Hombres

Jaime Cardemil

Por años peleó con su mamá para que no le botara sus jeans rotos ni los bototos gastados. “Me gusta la ropa que aguanta en el tiempo y que envejece bien”. Por eso ocupaba prendas de su abuelo difunto y por eso también creó Sitrana, un taller de zapatos artesanales que rescata el oficio y la esencia del calzado “a la antigua”.

  • Maria Paz Maldonado

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1-okDe adolescente se ponía la ropa de su abuelo Elio Frazzoni, quien había fallecido cuando su mamá tenía 12 años, pero que gracias a su abuela mantenía el clóset intacto. “Me metía a hurguetear todo. Mis prendas favoritas eran sus camisas, porque como mi nono era italiano se preocupaba mucho de la calidad de las telas y del buen corte. También le saqué muchas corbatas que todavía las ocupo cuando tengo matrimonios”, cuenta Jaime (32), ingeniero comercial con un especial gusto por la estética. Y no lo hacía por moda o fetiche; nada de lo que encontraba en las tiendas le llamaba la atención. “No era de pintamono, simplemente me gusta la ropa que aguanta en el tiempo y que envejece bien”, agrega. Y al juzgar por sus zapatos (cuyo cuero da cuenta de varios kilómetros recorridos), no miente. Es de los que los usan hasta que no les queden suela.

“Me gustan mis zapatos cuando están hechos bolsa”, reconoce. Así lo hizo con unos antiguos bototos con punta de fierro que ocupó durante cinco años cuando estaba en la universidad. “Tuve que darlos de baja porque la punta de fierro casi se veía y la suela estaba finísima, y cuando empecé a buscar me di cuenta de que no había ni un zapato que me gustara. Empecé a comprar por internet, pero tampoco era lo que quería. De ahí agarré unas botas de montar viejas de mi papá y les corté la caña con un cuchillo. Un día finalmente di con un par que me gustó, pero eran carísimos. Como soy busquilla averigüé dónde las mandaban a hacer y partí. Fui a la calle Victoria y me hice mis primeros zapatos. En ese entonces trabajaba en marketing en una productora, y en las reuniones todos me preguntaban por mis zapatos, así que pensé que no sería mala idea probar con una pequeña producción”, recuerda.

Eso fue el 2009. Partió con 60 pares y 4 modelos, que se vendieron en dos semanas. “La marca la creé sin grandes aspiraciones, solo con la idea de hacer zapatos que me gustaran a mí, y aparentemente mi gusto lo comparten varias personas. En Sitrana hacemos zapatos de cuero de primera calidad, ciento por ciento chilenos y fabricados a mano. Finos, simples, pero rústicos”, describe. Y su propuesta no solo agradó a chilenos, porque a su tienda de Lo Castillo se suman puntos de venta en Nueva York y Chicago. “Ahora estamos posicionando la marca, pero queremos abrir tiendas propias en París y Los Ángeles (EE.UU.)”, adelanta.

¿Por qué Sitrana? Aunque gran parte de mi gusto por la estética viene de mi nono Elio, el nombre alude a mi abuelo Jaime Cardemil. Él cantaba boleros y por un tiempo probó suerte en Uruguay. Ahí su mánager le dijo que su nombre no pegaba, así que lo bautizó como Víctor Sitrana. Yo me enteré de esta historia cuando él había fallecido y coincidió con que estaba buscando un nombre para el taller. La palabra en sí no significa nada, pero me pareció perfecta para una marca que tiene mucha de esa esencia familiar.