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Vivencial: puntadas con hilos

Justo después de año nuevo, con todo ese espíritu de buenos propósitos, me ofrecieron esta propuesta: tomar un curso intensivo de diseño, corte y confección en la Academia Espacio Diseño

  • Maria Paz Maldonado

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Fotos: Gustavo Lara

La promesa era que, después de un mes aprendiendo a costurear, podría hacerme algunas prendas de ropa. El resultado, para bien o para mal, debía ser relatado aquí. Sin saber enhebrar una aguja ni hacer una basta acepté el desafío…

puntadas3Si tuviera que describir mi experiencia en la costura, diría que soy de las que corchetea las bastas o las pega con cinta adhesiva. En el colegio, mi abuela Orfa me salvó prácticamente del 90% de las entregas de trabajos de técnico manual, dada la precariedad de mi resultado en telares, bordados y tomaollas a croché. Ni mencionar prendas de vestir. Por eso, cuando me plantearon hacer este curso, me pareció un buen desafío ver si podía superar esos intentos fallidos de 15 años atrás.

La cosa partió fácil. Gabi Carvacho, quien sería mi profesora durante todo enero, comenzó presentándome los instrumentos básicos del taller: tijeras, agujas, alfileres, hilos, cinta métrica, descosedor (el que más adelante se convertiría en el mejor aliado de mis errores, que no fueron pocos). Todo iba bien hasta que llegamos a las máquinas -recta y overlock-, las que no veía de cerca desde que mi mamá me hacía los disfraces para mis presentaciones en el colegio. Estas, enfiladas unas al lado de la otra como un taller de producción serial, se veían bastantes distintas a la pesada maleta blanca que yo recordaba. Gabi fue apuntando una a una sus partes: “carrete de bobina, carrete de máquina, rueda de graduación, guía de hilo…”. Para mí, chino mandarín, pero me tranquilizó pensar que en la práctica lo aprendería.

La primero fue aprender a tomar las medidas del cuerpo, algo que parece simple, pero que tiene su ciencia. Como la idea del curso es que cada alumna confeccione ropa para ella misma, si así lo quiere, fui mi propia modelo y del busto hacia abajo fui anotando las cifras que marcó la huincha métrica, para mi pesar muy distantes del 90-60-90. Con esas medidas trabajaríamos a lo largo del curso.

La primera prenda del curso serían unas patas. “¡¿Unas patas?! Pero mejor partamos por algo fácil”, le propuse a la profesora para no quedar en vergüenza el primer día. Pero Gabi me explicó que las leggins eran una de las prendas más fáciles de confeccionar dada su simetría, y tenía toda la razón. Sobre una amplia cartulina para moldes cortamos el modelo base de una talla M, que se ajustaba a mis medidas. Luego la recortamos y a partir de ese patrón cortamos la tela, en este caso un algodón, que es de lo textiles más simples para cortar con tijera y coser a máquina, según me explicaron después cuando ingenuamente propuse comprar una seda para hacer una blusa.

puntadas1Aprendí que no es llegar y agarrar tijeras, hay que apoyarla bien firme sobre la mesa para que la tela no quede ‘mordisqueada’. Claro que mi género igual parecía devorado por un tiburón… “Tranquila que la overlock soluciona todo”, me calmó Gabi. Si podía arreglar el desastre de mi mal pulso, entonces la overlock sería mi mejor compañera…

Con la overlock -que a diferencia de la máquina tradicional incorpora un cuchillo que empareja la tela y cose con lazos alimentados, como una cadena- lista y cargada para dar mis primeras puntadas, empecé con la que se convertiría en mi nueva terapia de relajación. “Cuidado con el pedal, písalo despacito para que no avance tan rápido”, me advirtió Gabi, pero igual se me ‘arrancó’ el control del motor. Para el segundo intento ya dominé mejor la velocidad, y efectivamente la máquina emparejó todos los bordes de la tela. Luego uní los costados, las dos piernas y finalmente la pretina, anchita para que contenga la guata, como me gustan, y con la máquina recta hice la basta. No sé cómo, pero de mis manos salieron unas patas a la medida, no perfectas, pero hechas por mí. Me las probé, me tomé fotos, las mandé a casi todos mis grupos de whatsapp como mi trofeo del primer día, incluso las llevé a la oficina al día siguiente, por si alguna osaba a desconfiar de mi talento.

Mi taller de costura -al que asistí sagradamente todos los martes y jueves de 5 a 7 de la tarde- se convirtió en mi momento de desconexión. Es tanta la atención que requiere confeccionar una prenda, que la mente no puede estar en otra parte que no sea el taller. De revisar el celular, ni hablar. Y sin darme cuenta los problemas que había en el ‘mundo exterior’ se redujeron a una costura en el lugar incorrecto o una terminación mal hecha. Las puntadas de la máquina se convirtieron en un relajante sonido, tanto así que muchas veces seguí cosiendo partes donde no debía, errores que Gabi me ayudó a solucionar a punta de descosedor.

Transcurrido el mes sumé 5 prendas a mi clóset: unas leggins, una maxifalda, dos poleras y una blusa, todas de mi autoría. Coser pasó de ser una actividad que siempre vi con recelo por considerarla demasiado machista y ‘una lata’, a un espacio que me permitió hacer una pausa real del ajetreo diario. Mentiría si dijera que las prendas que confeccioné están a la altura de una profesional, y no me perfilo como ninguna Karyn Coo, pero las hice yo, y créanme que ponerse algo hecho por una se siente tan bien como ver que una dieta nos funciona o que la receta que hemos probado mil veces finalmente quedó perfecta. El día que usé mi maxifalda, me encargué de que quienes me veían, incluido mi conserje, se enterara de que la había hecho yo.

Para tranquilidad de mi estrujada cuenta corriente, no me voy a comprar la overlock -cuyos precios van desde los 160.000 hasta los 600.000-, porque aun después de este entretenido mes de costura, no me veo cosiendo en mi casa, mi naturaleza ansiosa y deficiente motricidad fina, hacen que a la hora de elegir, el taller de costura de la esquina sea mejor opción. Eso sí, volvería feliz a otros de los cursos que dictan en Espacio Diseño, porque no solo me enseñaron este oficio, sino que me ofrecieron un lugar tranquilo, para hablar y reírse o para estar en silencio, y especialmente para desconectarse a través de algo tan noble como la costura. Sacar la pata del acelerador para ponerla sobre el pedal de la máquina fue mi mejor desafío de verano y uno que recomiendo ciento por ciento.

Espacio Diseño


Esta academia de diseño, vestuario y textiles ofrece diferentes cursos con horarios personalizados, que pueden ser durante la mañana, tarde o noche. Abren de lunes a sábado.

Cursos:

• Diseño, corte y confección, vestuario adulto mujer

• Diseño, corte y confección, vestuario infantil

• Diseño, corte y confección, decoración textil casa

• Diseño, corte y confección, bolsos y accesorios

• Dibujo e ilustración aplicado al diseño de vestuario y textiles

• Adobe Ilustrator aplicado al diseño de vestuario y textiles

General Carol Urzúa 7060, Las Condes. Consultas a info@espaciodisenochile.cl o 9 8920 7992

www.espaciodisenochile.cl