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Tejidos con alma

Magdalena Pérez pudo ser bioquímica pero eligió ser costurera. También pudo desarrollarse como modista de alta costura -actividad que realizó durante seis años-, pero prefirió trabajar con lanas orgánicas, teñirlas con tintes naturales y buscar a un grupo de mujeres que tejiera sus diseños. En estos últimos seis años creó una línea de ropa muy fina para mujeres, niños y hombres, con una estética ligada a la naturaleza y con formas y medidas de alta costura.

  • Veronica San Juan

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Fotos: Raúl Araya

400-ppalAhí está Magdalena Pérez, en la terraza de su taller en Colina revolviendo el contenido de una olla industrial. Una palangana por ahí con cortezas de árbol, una fuente enlozada, y en el piso una tela donde reposan los pulgones que alguna vez parasitaron en un tunar y que hoy les darán el color carmín a las lanas que está tiñendo. A esta tintura natural se le denomina cochinilla, y es uno de los tintes más antiguos usados en América. Mientras la fibra natural hierve y se impregna del rojo carmín de la cochinilla, Magdalena muestra algunas de las prendas diseñadas por ella y tejidas por 25 mujeres, algunas residentes en Santa Filomena, sector rural de Colina, otras con domicilio en la comuna de La Granja, y algunas de Camiña y Pozo Almonte, en la Región de Tarapacá. Son cuellos, bufandas, chalecos pequeños o tipo bata y suéteres de mujer, vestidos de niñita, chalequitos de niñito, ponchos, canguros y otros tejidos creados con el mismo método con el que hace seis años diseñaba ropa de alta costura. Tejidos con corte, dice ella, hechos con lanas naturales como alpaca, algodón peruano o lino; tinturas orgánicas elaboradas con hojas de durazno o palo de campeche; tramas finas urdidas por las tejedoras con las que trabaja; texturas finas. Ropa cotidiana, urbana, abrigadora, elegante.

Arriba: lunes 12 de mayo, 3 de la tarde, el proceso de teñido comienza.
Abajo: lunes 12 de mayo, 5 de la tarde. El grupo de mujeres de Colina teje los encargos de Magdalena.

“Creo que he podido llevar el buen corte al  tejido. Que  no sea, por ejemplo, el típico poncho de lana bonita, pero que no tiene forma, y que solo usas los fines de semana cuando vas a la playa. Y lo mismo llevado a los niños; con mi hija he aprendido a hacer vestidos de princesa, con harto repollo, pero con lana de alpaca. Es ropa útil, cómoda, linda. Me interesa hacer prendas clásicas, que duren”, explica.

En 1998 Magdalena Pérez cursaba tercer año de bioquímica en la Universidad Católica. Dudaba si continuar o no en la carrera. Ya había desertado una vez de veterinaria en la Universidad de Chile, y otra vez debía definirse. Había aprendido de procesos químicos, de metodología científica, pero ella quería coser ropa. Decidió inscribirse en el taller de una muy buena amiga de su abuela, también costurera de su mamá. La profesora era Laura Rivas, reconocida modista de alta costura, profesora estricta, crítica y lenguaraz, que murió en julio de 2013.

 ¿Qué aprendiste de ella? Del cuerpo de la mujer. Tú  llegabas y lo único que hacía era criticarte por cómo te vestías. A mí me hacía polvo: ‘Qué ordinario, qué feo’, me decía. Y así empezabas a aprender lo que le quedaba bien a cada persona. Para ella todo tenía que ser siempre a la cintura y solo podías trabajar con telas buenas. Te decía: ‘Tráigame un corte para que hagamos una blusa’. Y uno llegaba con un corte, ella lo tiraba, me daba uno de los suyos y me decía: ‘Ahora sí podemos trabajar’.

Una vez que terminó el curso con Laura Rivas se encontró con las limitantes de las telas; con paletas de colores opacos que no le satisfacían. Entre medio hizo vestidos de novia, abrió y cerró tiendas, aprendió a teñir telas con anilinas, luego las cambió por tintes naturales, tuvo a su primer hijo y se fue a vivir a Colina. Todo eso en un periodo de seis años hasta que, al igual que cuando estudiaba bioquímica, abandonó la alta costura e intentó un negocio de exportación de tejidos con una amiga estadounidense. Pero cuando estaba a punto de comenzar, meditó y se dio cuenta de que tenía mucho que aprender antes de dedicarse a exportar. “Había estudiado diseño en alta costura, era muy estricta, pero no sabía nada de tejidos”, dice. Y como se encantó con la lana, diseñó chalecos que luego tejían mujeres mapuches. Pero el proyecto terminó pronto porque la distancia impidió una comunicación fluida.

Y llego a los talleres de La Granja

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En el año 2008 Magdalena compró lanas naturales, las tiñó, buscó mujeres de Santiago que ejecutaran sus diseños hasta que llegó a la comuna de La Granja: “Tienes que establecer un vínculo con ellas; hablar de sus hijos, de sus enfermedades; solo después de eso empiezan a involucrarse con lo que producen y a creer en lo que hacen. Muchas veces les pedía algo y me decían: ‘No, yo no puedo’, y al final terminaban siendo las más ‘secas’. El tejido me llegó de rebote y me reencanté con el diseño, que era la génesis de mi formación”.

Mientras las tejedoras de La Granja hacían los encargos, en el norte otras mujeres, esta vez aimaras, le enseñaban sus técnicas. “Ellas son muy importantes, porque cuando las conocí, conocí la alpaca que se transformaría en un pilar fundamental de mi proyecto. Voy una vez al año a verlas”. Marcelina Choque la provee de alpaca y las prendas a telar las desarrolla con Cecilia Challapa, quien es ayudada por su mamá, su cuñada y su hija. “Mi trabajo de diseño con ellas fue la incorporación de teñidos naturales a su paleta de colores. También hemos trabajado con colores y formas, pero lo más trascendente  fue pedirles que  volvieran a mirar los atardeceres, los cerros, los altiplanos, como fuente de inspiración”, recuerda.

Como La Granja estaba lejos de Colina, Magdalena inició una  búsqueda de tejedoras que vivieran cerca de su casa. “Acá conocí otro mundo; lo rural, lo tradicional. Gente buena. Un día me dieron el dato de unas señoras que se reunían a tejer en una casona los  lunes en la tarde. Un día aparecí y dije ‘hola’. Ellas deben haber pensado: ‘Y esta señora quién es’. Pero me aceptaron, y después me empezaron a llamar señoras de otros sectores. Pero todavía trabajo con dos de La Granja, María Sandoval y su hija Verónica Castillo Sandoval. Ellas son mi pilar fundamental”, explica.

¿Qué quieres proyectar en tus diseños? La estética de la naturaleza. Me gusta mirar el mar, las ballenas, el cielo, los paisajes del sur. Eso quiero reflejar en las prendas. Es difícil, casi imposible, pero si algo de eso queda, me siento feliz.

¿Los puntos de los tejidos  se los mostraste tú o te los enseñaron ellas? Siempre es la misma dinámica: llego con una imagen que vi en alguna parte o bajo patrones de Internet, pero nunca los hago iguales. Es imposible, porque, de partida, incorporo mis colores, las texturas de las lanas. Ocurren dos cosas: cuando tiñes, echas la lana y no tienes idea de cuál va a ser el resultado. Con las tejedoras pasa lo mismo: les entregas el material y no sabes qué va a salir. Yo guío el trabajo, ocupo revistas, compro libros para que entiendan lo que les quiero explicar en el sentido estético, pero es difícil, porque son distintas manos.

Aunque hay tantas manos involucradas, tus creaciones tienen una estética muy clara. Es que soy superestricta como diseñadora y también muy caradura. Yo no me meto en el tejido; yo corrijo la estética. Cómo debe ser la manga; por qué el largo debe ser así. Entonces ahí logro imprimir lo mío. Es una mirada más de modista; como decía la Laura, somos costureras, no diseñadoras.  De repente llegan con unas cosas diferentes a las que les he pedido, pero altiro les digo: ‘Eso no es mío’. Pero ya están acostumbradas a cómo hago las cosas.

Ellas lo confirman. A 15 minutos de su casa está el sector de Santa Filomena y la casona patronal donde algunas de las tejedoras se reúnen a tejer los encargos de Magdalena cada lunes, entre las 16.30 y las 20.30 horas. En la mesa de trabajo están Sylvia Cabañas, su hija Sylvia Améstica y su hermana Flora Cabañas. También han llegado Rosa Palacios, Lucrecia Rocha, Patricia Palacios, Paulina Pailemilla, Elsa Serrano, Rudid González, Ana Arce y Patricia Cabañas. “Aquí somos todas familiares”, dicen a coro, sin parar de trabajar. Son mujeres entre 40 y 70 años.

Rosa Palacios teje desde los diez años: “Con la señora Magdalena hemos aprendido otros puntos, hechuras de chalecos. Ella nos dice que le gusta así o que le gusta asá. Nosotras lo hacemos medio parecido; yo le salí más porfiada y a veces lo hago a gusto mío”, cuenta, y lanza una tremenda carcajada que contagia a las otras integrantes del grupo.

Si alguien observara la fineza de las prendas no podría adivinar que algunas de las señoras no sabían tejer antes de llegar al taller. Como Sylvia Améstica. “Llegué con susto. Antes solo tejía cosas rectas. Ahora he aprendido a armar un chaleco”, cuenta, aunque todavía no pierde el miedo. “Es que dicen que tengo ojo de lince”, aporta Magdalena Pérez. Flora Cabañas tenía pocos conocimientos: “Sabía la nada misma. Hacía puras bufandas. Me cuesta, pero ella me va guiando. Este punto que inventó la señora Magdalena, por ejemplo, pensé que no lo iba a sacar nunca, pero me está saliendo bien”.

 ¿Qué significa para usted que sus tejidos se vendan en una tienda? Un logro. Voy aprendiendo y me voy perfeccionando. Me cuesta, pero salgo a flote.

Las  que tejen en sus casas


Hay un grupo de mujeres que son de Colina, pero que no acuden los lunes a la casona del sector de Santa Filomena. Verónica Valenzuela es una de ellas, y es la responsable de las camisetas y de los ‘murciélagos’. Con ella trabaja Julia Palacios, quien hace los gorros y los suéteres sin manga. También está Chinda Palacios, quien realiza las poleras largas. Margarita Velásquez está a cargo de los tejidos con grecas y con rayas de las prendas infantiles.

Dónde: La tienda de Magdalena Pérez está en el local D-9, del Parque de Diseño y Artesanía El Secreto, ubicado en San Lucas 230, Lo Barnechea. www.magdalenaperez.cl