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El hombre que irrumpe en el bar

Vivimos en tiempos de igualdad o al menos aspiramos a ella con más fuerza que nunca y nos sentimos, las mujeres, libres y autónomas, pero seguimos formateadas para ser cazadas.

  • Carolina Pulido

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Querido hombre:1-340

Pongámoslo así; en estos tiempos en que el encuentro entre mi género y el tuyo está complejo se hace fundamental que comprendas la importancia de la actitud. Porque sabemos que de cualquier forma seguiremos necesitándonos, deseándonos, añorándonos. Finalmente todos queremos, desde el lugar más auténtico de nuestro corazón, amar y ser amados, compartir, vivir en pareja. Pero está ocurriendo, fíjate, observa, que vibramos en frecuencias distintas. Todos estos ajustes, esta transición hacia un nuevo vínculo entre tú y yo (que se deshaga definitivamente de la forma vieja de relacionarnos) viene con sus malezas. Y una de ellas es el hombre que mira de lejos, que se acerca de a poco, que no dice mucho (apenas lo justo para que pongas tus ojos en él) y se queda por ahí, merodeando el bar en el que una está sentada, sin decidirse nunca a entrar de lleno sino que llamando tu atención y luego alejándose y luego volviendo a tus alrededores. Nunca a ti. Ese hombre está jugando al rol tradicional de la mujer, que tiene su expresión cultural criolla en la cueca. Ella seduce tímidamente, se deja ver y espera. Él zapatea, persigue, atrapa.

Uso la metáfora del bar parafraseando a alguien que conocí, que siempre espera ser como esos cowboys guapos, duros, masculinos, que empujan con ímpetu las puertas batientes del bar de un pueblo desconocido. Ese tipo no teme. Sabe lo que quiere y se lanza sin pensar hacia ello. El macho que irrumpe en el bar no se enrolla, no piensa en el rechazo, se concentra en su objetivo y no pierde el tiempo en juegos de roles. A él lo queremos de vuelta, querido hombre. Tenemos algunos, por suerte, pero cada día son más los convertidos a la liquidez del merodeo distante.

Y es bueno que sepas que el que merodea no es atractivo. Vivimos en tiempos de igualdad o al menos aspiramos a ella con más fuerza que nunca y nos sentimos, las mujeres, libres y autónomas, pero seguimos formateadas para ser cazadas. Y nos siguen gustando los Clint Eastwood y los Don Drapper, así como a ti y los tuyos les siguen gustando las gatitas risueñas que ronronean y se pintan las uñas y se perfuman para su hombre.

En estos tres años de soltería que en realidad han sido inéditos en mi vida he podido advertir cómo andan las cosas entre ustedes y nosotras, y debo decirte, macho que lees esta columna, que hay una descoordinación flagrante. Un desencuentro desolador. Hace poco hablaba de los grupos de masculinidad en estas páginas con la idea fija de inspirar a alguno de esos seres que bucean y se escabullen en las aguas del miedo, la inseguridad, el ego, la incertidumbre, la inmadurez. Pero entonces no tenía la película tan clara como hoy, después de conocer al hombre que irrumpe en el bar. Ahí estaba yo cuando él llegó y entonces lo entendí todo.

Ahora que coquetear es lo mismo que ponerle like a una foto y que nadie está interesado en el romanticismo, es de vida o muerte que tomes en cuenta estas palabras, que entiendas que, como dice Miastral (la gurú astrológica de moda), vibrar carencia es lo menos sexi del mundo. Lo mismo que mirar de reojo. Así que ahora que comienza un nuevo año y que todos aprovechamos de expresar nuestros más sinceros deseos, yo pido conexión. Conexión con el amor y la pasión. Y sobre todo conexión entre nosotros; entre ustedes y nosotras.

Querido hombre: es tiempo de poda, de sacar las malezas de raíz, de cambiar de actitud. Partamos por mirar de frente, hacer foco y, de una vez por todas, irrumpir en ese bar.