Destacada Inicio

Patrick Kelly: La estrella fugaz

“Lo que quiero es que mi ropa haga sonreír”, solía decir. Sus vestidos bordados con corazones multicolores y botones disparejos eran la prueba de su infatigable sentido del humor. Kelly, el primer afroamericano que presentó un desfile en París, se inspiró tanto en Josephine Baker como en Elsa Schiaparelli. Estrella fugaz de la moda, falleció a causa del sida en 1990, pero una exposición en el Museo de Arte de Filadelfia revivió su creatividad con una muestra de sus mejores creaciones.

  • Florencia Sanudo

Compartir vía email

Fotos: The Philadelphia Museum of Art

ppalPatrick Kelly es probablemente uno de los más importantes diseñadores de moda del siglo XX, pero también es posible que jamás haya oído hablar de él. Sin embargo, una exposición que celebra su legado -Patrick Kelly: Pasarela de Amor- en el Museo de Arte de Filadelfia, contribuirá a revivir su nombre, que muy brevemente brilló en el mundo de la moda.

Kelly hizo historia por ser el primer estadounidense y afroamericano que fue aceptado en la Chambre Syndicale de Prêt-à-Porter, la prestigiosa organización francesa que reúne a los diseñadores de moda, un enorme triunfo para el joven creador de Mississippi, quien supo seducir a clientas tan dispares como Bette Davis, Isabella Rossellini, Grace Jones o la princesa Diana.

Nada mal para el niño que, como él mismo afirmaba, había adquirido su sentido de estilo en Vicksburg (población de 25.000 habitantes), su ciudad natal, en el corazón de Mississippi. “Allí no había desfiles, pero las mujeres en la misa de los domingos eran tan exigentes como las que asisten a los de Yves Saint-Laurent”, decía. Cuando tenía 6 años, su abuela, cocinera en una casa de blancos, le mostró una revista de modas. Instintivamente notó que no había ninguna mujer de su raza. “Nadie tiene tiempo de diseñar para ellas”, le dijo. Patrick juró que él lo haría. Poco después una tía le regaló una máquina de coser que usó con entusiasmo pero que guardó en secreto por largo tiempo. “En Mississippi un varón debía hacer cosas de varones”, recordaría en 1987 a la revista People. Más adelante creó modelos para negras, blancas, jóvenes y no tanto, delgadas y gruesas. “Diseño para todas las mujeres -decía-, mi mensaje es: eres hermosa como eres”. Para probarlo, una vez incluyó en uno de sus desfiles a una embarazada de ocho meses.

Las mujeres eran muy importantes para Kelly. Comenzando por su madre y especialmente su abuela, esta última su primera inspiración, ‘la columna vertebral’ de su gustos. “Para mí era hermosa, un sueño”, decía. Y más adelante su amiga la modelo Pat Cleveland, quien lo convenció de ir a Nueva York y luego le ofreció un pasaje a París, un astuto movimiento que lanzó la carrera de Kelly. Otras fueron Françoise Cassagnac, la propietaria de las muy chic tiendas Victoire, la primera en vender su ropa en París, y Nicole Crassat, la editora de moda del Elle francés, que en marzo de 1985 le dio seis páginas de la revista y lo lanzó al estrellato.

Atrás quedaban sus años de lucha y pequeños trabajos en Atlanta y Nueva York. “Los que dicen que los franceses son snobs… no trataron a un diseñador neoyorquino”, repetía. Más aun, la capital francesa le abrió sus brazos desde el primer momento y celebró con entusiasmo su primer modelo, un vestido tubo en jersey, sin costuras, decorado con botones de colores, una idea inspirada por su abuela, que cosía botones diferentes por falta de pares. “Patrick era adorable, todo el mundo lo amaba y además su ropa era parisina en espíritu”, declaró Christian Lacroix al diario británico The Telegraph después de su muerte.

01-400Su ropa: humor, desafío e impecable sastrería
Sus desfiles eran verdaderos shows y la audiencia se divertía, pero nadie tomaba sus colecciones a la ligera. Su ropa estaba plagada de humor -vestidos de noche cortos con hileras de botones dorados y sobrefaldas de tul; shorts rayados tipo ciclistas en cashmere con pulóveres en piel sintética, siluetas de sirena en materiales stretch-, pero también proponía creaciones perfectamente ponibles como vestidos y trajes extremadamente bien cortados, chaquetas acampanadas e impecables pliegues para la noche. El exigente Women’s Wear Daily lo calificó de “maestro de la ropa sexi e ingeniosa”. A él, personalmente, aun en los eventos más formales, era imposible verlo en otra cosa que sus enormes overoles de mezclilla, camiseta blanca, gorra con visera, alpargatas o quizás zapatillas.

La franqueza de Kelly asombraba y encantaba: desde su manera de reivindicar su etnia y su homosexualidad hasta su pasión indisimulada por París, cuyos barrios más sospechosos solía recorrer en skateboard. Él era todo lo opuesto a sus ídolos: el recluso Saint-Laurent, la altiva Coco Chanel, la aristocrática Elsa Schiaparelli o la distante Madame Grès. Su sentido del humor lo acercaba más a su musa, Josephine Baker, la cantante que cincuenta años antes, como él, eligió París y fue adoptada con veneración por los parisinos. En su colección otoño-invierno 1986 Kelly evocó la célebre falda de bananas de uno de sus espectáculos.

En 1985, sus vestidos negros decorados con cintas y botones se vendían en Berdorf Goodman y las Galerías Lafayette. Pero en 1987 firmó un contrato con el grupo de moda americano Warnaco, gracias a lo cual pudo contratar personal y pasar a otra categoría, multiplicando por diez su cifra de ventas e instalando puntos de venta en cuatro continentes.

02-400
“Patrick Kelly: Runway of Love”, Museo de Arte de Filadelfia (EE.UU.) , hasta el 30/11

Kelly había conseguido lo que pocos estilistas lograban -entrar en el círculo mágico de la alta moda- sin sacrificar nada de su personalidad: la estética que desarrolló siempre hizo alusión a su abierta homosexualidad y, sobre todo, a sus raíces afroamericanas y sureñas. El trabajo de Kelly empujaba los límites raciales y culturales como un desafío, con sus referencias a personajes políticamente incorrectos como la esclava Aunt Jemima, Golliwog, el personaje negro creado en el siglo XIX (que usaba como logo), y los broches conla muñequita Pickaninny, otro personaje de fuerte connotación racial, que ofrecía a sus clientas y asistentes a sus desfiles. En una entrevista al diario Philadelphia Enquirer, Bjorn Amelan, su compañero, y el generoso donante de la colección Patrick Kelly al museo de Filadelfia, decía que “en su manera típica, él eligió apropiarse y acentuar esos símbolos políticamente incorrectos en lugar de esconderlos. Sentía que hacerlos suyos le daba poder”. Como bien lo había dicho Kelly en 1989 al Architectural Digest, “si no sabes de dónde vienes, no puedes ir muy lejos”.

Un año más tarde falleció víctima de sida, aunque en esa época, más timorata, su muerte se le adjudicó solo a un tumor cerebral y una enfermedad de la médula espinal. Pero él ya se sabía condenado cuando, en 1989, diseñó un vestido de lana negro para una fundación destinada a juntar fondos para la lucha contra el mal que acabaría con su vida y que puede verse en la muestra. En la parte de atrás, un gran corazón rojo, hecho de puntadas de lana rústicas y desiguales del que cuelga una larga hebra… como una obra sin terminar. Patrick Kelly murió el 1 de enero de 1990, a los 35 años.