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Horst, el fotógrafo del estilo

Quizás desconozca su nombre, pero no su obra. Horst P. Horst es uno de esos fotógrafos cuyas imágenes trascendieron su tiempo y marcaron un antes y un después en su profesión. El museo Victoria & Albert de Londres ofrece una retrospectiva de la carrera excepcionalmente larga de este maestro de la luz, de la composición y de la ilusión.

  • Florencia Sanudo

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2_300Apodado en su época “el mago de la fotografía”, Horst Paul Albert Bohrmann es célebre por sus fotos de moda y sus retratos de celebridades. El museo Victoria & Albert de Londres le consagra una exposición que explora las diferentes fuentes de inspiración que influyeron en su trabajo -el arte clásico, el Bauhaus o el surrealismo- y la evolución de su estilo a lo largo de sesenta años de carrera, a través de fotos, creaciones de alta costura, extractos de filmes, objetos cotidianos y una centena de sus portadas para Vogue.

De Horst Paul Albert Bohrmann a Horst, simplemente

Nacido en Weißenfels-an-der-Saale, Alemania, el 14 de agosto de 1906, era el segundo hijo de una próspera familia de clase media comerciante y protestante. Años más tarde, al adquirir la ciudadanía estadounidense, cambiaría su nombre por Horst P. Horst, para no ser confundido con el jerarca nazi Martin Bormann, pero firmaría su obra con un escueto Horst.

En su juventud asistió a un liceo de artes y oficios en Hamburgo y más tarde se trasladó a París, donde estudió arquitectura con Le Corbusier. En la capital francesa conoció a los grandes exponentes de la vanguardia cultural del momento, entre ellos al barón George Hoyningen-Huene, noble nacido en San Petersburgo y fotógrafo de la revista Vogue. Horst devino en su amante y asistente y su interés pasó de la arquitectura a la fotografía. Su talento se hizo rápidamente evidente: en noviembre de 1931 el Vogue francés publicaba su primera foto, un aviso para un perfume, y al año siguiente, golpe de suerte, una muestra de sus fotos en una pequeña galería despertó el vivo entusiasmo de la corresponsal de The New Yorker en París. De un día para otro se hizo célebre al otro lado del Atlántico.

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En poco tiempo corrió la voz de sus cualidades como retratista. Bette Davis fue la primera de las muchas celebridades que posaron para él. Le siguieron Noël Coward, Elsa Schiaparelli, Cole Porter y Luchino Visconti, y muchos otros a través de los años. “Me gusta tomar fotografías porque me gusta la vida. Y me gusta sobre todo fotografiar a gente porque, por sobre todas las cosas, amo la humanidad”, decía Horst. Por cierto, en su caso, una humanidad privilegiada: sus retratados son artistas, escritores, primeras damas, estrellas de Hollywood, aristócratas y miembros de la realeza. En 1937 Horst conoció a Coco Chanel, a quien él llamaba “la reina de todas las cosas”, cuyas creaciones -y a ella misma- fotografiaría durante tres décadas (se dice que la célebre chaqueta Chanel de botones dorados estaba basada en una chaqueta tirolesa que Horst había traído de uno de sus viajes a Austria).

Un corsé icónico

Horst emigró a América en 1939, poco después de realizar en su estudio parisino una de las fotografías más icónicas del sigo XX: The Mainbocher Corset. Con la inminente Segunda Guerra, la imagen, sutilmente erótica, que muestra a una modelo de espaldas probablemente en proceso de quitarse su corsé, simboliza los sentimientos de Horst acerca del final de una época. “Mientras la tomaba pensaba en todo lo que dejaría atrás”, dijo más adelante. Cincuenta años más tarde, Madonna evocaría esta y otras imágenes de Horst en su clip Vogue.

En su nueva patria, Horst sirvió durante dos años como fotógrafo para las fuerzas armadas y retrató al presidente Harry Truman, con quien desarrolló una amistad. A partir de entonces, invitado por la Casa Blanca, fotografió a todas las primeras damas, desde Mamie Eisenhower hasta Nancy Reagan.

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Fascinación por la elegancia

Su método de trabajo exigía una larga preparación, pues apenas usaba decorados y contaba con la iluminación para lograr efectos. Sus instrucciones a las modelos eran breves pero precisas. Rara vez usaba filtros. Horst compartía con los surrealistas una fascinación con la representación del cuerpo, tanto de mujeres como de hombres, e hizo muchos desnudos. También era un incansable trotamundos. Entre los años 40 y 50 viajó en numerosas ocasiones a Israel, Irán, Siria, Italia y Marruecos. Las fotos de sus viajes revelan su fascinación por las culturas antiguas, los paisajes y la arquitectura.

Sus modelos y musas favoritas en los años 30 y 40 fueron las primeras grandes profesionales como Lisa Fonssagrives y Helen Bennett, que trabajaban para Chanel, Lanvin y Vionnet. En los años 50 fueron Carmen Dell’Orefice y Dorian Leigh. En los 60 y 70, Veruschka y Marisa Berenson… Todas ellas tenían en común un aire lánguido y aristocrático. “La moda es la expresión de los tiempos. La elegancia es otra cosa”, solía decir. Por cierto, la gente que frecuentaba y la ropa que fotografiaba evocan un mundo donde la elegancia y las buenas maneras todavía importaban. Él mismo era una espécimen del savoir-faire de la preguerra.

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En los años 60, Diana Vreeland, la editora en jefe del Vogue, le propuso que retratara a damas de sociedad y celebridades en sus casas. Ese fue el comienzo de una serie de artículos sobre mansiones, jardines y estilos de vida. Horst tenía el don para reconocer los detalles que hacían resaltar la personalidad de los retratados y durante diez años plasmó a personajes como Consuelo Vanderbilt, Marella Agnelli, Gloria Guinness, Lee Radziwill, Óscar de la Renta, Andy Warhol, Yves Saint Laurent, Doris Duke, Emilio Pucci, Jacqueline Kennedy Onassis, Paloma Picasso o la condesa Jacqueline de Ribes, en sus casas, publicadas en Vogue y Houses and Gardens.

En cuanto a estilo, él no se quedaba atrás. En 1947 había adquirido dos kilómetros cuadrados en Oyster Bay Cove, Long Island, que pagó con la venta de un cuadro de Picasso. En la tierra que describía como “todo lo que siempre soñé” construyó su casa en estilo tunecino y diseñó su espectacular jardín. El diplomático inglés Valentine Nicholas Lawford la visitó por primera vez en 1947 junto a Noël Coward y Greta Garbo. Fue el principio de una larga relación que duraría hasta la muerte de este en 1991. Juntos adoptaron un niño, Richard, que sería su mánager y es hoy archivista de su obra.

En los años 70, con la llegada de un nuevo estilo de fotografía, más flexible y dinámico, el trabajo de Horst fue momentáneamente considerado demodé. Pero en los 80 una nueva generación de entusiastas lo redescubrió, lo que resultó en un nuevo interés y llevó a un frenesí de nuevos libros, exposiciones y documentales sobre su trabajo. En esa década Horst se dedicó especialmente a realizar nuevas impresiones para museos y para el mercado de los coleccionistas, aunque seguía haciendo algunos retratos, entre ellos a Estefanía de Mónaco y Katherine Hepburn, e incluso firmó una audaz campaña publicitaria para Calvin Klein casi a los 80 años.

Pero en 1992 la pérdida de la vista lo obligó a abandonar el trabajo. Horst murió el 18 de noviembre de 1999, a los 93 años.