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Marella Agnelli. El ultimísimo

Richard Avedon la bautizó “el cisne” por su silueta fina y estilizada. Nacida princesa Marella Caracciolo di Castagneto, devino en Marella Agnelli al casarse con Gianni Agnelli, el poderoso industrial italiano. Una de las grandes bellezas de su tiempo y una de las mujeres más fotografiadas del jet set ahora comparte las anécdotas de su vida glamorosa.

  • Florencia Sanudo

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Retrato de Marella, 1951. ©Erwin Blumenfeld (en su estudio, NY).

Es probable que el gran público desconozca su nombre, pero en el privilegiado mundo de la aristocracia y la alta burguesía europeas Marella Agnelli es un ícono. La elegantísima Marella, 87 años, encarna como ninguna la elegancia y el savoir-faire de una clase en vías de desaparición, emulada por dos generaciones que han seguido (o intentado seguir) su ejemplo e imitado su look (superchic), su estilo y hasta su manera de hablar y de moverse. Su lánguida belleza hizo de ella una modelo favorita de grandes fotógrafos como Richard Avedon, Irving Penn, Henry Clarke, Horst y Robert Doisneau, entre otros, y junto con sus amigas Babe Paley, Gloria Guinness, Slim Keith y C.Z. Guest, otras bellezas, fue uno de los célebres “cisnes” descritos por su amigo Truman Capote. Hoy propone sus memorias, que confía a Marella Caracciolo Chia, su sobrina favorita, en un libro que a través de las fotos de sus casas y sus recuerdos personales permite echar una mirada a su mundo privilegiado y glamoroso.

Portada de “The Last Swan”, por Marella Caracciolo Chia (Ed. Rizzoli). Marella en vestido de Givenchy, 1962.

Marella Caracciolo di Castagneto nació en Florencia. Su padre era príncipe de una vieja familia napolitana; su madre, una rica heredera estadounidense. Cuando se casó con Gianni Agnelli, propietario de Fiat, en 1953, enfundada en un vestido de Balenciaga, entró en un mundo muy diferente al conservador universo de su niñez: una vida de yates, helicópteros y fiestas glamorosas y de un constante carrusel entre Nueva York (en noviembre), Saint Moritz (en marzo), Córcega (en julio) y la Villar Perosa, la casa familiar en el Piemonte, en septiembre…

Pero a los 26 años, la flamante signora Agnelli, que había sido asistente del fotógrafo Erwin Blumenfeld y corresponsal de Vogue en Roma, se encontró sin nada que hacer, con mucho tiempo en sus manos. “Pasé los primeros meses de matrimonio leyendo novelas francesas”, confidencia. Su marido, al notar que ella no tomaba en sus manos el rol de señora de la casa, solicitó la ayuda de la condesa Lily Volpi, conocida por sus dotes de anfitriona, quien se hizo cargo de la joven y le enseñó desde cómo contratar a los mejores chefs hasta la tarea esencial de encontrar el mejor sitio para hacer bordar iniciales en sábanas y manteles. “Para cazar a un hombre solo hace falta una cama, pero para conservarlo es necesario una casa bien llevada”, le dijo.

Marella y Gianni Agnelli llegan al baile “Black & White” de Truman Capote en el Plaza Hotel, NY, 1966. ©Ray “Scotty” Morrison.

Marella aprendió la lección y más aun. A lo largo de su vida montó numerosas residencias -en Turín, Roma, Milán, Nueva York, Córcega, Saint Moritz, Marruecos-, todas ellas exquisitas y repletas de obras de arte. “Mi preocupación central siempre fue Gianni y crear un ambiente para nuestra colección de arte con el que él pudiera relacionarse”. Su pasión por Gianni, célebre por su espíritu aventurero y por su exigencia de perfección, duró intacta y hasta la muerte de este, en 2003, y siempre lo esperó al regreso de su trabajo (en helicóptero, por supuesto), impecablemente vestida y maquillada, con su trago favorito listo y velas encendidas. “Muchas mujeres eligen la maternidad sobre el matrimonio, yo hice lo opuesto”, admite. Sus hijos Edoardo (1954-2000) y Margherita lo resintieron. Pero su nieta Ginevra Elkann la adora y dio el nombre de Marella a su hija nacida en junio, en honor a la inimitable matriarca de la familia.

Marella Caracciolo Agnelli tomando sol en los años 50.
Marella Caracciolo Agnelli tomando sol en los años 50.

Memorias del último cisne


“Un día, no mucho después de nuestra boda, decidí ir a París unos días de compras y tomar el tren nocturno de Turín. Cuando llegué a la estación para reunirme con mis amigos, me encontré una sorpresa esperándome. El camarote que había reservado me resultaba familiar: toallas con mis iniciales en el baño, junto a mis jabones y cremas favoritas. Las sábanas del tren habían sido reemplazadas con las de nuestra casa, con las iniciales de Gianni y mías. Incluso había un jarrón con flores frescas. Había sido Pasquale, el mayordomo, que lo había arreglado todo. Descubrí que era así cómo los Agnelli viajaban cuando tomaban un tren nocturno. Y también me di cuenta de que había entrado en un modo de vida muy diferente al que estaba acostumbrada”.

Marella Agnelli, The Last Swan, por Marella Caracciolo Chia (Ed. Rizzoli)