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Loulou de la Falaise, la musa de Saint Laurent

El diseñador Yves Saint Laurent vestía a todas las mujeres pero pensaba en una sola: Loulou de la Falaise. Su original estilo le inspiró varias colecciones y su actitud energizó al modisto durante más de treinta años. Acaban de cumplirse 3 años de su muerte y recientemente apareció un libro que la recuerda a través de los testimonios de sus amigos.

  • Florencia Sanudo

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Retrato de Loulou hecho por el fotógrafo Jean-Pierre Masclet, en 1984.

A pesar de su nombre terriblemente francés, Louise Vava Lucia Henriette le Bailly de la Falaise era inglesa por nacimiento e idiosincrasia. Su padre era el marqués Alain de la Falaise; su madre, Maxine Birley, modelo y una de las grandes bellezas de su época; su abuela materna, Rhoda Pike, estrella de la high society londinense, y su abuelo, sir Oswald Birley, pintor oficial de la corte de Inglaterra.

Desde pequeña, Loulou era muy creativa y pasaba horas diseñando vestidos en la gran propiedad familiar donde, bajo los auspicios de Maxine, la palabra límite no existía: lo único que contaba eran el estilo y la presencia. Por algo su amigo Hubert de Givenchy dice de ella que “le daba a todo lo que se ponía una allure sensacional”. Pero como madre, Maxine dejaba que desear. Tras el nacimiento de su segundo hijo, Alex, en 1948, y su divorcio (a raíz de una relación extraconyugal), los niños, de 4 y 3 años, fueron confiados a una pareja, lejanamente conocida en la campiña francesa. Este período de su vida fue tan dolorosa que Loulou nunca quiso hablar de ello.

Fue quizás para olvidar esta herida profunda que Loulou vivió su vida con un ritmo desenfrenado, disimulándola bajo un carácter audaz, un sentido del humor a toda prueba y una infatigable sed de vida. Estrella ascendente del jet set londinense de los swinging sixties, la joven menuda y pelirroja ya se distinguía entonces por su estilo. Donde llegaba, llamaba la atención. “Tenía el refinamiento inimitable de los aristócratas británicos”, recuerda Manolo Blahnik.

En 1966, a los 19 años, se casó con Desmond Fitzgerald, en una boda (fotografiada por lord Lichfield, primo de la Reina) que la prensa inglesa calificó como “la más deslumbrante del año”. Pero el matrimonio no funcionó. Tras un divorcio extremadamente amigable, la joven hizo sus maletas y se instaló en Nueva York en casa de su amiga Berry Berenson (hermana de Marisa y nieta de Elsa Schiaparelli).

En Nueva York, Loulou diseñó telas estampadas para Halston, fue asistente de Helmut Newton y, tras ser descubierta por Diana Vreeland, modeló para Vogue. Elsa Peretti, principal creadora de las joyas en Tiffany’s, que trabajaba entonces para Halston, la recuerda por “su risa sonora y su voz fuerte de fumadora”. Y Marisa Berenson por “su charme, su absoluta libertad y su falta total de inhibición”. Con su look que podía ser paisano, bohemio, sofisticado, imperial pero siempre originalísimo, Loulou se sentía cómoda en toda situación, en cualquier medio.

Un encuentro decisivo

Loulou e Yves en 1978.

Fue gracias al creador de moda Fernando Sánchez, a quien conoció en 1968, que Yves Saint Laurent llegó a su vida. O ella a la de él. Fascinado por su encanto, Sánchez prometió presentarla a “Yves y a Pierre” (Bergé, su compañero).

“Loulou de la Falaise fue un shock para Yves, moldeado en el gusto francés hasta lo más profundo de sí mismo” -escribió Alicia Drake en su libro Beautiful People-. Saint Laurent comenzó a enviarle ropa, pues adoraba la manera en que ella mezclaba las prendas de alta costura con su propio guardarropa, cambiando continuamente de estilo, y en 1971 le propuso trabajar junto a él. “Yo creo que lo hizo debido a mi lado menos formal, que él quería comprender”, confió años más tarde a la revista Interview. Paloma Picasso, gran amiga del creador, dice que Loulou le aportaba “energía pura” y Marisa Berenson afirmaba que Loulou era “el hada de Yves”. Un perfecto antídoto para Saint Laurent, de tendencia depresiva. “Loulou era el elemento positivo. Yves y yo tendíamos a ver todo en negro, ella nos levantaba la moral”, afirma la longilínea Betty Catroux, la otra gran amiga de Saint Laurent y la tercera de un trío inseparable.

Por otra parte, nadie lucía la ropa de Saint Laurent como ella. “Sublimaba sus creaciones, para gran placer de Yves -afirma André León Talley, el célebre redactor de moda-, nadie llevaba el smoking como Loulou”. John Fairchild, director del influyente Women’s Wear Daily, llegó a sugerir que pusieran un fotógrafo cada mañana frente a su casa durante un año para hacer un dossier sobre su original elegancia. Cada día, cuando llegaba a los locales de Saint Laurent, en la avenida Marceau, el personal se precipitaba a mirar cómo estaba vestida…

Loulou con un collar regalo de YSL y Pierre Bergé.

Pero ¿qué hacía en la casa Saint Laurent? Además de ser una excelente estilista, capaz de elegir el vestido ideal para Romy Shneider o Catherine Deneuve o proponer el vestuario perfecto para un filme, Loulou asistía a Yves en las seis colecciones anuales, se ocupaba de las licencias y creaba las emblemáticas joyas fantasías que hicieron su reputación en todo el mundo. Y sobre todo, Yves confiaba ciegamente en ella y en su criterio. Testigos recuerdan cómo se comprendían con una mirada: si a Loulou le gustaba, Yves seguía adelante.

Pero a fines de los años 80, luego de haber revolucionado la moda con sus colecciones Operas, Ballets Rusos, Chinois y Opium, Yves Saint Laurent comenzó a caer en depresión, convencido de haber agotado su creatividad. Se rumoreaba entonces que si bien él creaba la alta costura, el prêt-à-porter estaba en realidad en manos de Loulou (las malas lenguas hablaban de ‘Yves Saint-Loulou’), un rumor que la exasperaba y que no se dignaba a comentar. “Yves es la perfección, mi escuela de moda, el aprendizaje de toda una vida. Él me enseñó el equilibrio y la proporción”, decía ella. Saint Laurent afirmaba: “Loulou es el charme, la poesía, el exceso y la extravagancia… todo a la vez”. Su musa, en una palabra.

En cuanto a su vida sentimental, Loulou había encontrado el perfecto amor en Thadée Klossowski de Rola, hijo del pintor Balthus, cuya boda en 1977 fue un extraordinario evento mundano. Pero tras haber sido la reina de la noche, una vez casada, optó por una vida tranquila, entre un romántico atelier de artista en París y el castillo medieval de Montecalvello, cerca de Roma, propiedad del padre de Thadée. Loulou era una excelente cocinera y dedicada jardinera. Christian Louboutin recuerda que en las residencias de Loulou había más publicaciones de jardinería y catálogos de floristas que revistas de moda. Cuando nació su hija Anna, Saint Laurent fue su padrino.

Un breve después
6_300A principios de 2002, Saint Laurent anunció su retiro y Loulou se animó a lanzar su propia marca de ropa y bisutería. Al año siguiente, el tout Paris se precipitó a su inauguración. Los elogios llovieron. Algunas clientas del modisto, como Nan Kempner o Hélène Rochas, quedaron inmediatamente seducidas por sus creaciones. Sofia Coppola, Lee Radziwill y Marisa Berenson no disimulaban su entusiasmo. Pero la aventura fue corta, pues a pesar de su gusto impecable, Loulou no se preocupaba demasiado por los molestos detalles comerciales. En 2006 se vio obligada a cerrar.

Aun así, continuó diseñando joyas: una de accesorios para Óscar de la Renta, otra para la cadena de televenta americana Home Shopping Network, otra de objetos de decoración para la marca Asiatides. “Los accesorios tienen un rol importante en nuestras vidas. Si sales a cenar y no tienes tiempo de volver a casa para cambiarte, puedes quitarte la chaqueta y ponerte una joya. ¡Es más fácil que llevar un vestido de noche en el metro!”, decía.

En 2011 Loulou se hizo cargo de la dirección artística de la exposición Saint Laurent, Rive Gauche, una fabulosa muestra que recorría la extensa creación del modisto fallecido en 2008. Su admiración por YSL no había disminuido y esta fue su última ‘colaboración’ con quien había sido su mentor y amigo. Pero pronto habría de caer el fatídico diagnóstico -cáncer de hígado-, que en pocos meses reclamaría su vida. Los íntimos que la visitaron en su casa de campo durante ese tiempo afirman que nunca se quejó. Su último combate fue preservar su dignidad y su humor. Loulou falleció el 5 de noviembre de 2011, a los 64 años. Sus amigos no la olvidan.