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Tiempo de correr

El cuerpo, inquieto, nos molesta constantemente, y una forma de aplacarlo es echarlo a andar. Mover el cuerpo ayuda a acallar la mente. A centrarla. El cuerpo se mueve y la mente se asienta.

  • Carla Guelfenbein

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Pamela Rojo

Hace 25 años que corro, y nunca he participado en un maratón, ni siquiera en una competencia. Tampoco me han seducido esos aparatitos que miden tu capacidad cardiovascular, los kilómetros recorridos y hasta tu cantidad de pasos. La idea de todo aquello es trazarse metas y superarlas, un objetivo tan noble como cualquier otro, pero que a mí no me interesa. Tal vez por esto mismo corro muy lento, sin apuro por llegar a ningún lado, ni cumplir ninguna meta. Correr para mí es un acto individual. No guarda relación con los demás ni con los logros. Es el tiempo para poner todo en su lugar, para crear historias, para entender a mis personajes y el mundo que me rodea, para tomar decisiones, para mirar hacia el futuro, para escoger, es el tiempo también del silencio.

Muchos poetas y escritores son conocidos por su necesidad de movimiento. Whitman era un gran caminador y, aunque parezca extraño, Henry James también. Dickens escribió un hermoso libro sobre sus largas caminatas nocturnas y Thoreau confiesa que debía al menos caminar 4 horas diarias para sentirse en paz consigo mismo. Pero el provecho de caminar o correr no es una exclusividad de los creadores.

Los beneficios del ejercicio físico son múltiples y bien conocidos por todos. Disminuyen las enfermedades vasculares, diabetes, ciertos tipos de cáncer, artrosis, mejoran la digestión, el peso, la resistencia física, las articulaciones, los huesos, el sueño, ayudan a combatir el estrés, las depresiones, etc… Pero pocos deportes otorgan también ese extraño y profundo silencio que te aporta correr. Caminar a paso rápido puede ser también un equivalente. Es tan difícil encontrar en estos tiempos momentos de silencio, de recogimiento. Los estímulos son infinitos. Si no estamos frente a la computadora, estamos conectados a algún aparatito electrónico que exige nuestra atención, frente a un televisor o, con suerte, a un libro. También está la posibilidad de mirar el techo, una antigua y distinguida forma de reflexión. Pero lo cierto es que los tiempos modernos nos arrojan a la acción. El cuerpo, inquieto, nos molesta constantemente, y una forma de aplacarlo es echarlo a andar. El movimiento del cuerpo ayuda a acallar la mente. A centrarla. El cuerpo se mueve y la mente se asienta. Una vez que se ha asentado, que los mil estímulos y preocupaciones han quedado atrás, la mente puede empezar a volar. Correr permite un estado expandido de la conciencia que se ajusta bien a la creación. En ese espacio, los personajes aparecen ante mis ojos con una nitidez equivalente a la de la realidad. Para el momento en que la historia llega al papel, mis personajes son parte de mí misma. Aquella transposición de sentimientos solo puede ocurrir cuando el ‘yo’ desaparece y el ‘otro’ habita tu ser. Hay algo fundamental en este proceso. El escritor no puede torcerle la mano a la naturaleza de su personaje, no puede manipularlo para que sea como le ‘conviene’, no puede transformarlo en una marioneta, porque entonces el personaje se muere. Se transforma en cartón piedra, pierde su humanidad. Fue hace algunos días, mientras corría, que me di cuenta de que este ejercicio de construir mis personajes es también una forma de lograr entender a los seres que nos rodean: a introducirnos en su mente, a entender por qué tienen tal o cual comportamiento, por qué dicen cosas que en ocasiones nos hieren, por qué no se comportan como se supone que deberían hacerlo, por qué, en suma, son como son. Pensé también que introducirnos en el corazón del otro es una forma de aceptarlo, y en lugar de intentar que sea como nosotros queremos que sea, podemos abrazar sus diferencias, y escucharlo, de la misma forma en que un escritor lo hace con sus personajes.