Columnas

Silencios blancos y negros

El patrón ‘demanda-introversión’ es la forma más común en que las parejas reaccionan ante los conflictos: uno presiona con sus demandas y críticas, y el otro reacciona yéndose hacia adentro.

  • Carla Guelfenbein

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1_340Hay silencios blancos y hay silencios negros. Los silencios blancos son redondos, y están llenos de entendimiento, de complicidad. Son silencios tranquilos que compartimos con quienes tenemos confianza, con quienes nos sentimos en paz. Tan solo basta un gesto, una sonrisa, una mirada, y sabemos que, sin necesidad de palabras, estamos unidos. Los silencios negros, en cambio, son cuadrados, y con sus aristas nos hieren. Son silencios cargados de palabras no dichas, de distancia, de rencor y rabia. Son silencios que, en lugar de unirnos, nos alejan del otro.

He observado que en las relaciones de pareja, muchas veces los silencios negros comienzan a ganarles a los silencios blancos. De hecho, diversos estudios han demostrado que el patrón ‘demanda-introversión’ es la forma más común en que las parejas reaccionan ante los conflictos. En este patrón, uno de los miembros de la pareja presiona al otro con sus demandas, críticas y quejas, y el otro reacciona yéndose hacia adentro, sumiéndose en el silencio. Es un círculo vicioso, porque el silencio aumenta la insatisfacción del otro, y por lo tanto también las quejas y las demandas, que a su vez acrecientan el silencio. Estudios realizados con 7.000 parejas concluyen que este tipo de comportamiento no solo es la forma más común de sobrellevar las dificultades, sino que, al mismo tiempo, es el más dañino e insatisfactorio. Produce ansiedad, agresión, e incluso efectos fisiológicos. El silencio del otro provoca, además, una sensación de incertidumbre. Sin comunicación no sabemos qué está pasando por su cabeza, cuáles son los procesos que está viviendo, y al intentar entenderlo, llegamos a veces a las conclusiones más destructivas, que no necesariamente coinciden con la realidad, como, por ejemplo, que la ausencia del otro se debe a que ha dejado de querernos, de que está cansado de nosotros, que ese silencio es una forma de acercarse al final de la relación.

Uno de los autores de este estudio, el especialista en relaciones interpersonales Paul Schrodt, dice que cada uno de los miembros de la pareja ve el comportamiento del otro como el gatillo de una pelea. Quien se ve regañado se va hacia adentro para defenderse. Y el que regaña cree que no tiene otra alternativa más que seguir expresando su descontento, porque el otro, encapsulado en su silencio y su distancia, no reacciona. El ‘regañador’ se siente abandonado, y quien es regañado se siente perseguido. Yo lo he visto mil veces, e incluso vivido, y estoy segura de que usted también. Generalmente somos nosotras las mujeres quienes estamos en la posición del ‘regañador’, y el hombre en la del silencio. ¿Pero cómo salir de este atolladero?

No es fácil, porque cuando estamos en este círculo vicioso nos ciegan la rabia, el descontento, y sobre todo la certeza de que estamos en lo cierto. Ninguno de los dos puede ver cómo su propio comportamiento está contribuyendo a este sofocante patrón.

Tal vez una forma de romper el círculo es que cada uno intente salir del rol en el cual, sin querer, se ha atrapado a sí mismo. Estar en el rol del ‘regañador’ es estar inmerso en un espacio colmado de oscuridad, donde como una serpiente se desliza la rabia. Por su lado, quien guarda silencio está acorralado tras esa muralla que ha erigido para protegerse del otro, y tras el muro lo acosa la soledad. Ninguno de los dos roles es un lugar agradable de estar. Si no podemos ponernos en los zapatos del otro (porque estamos convencidos de que tenemos la razón), tal vez podemos salir del rol en que nos hemos atrapado, en pos de nuestra propia salud mental. Si ambos miembros de la pareja hacen lo mismo, tal vez un día, sin darse cuenta, los silencios negros hayan quedado atrás.