cerca, pero uno nunca termina.

¿Cómo recibes las críticas negativas? No me molestan, fíjate. A ver, en un momento de mi vida me dolieron mucho porque uno no está preparado para que le agredan, ¿no? Y las primeras críticas que me hicieron fueron muy agresivas personalmente por el hecho de que yo no era nadie: de repente, sale una señora de su casa y termina en las listas de los más vendidos. No era la obra, sino algo muy personal, y eso me dolió bastante. Pero ahora, la verdad es que he recibido tantas buenas críticas… No tengo críticas negativas fuera de Chile.

¿Estás trabajando ya en una nueva novela? Sí, aunque desde que me dieron el premio no he tenido un minuto para retomarla. Se trata de una novela juvenil, lo que se denomina ‘crossover’, es decir, apta para todas las edades, desde 17 a 100 años, porque los protagonistas son jóvenes pero tratan temas que atañen también a los adultos. Son cuatro jóvenes que se encuentran en una clínica psiquiátrica y cada uno tiene un origen y una problemática diferente… y hasta ahí puedo contar.

La novela ganadora


La historia comienza cuando el personaje principal, la escritora Vera Sigall, cae por unas escaleras y queda en coma. El joven Daniel, su vecino, sospecha que no ha sido un accidente y, junto a Emilia, una estudiante francesa de origen chileno que llega a Santiago para investigar la obra de la escritora, intenta desentrañar qué le pasó a Vera. Una búsqueda de la verdad en la que salen a la luz muchos misterios y secretos, y en la que los jóvenes hacen un camino por su propia vida. Otro personaje es el poeta Horacio Infante, unido a Sigall por un amor de juventud y su pasión por la literatura. Cuatro historias que se entrecruzan en dos épocas distintas: los años 50 y la actual.

“Es una obra de suspenso literario construida con una gran eficacia narrativa en torno a un memorable personaje femenino y al poder de la genialidad. La autora ha sabido entrelazar amores y enigmas con una escritura a la vez compleja y transparente”, destacó el jurado del XVIII Premio Alfaguara de Novela, presidido por el escritor español Javier Cercas.