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¿Quiénes son los rabiosos del Twitter?

La rabia es la emoción que más rápidamente se expande a través de los medios sociales.

  • Carla Guelfenbein

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Imagen_okLa rabia es la emoción que más rápidamente se expande a través de los medios sociales. Este es el resultado de un estudio realizado por la Universidad de Beihang que apareció recientemente en un artículo del NYT. La felicidad -en el ranking de sentimientos compartidos en medios como Twitter- viene muchísimo más atrás.

¿Por qué? ¿Qué tipo de personas son las que tienen estos comportamientos? ¿Qué logran? ¿Qué sienten?

Más de un amigo o amiga ha sido bombardeado por Twitter, a razón de algún comentario, una aparición en la prensa o lo que sea. Yo misma fui en algún momento víctima de esos ataques.

Según el sicólogo Ryan Martin, de la Universidad de Wisconsin, tendemos a compartir los sentimientos de felicidad tan solo con nuestros cercanos, mientras que estamos mucho más dispuestos a compartir nuestra rabia con extraños. ¿Por qué? Una de las razones más poderosas es que la rabia es un sentimiento altamente considerado en los medios sociales, mientras que la felicidad es vista como un sentimiento tibio, ñoño, infantil, inmaduro, simple, poco profundo. La rabia y la agresividad son supuestamente los reflejos de alguien combativo, que pisa con seguridad, que está dispuesto a embarcarse en una lucha, que no tiene miedo. Es interesante notar que todas estas connotaciones son tradicionalmente masculinas. Los sentimientos asociados a lo femenino: empatía, solidaridad, compasión, etc., no son bien vistos en los medios sociales.

Según el Dr. Martin, quienes tienden a ser agresivos en los medios sociales están buscando algún tipo de validación, quieren oír la voz de otros aplaudiéndolos, buscan afirmar su propia identidad, su autoestima -muchas veces desmedrada-, a través de la aprobación y del eco que tienen en los demás. La repercusión que tienen sus diatribas los hace sentir un poco menos solos y aislados. Es interesante notar que el gran axioma de Descartes: “Pienso, luego existo”, parece estar mutando hacia un nuevo paradigma: “Mientras más retweets tengo, más existo”. Estas personas están plenamente conscientes de que una forma de adquirir relevancia es subiéndose al púlpito, y desde allí lanzar sus dardos, sin necesidad de grandes lucubraciones ni desarrollo de pensamiento, porque el mismo formato de 140 caracteres no lo permite. Arrojando sus diatribas adquieren además la ilusión de que son moralmente superiores a quienes se supone los han ofendido. Otro elemento importante es el hecho de que internet y medios como Twitter exacerban los problemas de control de impulsos. En segundos adviene la rabia y el insulto está escrito y enviado al espacio sideral, antes siquiera de haber tenido tiempo de pensarlo dos veces. En suma, estas personas están lejos de ser aquellos seres asertivos, seguros de sí mismos, profundos, con el mundo bajo control y moralmente intachables que pretenden proyectar.

En el mismo estudio, el Dr. Martin descubrió que aquellas personas que suelen ser agresivas en los medios sociales son también más agresivas que el promedio en su vida personal. Expresan su rabia de forma menos controlada que el resto. Tienen conflictos con quienes les rodean y dificultades para adaptarse.

Otro aspecto interesante de la rabia en los medios sociales es que esta suele ser infinitamente más agresiva y ofensiva que los comentarios o acciones que las generan. En nuestro país, las amenazas de muerte que recibió Rafael Gumucio, para él y su familia, a raíz de un tweet sobre los animales durante el incendio de Valparaíso, son comparables a las que reciben celebridades de todo el mundo como Woody Allen, el comediante Stephen Colbert, Al Gore, etc. Personas ‘enrabiadas’ hay en todas partes, y han existido siempre. Lo interesante es la forma que han encontrado para canalizarla. Tal vez entendiendo quiénes son y por qué lo hacen, la próxima vez que nos encontremos ante alguna de sus rabietas pasemos de largo, y en lugar de ayudarlos en sus afanes de grandeza y de superioridad moral, les ignoremos.