Belleza

Gonzalo Cáceres: “Lo último que podría perder sería el humor y la coquetería”

A mediados de abril, el estilista fue internado de urgencia en el Hospital San José producto del agravamiento de la diabetes que padece hace una década. Primero perdió dos dedos de su pie izquierdo, luego otro, y finalmente los dos que faltaban. Desde la habitación donde aún se recupera, se animó a desmenuzar el que considera el peor momento de su vida. Sin embargo, dirá con voz áspera, el sentido del humor y la coquetería es lo último que se permitiría perder.

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Por: Pedro Bahamondes  Fotos: Nicolás Abalo

Gonzalo CáceresGonzalo Cáceres estaba tendido boca arriba sobre una camilla, en una fría sala de cirugía del Hospital San José, en Independencia. Mientras tanto, en la oficina de al lado, un equipo médico discutía a puerta cerrada. Al rato, uno de los doctores entró a verlo. “No te tengo buenas noticias -le dijo-, tendremos que amputarte dos dedos del pie izquierdo”.

-¿Y cuándo? -preguntó él, pensando en que sería en un par de semanas o incluso un mes.

-Hoy mismo -respondió serio el especialista.

A Cáceres, el reconocido estilista y maquillador que durante los 80 trabajó en producciones de modas y revistas, se le pegó la lengua al paladar. Ese mismo día había llegado al hospital pocas horas antes, pasadas las 3 de la tarde y acompañado de Soledad Méndez, su amiga más cercana en estos momentos. Se acercó al mesón y pidió que lo atendieran de urgencia, que su pie estaba feo. Esperó casi una hora que alguien pronunciara su nombre, cuando se puso en pie y le dijo a Méndez que se iba a otro lugar, que no podía seguir esperando. Una recepcionista lo detuvo: “Jorge Cáceres -su verdadero nombre-, un médico lo verá de inmediato”.

Lo recibieron en una fría oficina. Por la ventana se colaba la luz blanca del día gris. “Su diabetes ha empeorado -dijo el médico-, tendremos que tomar decisiones”, agregó antes de salir y cerrar la puerta. Gonzalo Cáceres se recostó en la camilla y esperó a que volviera con el fatídico aviso.

“Fue culpa de unas botas cortas de leopardo”, reconoce hoy Gonzalo Cáceres, de 62 años, recostado en la camilla de una habitación en el quinto piso del hospital donde permanece hace dos meses. En diciembre del año pasado fue invitado al late de Álvaro Escobar y quiso lucir radiante. Eligió una camisa de cuello mao y estampado de leopardo, un sombrero a tono, pantalón negro y un par de botas que nunca antes había usado. Dice que no recuerda exactamente quién ni cuándo, pero alguien se las regaló y confundió la talla: los zapatos eran dos números menos que el de su pie.

Tras la grabación del capítulo, que además no se transmitía en vivo, Gonzalo se sacó las botas y notó que los dos dedos chicos de su pie derecho estaban blandos como gelatina. Hasta entonces no había sentido que las botas le apretaran o impidieran caminar, pero a la mañana siguiente se dio cuenta de que las ampollas habían reventado. Eran los últimos días del 2013, se acercaban las fiestas y estaba hasta el cuello de trabajo, y Gonzalo pensó que lo mejor era no alarmarse. Buscó suero y microgel en su casa y curó las heridas.

El resto lo cuenta él: “Al cabo de unas semanas, ya ni siquiera podía andar con zapatos. Los pies me dolían mucho y tenía las piernas muy inflamadas. Además, las heridas volvían a abrirse cada vez que pisaba. Incluso, y mientras me recuperaba, me asaltaron cerca de mi casa y todo lo que había avanzado se fue a las pailas. Intenté usar unas cosas bien sueltas en vez de zapatos, pero esto empezó a ponerse feo”. Sin más alternativa, Gonzalo partió solo al Consultorio Bachelet, en la comuna de Recoleta, donde vivía desde hacía poco.

Sin embargo, dice, en el recinto médico ni un especialista lo revisó ni siguió su caso. Llegó con su pie derecho a medio andar y el izquierdo en buenas condiciones, y tras varias idas y venidas salió con el primero sano y el segundo con los dedos más pequeños, completamente ennegrecidos. “Iba por lo menos dos o tres veces a la semana, y aunque el pie derecho estaba más mal que el izquierdo, en un mes la cosa se invirtió. Entremedio seguí trabajando, como es costumbre, y recuerdo que en una ocasión volví al (consultorio) Bachelet y me dijeron que a mi pie le faltaba nitrato de plata y otras cosas. Al final, entre tanto apósito y curaciones, terminé comprometiendo dos dedos del pie con el que había entrado pisando más fuerte”, cuenta.

Gonzalo Cáceres fue diagnosticado de diabetes hace diez años. Tras su fracturado matrimonio con la empresaria cosmetóloga Sarita Vásquez, fallecida en julio de 2011, la vida del estilista quedó expuesta al juicio público. A esas alturas, si ya acaparaba portadas de diarios y lidiaba con el constante acoso de los periodistas de entretenimiento, su imagen siguió generando dudas luego de su quiebre matrimonial. ¿Por qué se había casado?, ¿por qué el matrimonio -efectuado el 30 de mayo de 1998 en la Catedral Evangélica- había fracasado? Mientras concedía esta entrevista, jamás pronunció el nombre de su exesposa. Lo evita con recelo. Sin embargo, reconoce, la diabetes surgió tras la separación, mientras la prensa desmenuzaba la relación entre ambos.

Gonzalo Cáceres“Llegué a fumar cien cigarrillos al día, y un pan de pascua podía durarme dos días. Me los devoraba solo. Sí creo que hubo una negligencia en el consultorio donde me atendí al principio, porque esto pudo no terminar con la pérdida de mis dedos, pero la diabetes me la provoqué solito”, reconoce.

El martes previo a la celebración de Semana Santa, Gonzalo Cáceres quedó internado en el Hospital San José. Ese mismo día, el 15 de abril, le amputaron los dos dedos más chicos de su pie izquierdo. “Al principio fue macabro -cuenta-, es algo fuerte, pues nadie quiere que le saquen sus cosas. Entendí perfectamente por lo que pasan las mujeres que pierden sus mamas y los hombres a los que les sacan los testículos por un cáncer. A pesar de que el equipo médico que me recibió era maravilloso y muy humano, lo primero que se me pasó por la cabeza cuando me dijeron que iba a perder mis dedos fue que quería que la anestesia fallara y morirme”, recuerda.

Despertó a las pocas horas, cuando una enfermera entró en su habitación para revisarlo. “No quería ver, pero vi. Ahí estaban mis tres dedos, como si un tiburón hubiera almorzado parte de mi pie. Al rato vino el doctor Reyes, el mismo que me había operado, y me dijo que iban a tener que sacarme el tercer dedo, y unos días después, el cuarto y quinto también. Ahora que lo pienso, creo que los médicos hicieron lo que tenían que hacer. Los humanos no pueden apoyarse como pollos, con dos o tres dedos. Por mucho que quisiera tenerlos allí, sabía que era cuestión de tiempo antes de que volvieran a enfermar”, cuenta. Días después, el 22 de abril, Gonzalo celebró su cumpleaños en la habitación del hospital. Apenas alcanzó a ver la torta que sus amigos le habían llevado.

Tras perder los cinco dedos del pie, Cáceres siguió en estricto reposo y control médico. Actualmente, alejado de la estética y más cercano a la televisión, se recupera y planea lanzar una colección de ropa en Patronato apenas le den el alta. Mientras tanto, un grupo de enfermeros se turna para tomarle la glicemia y temperatura. Durante las visitas, él les cuenta chistes y les habla suavecito. “Lo último que podría perder sería el sentido del humor y la coquetería”, reconoce.

“Los dedos ya los perdí y no hay nada que pueda hacer para recuperarlos. Afortunadamente me hicieron cirugía estética y tuve que usar una máquina isobárica para que oxigenara la sangre y todo, para acelerar la recuperación”, cuenta.

El equipo médico se ha preocupado de su estado anímico. Una siquiatra lo visita por lo menos una vez a la semana. Al principio tomaba diazepam dos veces al día, pero luego dejó de hacerle efecto. Hoy toma clonazepam por las noches, solo para dormir. “Cuando me diagnosticaron la diabetes sentía una rabia muy grande. Eso me afectó mucho, pero esta vez he intentado que no sea así. Si este es el episodio más difícil en mi vida, no me lo tomaré como algo macabro, porque sigo vivo. Al contrario, yo aquí comparto con los enfermeros, me deleito viendo doctores que parecen estrellas de cine, recibo llamadas y visitas de amigos. No dejo de ser yo, o al menos lo intento”, afirma.

“Lo más fácil habría sido morirme, pero elegí seguir viviendo, porque pudo ser peor. Lo que quiero es volver pronto a mi casa. Quiero ver a mis amigos, que ellos sepan que estoy bien. Quiero volver a caminar, al trabajo en el canal -en el programa Morandé con Compañía, donde participa en uno de los sketches más populares del espacio- y a tener mi vida de antes”, afirma.

Hace algunos días vio pasar a un hombre por el pasillo. “El tipo había perdido los diez dedos de los pies y caminaba de lo más bien”, recuerda. “Esto es cuestión de tiempo, yo jamás perderé el contoneo de antes. Gracias a Dios no tendré que usar prótesis, solo una plantilla especial. Mi amigo el diseñador Patricio Arévalo y la ortopedista Sonia Fernández se unieron para diseñar mi nuevo calzado. Son zapatos ortopédicos, pero por fuera seguirán siendo muy chic, muy Lady Gaga. Me rehúso a parecer un inválido, y si llega a ser así, al menos espero ser uno con elegancia”, bromea.

En la misma habitación donde permanece hace dos meses se ha montado una suerte de animita a un ídolo viviente, entre peluches, globos de colores y regalos. Allí intenta salir adelante. “Tengo sesiones con una kinesióloga dos veces a la semana, con quien me pongo en pie y doy algunos pasos, aunque pocos todavía. Además he bajado tanto de peso que apenas me sostengo. Llegué pesando más de 90 y ahora estoy en 73 kilos. Pero decidí que quiero seguir así, más ordenado, comiendo a mis horas y soltando los puchos. Fumaba de mono, de puro nervio, con un miedo constante a no sé qué. Con todo esto que he vivido, nunca más volveré a sentir el mismo miedo. El miedo ya pasó”, resume.