Columnas

Bella y joven antes de primavera

Tres amigas se juntan todos los miércoles en diferentes bares de su ciudad. Ninguna tiene pareja. Todas tienen hijos y rondan la cuarentena

  • Carolina Pulido

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1_340Tres amigas se juntan todos los miércoles en diferentes bares de su ciudad. Ninguna tiene pareja. Todas tienen hijos y rondan la cuarentena. Una de esas noches, la amiga A les dice a las demás que miren a su alrededor, que están rodeadas de otras mesas exactamente iguales a la de ellas. Mesas pobladas exclusivamente por mujeres. Esa noche no hay un solo hombre en el bar, que no nombraremos y que por supuesto las amigas jamás vuelven a visitar. Lo curioso y a la vez lo triste es que de ahí en adelante comienzan a poner atención y se encuentran con que la misma situación se repite en todas partes. No siempre hay solo mujeres, claro. La mayor parte de las veces hay mujeres y parejas. ¿Dónde están los hombres? Pregunta la amiga A. La amiga B, que siempre ha sido la más avispada y pesimista, le da la siguiente y tajante respuesta: en la cama con las más guapas. Nosotras somos las más guapas, dice la amiga C. Y mira a su compañera A buscando aprobación, pero esta baja la vista evidenciando ciertos problemas de autoestima. Entonces C rectifica: bueno, al menos estamos muy bien para nuestra edad. Y acto seguido engulle un bocado de pulpo al olivo.

La amiga B ha guardado silencio por unos minutos, en los que aprovecha de pedir la segunda botella de champaña extra brut. Cuando esta llega a la mesa llena las copas de sus amigas y lanza una vez más sus misiles: somos chicas lindas, no cabe duda, pero la competencia es feroz. Los hombres solteros, como nunca, pueden recostarse en su hamaca a observar el contingente femenino disponible y escoger con toda calma a la que más les guste, sin importar la edad de ella y el estado de su propio físico. Casi todos son feos, gordos, pelados, no saben lo que quieren de la vida y además están extremadamente conscientes de su realidad, y esta es que son escasos. Y lo escaso es caro. ¿Qué hacemos entonces? Desde mi punto de vista tenemos dos alternativas: la primera es asumir la dura realidad y seguir como estamos, esperando que un golpe de suerte nos ponga al príncipe azul frente a nuestros ojos. La segunda es dar la pelea, y con esto quiero decir dos cosas: que hay que tomar la iniciativa a la hora de la conquista, ya que claramente ellos no están dispuestos a hacer nada, y que hay que ser como Demi Moore: cultivar el cuerpo e invertir en tu cara, que es tu carta de presentación. Cuando la amiga B dice esto último arrastrando las consonantes por efecto del alcohol, las otras dos no pueden evitar desviar la mirada hacia su entrecejo, que con el tiempo ha profundizado la línea de expresión hasta transformarla en surco.

Las amigas brindan una y otra vez por el fashion emergency que juran comenzar antes de que llegue la primavera, y a los pocos días se inscriben en centros de estética para someterse a una serie de tratamientos que incluyen la criolipólisis para eliminar la grasa abdominal dejada por los dos embarazos de la amiga A, el relleno de plasma rico en plaquetas que la amiga B se va a inyectar en las arrugas de toda su cara, incluido el entrecejo, y los tres tipos de láser que la amiga C (la más pudiente de las tres) va a aplicarse para mejorar todo su cuerpo, abarcando el estiramiento facial, la lucha a muerte contra la celulitis y la reducción casi total del vello corporal (con brazilian wax incluido). Todo esto, claro, pagado en 12 cuotas con la tarjeta de crédito y con resultados que, según les prometen, deberían empezar a notarse al cabo de un mes. O dos. Las amigas están ilusionadas y su autoimagen empieza a mejorar al instante en que salen del centro de estética la primera vez. Lo que pasa después no puedo contarlo ahora, porque se me acaba el espacio, así que esta historia continuará… en dos domingos más.