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El cuerpo

Cuidar nuestro cuerpo, contactarnos con esa parte constitutiva de nuestro ser, nos trae infinitos beneficios

  • Carla Guelfenbein

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Ilustración: Jorge Vargas

Llega a su fin el verano y se acaban las recetas que nos impusieron -y nos impusimos- para engalanar nuestro cuerpo. Ya lo expusimos al sol, al aire, al agua, pero sobre todo, a las miradas de los otros. Se acabaron los trajes de baño, los vestidos cortos, los shorts, todos aquellos adminículos que no tienen compasión ni por los kilos, ni por los años, ni por ningún tipo de imperfección que sea parte de nuestra humanidad. Podemos por fin respirar tranquilas, volver a cubrirnos el cuerpo, y olvidarnos de él hasta cuando comience nuevamente el bombardeo de consejos y recetas para prepararlo para el siguiente verano.

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El mundo nos ha hecho creer que cuidar nuestro cuerpo es un asunto que tiene que ver con la forma en que se ve ante los otros. Le ponemos atención de una manera que a veces no es muy diferente a cómo algunos hombres (y mujeres) atienden su auto. En suma, vivimos nuestro cuerpo, no como si fuera parte de nosotras mismas, sino como algo externo. El cuerpo es constitutivo de nuestro ser, solo en la medida que podemos manejarlo, componerlo, pulirlo, corregirlo, cultivarlo. La presión es tan fuerte, que muchas de nosotras no desechamos la idea incluso de cercenarlo en el quirófano de un cirujano, sin darnos cuenta de que mientras más lo intervenimos, menos nos pertenece, menos expresa lo que somos realmente.

Pero lo importante aquí, es que no se trata de olvidarnos de nuestro cuerpo. Esto resulta tan destructivo como lo que describía anteriormente. Y no solo por un asunto de salud, que es el que resulta más obvio, sino por algo más profundo.
Cuidar nuestro cuerpo es una forma de contactarnos con nosotras mismas. No hay nada más gratificante por ejemplo que dejar correr la ducha y advertir el agua tibia sobre nuestra piel; o nadar en el mar, y percibir cómo nuestro ser entero se entrega al movimiento acompasado, al empuje que ejerce el agua, ese que nos hace sentir livianas, gráciles, frescas. No hay nada más gratificante que hacer una caminata, o algún deporte, y constatar cómo nuestro cuerpo responde alegre al desafío, cómo nos agradece el ponerlo en marcha.

No solo el movimiento nos contacta con nosotras mismas, también aquellos gestos tan femeninos, como limpiarnos la cara al fin del día, humectarnos la piel, masajear un músculo cansado. Actos en los cuales detenemos el quehacer del día, las obligaciones, el constante ajetreo en el cual nuestros sentidos están enfocados en lo exterior, para mimarnos. Para constatar que sí, que tenemos un cuerpo, y que él nos provee de infinitas sensaciones placenteras que van directo al centro de nuestro corazón.

Cuidar nuestro cuerpo, contactarnos con esa parte constitutiva de nuestro ser, nos trae infinitos beneficios. Cuando el cuerpo no es simplemente un elemento externo a nosotras mismas que debemos pulir como un automóvil para atraer las miradas de los otros, este nos lo agradece. Es una forma de hacerlo nuestro. Y cuando nuestro cuerpo nos pertenece, podemos empezar a apreciarnos a nosotras mismas de verdad. No hay nada más pernicioso para el amor y el sexo que la relación dañina con nuestro cuerpo, la falta de autoestima. Resulta difícil entregarse al otro si estamos pensando que no somos lo suficientemente delgadas, que nuestra piel no es lo suficientemente suave y lisa, etc.

Cuidar nuestro cuerpo es una forma de contactarnos con él. Este no es un ente separado de nosotras, sino que la manifestación física de nuestro ser, y mimarlo es conectar ese ser interno con el externo, para constituirnos como seres más armónicos. Cuidar el cuerpo y gozar de los placeres que puede darnos, no es un acto que va desde afuera hacia adentro, sino que por el contrario, de adentro hacia afuera.