Belleza

Posticería: Una historia de pelos

La mejor forma de lograr que una peluca o un postizo sea imperceptible a las miradas es confeccionándolo a mano, tejiendo pelo por pelo. Pero por el esfuerzo que implica, cada día son menos las personas que los elaboran. Lo bueno es que aún hay quienes están dispuestos a enseñar este oficio poco conocido, que basa su éxito en cuanto más invisible es.

  • Revista Mujer

Compartir vía email

Fotos: Raúl Araya 

PosticeríaA Jimmy Jahnsen nunca le preocuparon mucho sus folículos pilosos. Para este maquillador, estilista y uno de los posticeros más prestigiosos del país, estos solo estaban ahí, sobre su cabeza, cumpliendo su misión en silencio al igual como lo hace el resto de los órganos del cuerpo humano. A los 25 años, cuando comprobó que sus ingresos como escultor -es licenciado en arte de la Universidad de Chile- apenas le alcanzaban para cubrir sus gastos básicos, fue que estos filamentos cilíndricos aparecieron en su vida. “Jaime Alegría era dueño de una peluquería en la población Juan Antonio Ríos, en Renca. Él fue mi maestro, quien me formó como peluquero”, cuenta. “Le rogué que me dejara trabajar, que haría cualquier cosa. Necesitaba pagar la pieza en la que vivía y que arrendaba en la casona de piedra de Lastarria 70. Partí bien de abajo porque no sabía nada: al principio barrí, después serví café, hasta que llegó el día en que le corté el pelo a una señora. Se me abrió un mundo nuevo y me dejé llevar”, resume a sus 58 años, en un café que está ubicado al frente de esa casona de piedra, de la que hoy solo queda su fachada.

Las cabelleras se transformaron en su herramienta de trabajo, y de Renca se trasladó a Vitacura, a una peluquería en la galería Lo Castillo. Le fue bien y se armó de una clientela fiel. Pero más que el pelo, le llamaba la atención el maquillaje. “Como veía lo que hacía el maquillador que había en el salón, me inscribí en un curso. A la semana, la profesora me contó que la habían invitado a maquillar

02-400al Teatro Municipal, que si quería acompañarla porque le habían pedido que llevara gente. Yo no sabía nada”, reconoce, pero aceptó igual. No se equivocó: al año de entrar y salir de los camarines del teatro, le ofrecieron hacerse cargo del Taller de Maquillaje y Peluquería. “Y así comenzó mi historia con la posticería: me maravillé con las pelucas y postizos que venían del (teatro) Colón de Argentina o de La Scala de Italia. Me dieron ganas de imitar todas esas joyas que pasaban por mis manos”, recuerda. Se propuso entonces absorber todo lo que hacían los posticeros que llegaban temporada tras temporada. Gracias a ellos supo qué agujas usar, cómo tenía que adherirse a la piel el tul de implante, la tela donde se teje el pelo. Sin embargo, el hallazgo más fundamental lo hizo por sí mismo: “Descubrí cómo funcionaba la fibra de pelo sobre la cabeza y que eso era volumen. Y yo era, soy -se corrige-, escultor”.
Empezó a estudiar, a investigar, a probar movimientos y cortes sobre distintos tipos de cabellos: “Cada pelo es único y no se comporta del mismo modo. Eso te exige dominar un abanico de técnicas”, explica. Se especializó tanto que cuando dejó el teatro en 1995, se dedicó por completo a confeccionarlos. Cual enredadera que se apropia de todas las superficies que encuentra a su paso, el pelo fue envolviendo su vida: “Me dediqué de sol a sol a hacer postizos para otros maquilladores, pero no lo recomiendo. Los mejores posticeros que conozco son al mismo tiempo caracterizadores, es decir, maquillan y confeccionan las piezas que necesitan los personajes de la obra o la película en la que ellos están trabajando. No producen para terceros. Creo que esa es la manera correcta de encauzar este oficio para poder disfrutarlo. De lo contrario, te aísla del mundo: terminas siendo el pelo y tú”.

La estocada del HD

03-400“Lo que sucede con las personas que se dedican a esto es que se agotan: desgasta la vista porque tienes que mirar lo que haces, y sufren las muñecas, las manos y la espalda; pasas horas tejiendo pelo por pelo, en una posición rígida”, explica Ana Droguett, jefa del departamento de maquillaje de TVN, quien lleva 33 años trabajando en la estación televisiva. “La mejor manera de que un postizo se vea real es haciéndolo totalmente a mano, preocupándote de un montón de detalles para lograrlo. Y Jimmy (Jahnsen) lo hacía. Por eso para mí es uno de los mejores que existen en este oficio”, opina.

Gran parte del stock de posticería que hay en el canal fue confeccionada por él y lo cuidan como si fuera oro. “Casi como que se transmite de boca a boca, de una generación a otra. Para los maquilladores de ahora es un trabajo desconocido porque no se enseña. Entonces cuando necesitas a un posticero y los que conoces están ocupados, no sabes a quién recurrir”, cuenta Ana. La llegada de las imágenes en alta definición también hizo lo suyo: como develó los trucos del maquillaje, se restringió el uso de postizos al mínimo. “Ahora solo los utilizamos en casos estrictamente necesarios. Si hay algún actor que requiere barba hacemos lo imposible para que se la deje crecer. Solo si no puede, la mandamos a hacer”.

En teatro, la distancia que hay entre el escenario y el público permite que escenógrafos, vestuaristas y maquilladores experimenten con todo tipo de materiales para lograr que se vea real aquello que no lo es. Pese a eso, casi no se confeccionan pelucas sino que se compran listas y luego se modifican. “Es un trabajo que además de ser cansador, es muy caro. El pelo natural y el tul de implante hay que comprarlos en el extranjero o a través de Kryolan -marca de maquillaje para cine y televisión-, que también es caro”, añade Carolina Rozas, jefa del Taller de Maquillaje y Peluquería del Teatro Municipal desde hace 10 años. Su antecesora en el taller, Alicia Coronado, fue quien le enseñó a tejer pelo. “Necesitas tener un maestro, si no, es muy difícil aprender. La experiencia vale oro porque hay muchas cosas que se resuelven en la práctica. Con el equipo que tengo nos apoyamos, intercambiamos secretos, tips. Como trabajamos con bailarines y cantantes, que se mueven y transpiran, no basta con que sepamos hacer una barba, sino también saber ponerla”, enfatiza.

Ana Droguett agrega un tercer elemento a tener en cuenta: la mantención. “Muchos creen que se trata de llegar y pegar un bigote. Las veces que alguien me ha dicho ‘es que me lo saqué y lo boté’ o ‘lo cortamos por la mitad porque hicimos una broma’, cuento hasta diez, es terrible”, asegura. Por eso la maquilladora Ximena Pérez es la encargada de cuidarlos: “Después de que se usan hay que sacarles todo el pegamento -Mastix- y peinarlos con un cepillo especial en la dirección en la que está el pelo, para que el tul no pierda la forma. Y ojalá hacerlo todos los días para que los pelos no se enreden ni empolven”, detalla. A la pregunta de por qué su preocupación, responde: “Le tomé amor a esto porque sé el esfuerzo que hay detrás. Trabajé en el Teatro Municipal y ahí aprendí. Jimmy Jahnsen me enseñó”, cuenta.

Una cabeza enorme

04-400Juan Carlos Avatte, hijo del ‘zar’de las pelucas en Chile y dueño de dos sucursales de la marca, reafirma la importancia de la tradición oral en este oficio. “Tenía 12 años cuando mi papá nos preguntó a mi hermano y a mí ‘a ver ¿qué quieren que les compre?’. Mi hermano respondió que quería una guitarra eléctrica y yo, un equipo de música. Acto seguido nos pasó una aguja y un tul, y nos dijo ‘ya, entonces hagan un postizo’ y nos enseñó cómo teníamos que hacerlo. No hay otra forma de aprender más que viendo cómo se hace y ejercitando las manos”, afirma.

En el taller del subsuelo de la tienda que tiene en Marchant Pereira con Providencia, Aurora Valdebenito confecciona las pelucas a medida, con pelo natural. El procedimiento es el siguiente: primero se corta un mechón del cabello del cliente, que será la referencia de color y grosor, y se toman las medidas de la cabeza -las básicas son contorno, frente-nuca, de oreja a oreja, de sien a sien, nuca, que es donde se afirma la peluca, y largo-. A continuación se arma el cadejo, una cola formada por varios cientos de fibras capilares de 40 centímetros de largo aproximadamente, que se anuda en un extremo. Luego se ‘carda’, es decir, se pasa por un cepillo de madera con púas de alambre que la desenreda y elimina los pelos que están sueltos y los que son más cortos. “Después se cosen en una máquina, para formar hileras de pelo. Y en otra máquina, se hace el dobladillo y se remata la costura. Tiene que quedar firme porque debe resistir el cepillado, la grasitud, la transpiración, el champú y el bálsamo”, advierte Juan Carlos.

Las tiras de pelo se cosen en la montura o casquete -el esqueleto de la peluca, que en este caso confeccionan con elásticos-, desde la parte superior de las orejas hacia abajo. La coronilla se hace a mano porque ahí está la partidura y se ve el cuero cabelludo. “Para que se vea natural usamos una lámina de poliuretano especial, y sobre ese se teje el pelo”, finaliza Juan Carlos. Ingrid Fuenzalida es quien realiza los implantes, y para hacerlo utiliza una aguja que en la punta tiene un gancho que toma de a un pelo o más, para pasarlos al reverso y anudarlos. Este paso es fundamental, ya que el tipo de amarre que se haga determinará su dirección y caída.

El método de Jimmy Jahnsen, en cambio, es totalmente manual y, según él, eso ha sido lo que le ha jugado en contra a la hora de enseñar. “Este oficio es tan desconocido que es como un camino solitario, porque necesitas mucha concentración y esfuerzo. Las veces que he querido traspasar mi conocimiento, que no solo es de posticería, sino también de maquillaje, de caracterización teatral, no me ha resultado”, cuenta. Su sistema, además, difiere de lo académico: no trabaja sobre un maniquí, sino que en plano. Toma las medidas, saca el molde con un plástico transparente que pone sobre la cabeza de la persona, lo dibuja sobre un papel y sobre este pone el tul de implante donde urde cada pelo. “En las escuelas que hay afuera se trabaja desde el comienzo con volumen y los pelos son los que deben afirmar las pinzas que forman las curvaturas del rostro. Pero como eso no me resultaba, inventé mi propia técnica”, explica. Una de las ocasiones en que la puso a prueba fue cuando le pidieron que le hiciera una peluca a Don Francisco. “El comentario que más escuchaba era ‘¡¿cómo lo harás si tiene tremenda cabeza?!”, describe. Como el animador estaba en Miami, le envió a través de su productora el molde en papel más grande que tenía, para que anotara las medidas. “Pero no le sirvió, le quedó chico. Entonces lo agrandé proporcionalmente hasta que calzara con las dimensiones que habían anotado. Cuando Don Francisco se la probó, le quedó como un guante”, asegura.

No todo está perdido

05-400Con la idea de impedir que este oficio caiga en el olvido fue que la maquilladora Margarita Nilo incluyó la posticería facial como uno de los módulos de estudio en los cursos de maquillaje que imparte en la escuela que lleva su nombre (Girardi 1413, barrio Italia, Ñuñoa). “Si la gente supiera que es un trabajo que comenzó con los egipcios y que desde entonces continúa haciéndose de la misma forma, se valorizaría mucho más”, opina. Como en Chile no encontró a alguien que quisiera enseñarlo, se contactó con Marisa Correa, maquilladora y técnico en caracterización de la Escuela de Arte Superior del Teatro Colón de Buenos Aires, quien reunió todas las herramientas necesarias para la confección de postizos: monturas de tul, un telar de pelo, agujas de implante de distintas graduaciones, pinzas de rizado -como las Marcel, que sirven para hacer ondas de distintas medidas- y un horno para calentarlas, cepillos especiales, adhesivos para sujetarlas a la piel y cabello natural, que trae desde Argentina. “Este trabajo, contrario a lo que se cree, es bastante amplio: va desde la moda, el cine, la televisión, el teatro y la publicidad, hasta la estética reparadora, para personas que han tenido accidentes o que están en tratamientos médicos, como la quimioterapia”, cuenta Marisa. “Pero independiente del camino que se quiera seguir, siempre exige mucha dedicación y cariño. Cada peluca o postizo que haces es único porque cada persona o cada personaje -aunque sea la misma obra- es distinto, entonces siempre estás aprendiendo”, explica. Margarita agrega a modo de conclusión: “Se cree que una peluca o un postizo es lo mismo que un pantalón o cualquier otra cosa del departamento de vestuario o maquillaje, pero no lo es. Son piezas sensibles, fundamentales para caracterizar a los actores o para hacer sentir mejor a una persona que perdió su cabello. El pelo natural es un material noble, que dura una eternidad si lo cuidas bien. Y lo mismo deberíamos hacer con este oficio que se está perdiendo”.