Belleza

Una historia que huele bien

A través de las épocas, siempre fascinaron. Elixir sagrado de virtudes misteriosas, privilegio de reyes y reinas, objeto de seducción, los perfumes dejaron su marca en la humanidad. Pero ¿cuál es su origen y cómo evolucionó?

  • Florencia Sanudo

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Foto: Pablo Wilson Producción: Manena Pomeroy Maquillaje: Bea Palma Ropa: Carolina Pino

ppalSu origen nos remonta a la edad de piedra, cuando los hombres para honrar y complacer a sus dioses y a modo de ofrenda quemaban maderas y resinas aromáticas. Así pues, los primeros perfumes surgieron del humo y el vapor que emanaban de esas maderas (la palabra perfume viene del latín per fumun, a través del humo), cuyos fines no solo eran religiosos sino también profanos: purificar y embellecer el cuerpo y alejarlo de las enfermedades.

Los egipcios fueron los primeros en usar el perfume para su placer personal, pero su producción estaba reservada a los sacerdotes, que los elaboraban en los templos. Mucho más tarde, las reinas y faraones gozaron del derecho de su uso, tanto en la vida como después, ya que los muertos eran embalsamados y perfumados con mirra y casia (una especie de canela). Cuando se descubrió la tumba de Tutankamón se encontraron varios frascos de perfumes a su lado, pero fue bajo la influencia de Cleopatra, 40 años a.C., que el uso de las fragancias alcanzó su apogeo.

Continuando las prácticas egipcias, los griegos mejoraron las técnicas y exaltaron su uso, tanto religioso como cotidiano. En realidad, los griegos usaban una cantidad extraordinaria de perfumes. Al bañarse, antes o después de las comidas, era de buen gusto untarse el cuerpo de aceites y ungüentos, con una fragancia diferente para cada parte del cuerpo. Los griegos atribuían a los perfumes un origen divino y cuando enterraban a sus muertos nunca faltaba junto a sus objetos personales el indispensable frasco de perfume. Considerando que su uso se había extralimitado, en el 640 a.C., el senador Solón prohibió por decreto la venta de perfume, orden que, de más está decir, nadie obedeció.

Bajo la influencia de Oriente y del mundo griego, los romanos también daban una gran importancia a los perfumes, aun si Julio César reprimía el uso de fragancias exóticas. Su uso se expandió en los ritos religiosos y en la práctica cotidiana gracias a la fabulosa red de aprovisionamiento del Imperio Romano que iba hasta África, India y Arabia, los principales proveedores de materia prima. Para los romanos, los perfumes poseían virtudes medicinales y el vendedor de perfumes era a su vez médico y boticario, y fueron los primeros en usar recipientes de cristal, realizados con la técnica del soplado.

El advenimiento del cristianismo puso fin al uso de los perfumes en el mundo occidental, tanto en la vida cotidiana -signo de futilidad- como en la religiosa. En cambio, los árabes preservaron la bella costumbre de perfumarse gracias a su floreciente comercio de especias y al mejoramiento de las técnicas de destilación. Los seguidores de Mahoma adoraban el almizcle, las rosas y el ámbar. Fue a través de las Cruzadas en Tierra Santa por intermedio de ciertos cruzados venecianos, más inspirados por la búsqueda de placeres que de la fe, que los europeos redescubrieron el gusto de perfumarse y el uso del jabón. Contrariamente a lo que suele creerse, en la Edad Media eran campeones del lavado y de los baños.

La caída del Imperio Romano, las invasiones bárbaras y las guerras interminables dejaron poco lugar al perfume. Pero a partir del siglo XII, con el resurgimiento del comercio internacional, todo cambió. Los conocimientos sobre la producción se ampliaron gracias al desarrollo de las universidades en las grandes ciudades, las nuevas competencias de los alquimistas y el proceso de destilación introducido por los árabes. El incienso y la mirra eran aún las fragancias sagradas, pero el uso de otras flores y especias -almizcle, ámbar, resina, clavo, romero- comenzó a difundirse.

En la segunda mitad del siglo XIV hicieron su aparición los perfumes con base alcohólica y los aceites esenciales. Estos se llamaban ‘aguas de toilette’, y se usaban como medicamentos y también para disimular los malos olores, pues, a diferencia de la Edad Media, en el Renacimiento se consideraba que el agua era transportadora de enfermedades .

En el siglo XVII los perfumes gozaban de un gran éxito: la gente estaba obsesionada con ellos en la medida en que la higiene estaba fuera de cuestión. Los ingredientes se extendieron al jazmín, la rosa y otras flores bulbosas. La corte del rey Luis XIV era conocida como “la corte perfumada”, porque cada día se salpicaban abanicos, muebles y ropa con agua de toilette y con vinagre de toilette, por sus poder desinfectante.

Del revolucionario siglo XIX al consumista siglo XXI

Francia devino en el centro mundial del perfume: Grasse, en la Provence, el centro productor, y París, el foco creativo y comercial. Algunas de las marcas tradicionales de perfume, aún reconocidas hoy en día, nacieron en ese entonces; Roger&Gallet, Guerlain, Coty… pero sobre todo, este siglo fue el de la gran revolución en la industria del perfume con el descubrimiento de las imitaciones sintéticas de las esencias naturales, que enriquecieron la paleta del perfumero, como la heliotropina, la cumarina, el almizcle artificial, la vainillina o la hidrocitronela y, evidentemente, los aldehídos. La revolución industrial, con sus nuevos métodos de manufactura, transporte y comunicación permitió a los perfumeros producir nuevas fragancias con más facilidad, simplificar la distribución y bajar los precios. Asimismo, dio un gran empuje a las grandes manufacturas de cristal como Lalique o Baccarat, para producir nuevos y más modernos frascos.

A partir de los años 20, la importancia de la industria de la perfumería no escapó a los grandes nombres de la moda que explotaron este creciente mercado. Chanel, por cierto, pero también casas como Patou, Poiret, Worth, comenzaron a producir sus propias fragancias, una tendencia que hoy va en aumento. En los años 50 se sumaban, entre otros, Christian Dior, Nina Ricci, Balmain, Givenchy; en los 70 y 80, Paco Rabanne, Thierry Mugler, Cacharel… y la lista sigue pues cada año surgen alrededor de mil nuevos perfumes de creador en el mercado, básicamente composiciones sintéticas con algunos componentes naturales. Asimismo, en los últimos años surgieron pequeñas marcas exclusivas que destacan las fragancias de los perfumes de artesanos del pasado, contienen los mejores aceites del mundo y han revivido, entre un clientela más sofisticada, la pasión por la perfumería exclusiva.
Hoy en día, la industria del perfume no conoce la crisis. Sigue evocando la mística y el romance, pero también, gracias al marketing, atrae a una clientela ávida de novedades.

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