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Los padres perfectos no existen

Ser padre es una bella y gran aventura, pero también puede ser agotadora, física y emocionalmente. Muchas veces, ante los llantos, los reproches, las disputas y el cansancio nos sorprendemos repitiendo palabras y comportamientos de nuestros progenitores. ¿Por qué? Isabelle Filliozat, autora de Los Padres Perfectos No Existen, explica qué pasa cuando nos negamos a escuchar nuestras emociones.

  • Florencia Sanudo

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IsablleIsabelle Filliozat es autora de una docena de libros, entre ellos El Mundo Emocional del Niño, El Corazón Tiene sus Razones y Los Otros y Yo. Nacida en 1958, de un padre psicólogo y una madre psicoanalista, es titular de una maestría de psicología clínica y una formación en análisis transaccional. Desde 1982, ya instalada como psicoterapeuta, dirigió numerosas formaciones en relaciones humanas y comunicación en instituciones, empresas y hospitales. Su trabajo tiene por objetivo ayudar a pacientes y lectores a mantener una mejor relación con sí mismos, con sus hijos y con las otras personas en general. En 2005 fundó la Escuela de las Inteligencias Relacionales y Emocionales (en Aix-en-Provence, Francia), desde donde impulsa la formación de profesionales especializados en relaciones interpersonales y educación emocional. Madre de dos hijos, vive entre París, donde nació, y Montpellier, su ciudad de adopción; dice que la perfección no existe. “No solo es un mito, es un concepto peligroso. Cuando uno se cuestiona ‘¿soy un buen padre? ¿soy una buena madre?’, se está analizando a sí mismo, pero cuando en realidad lo que habría que interrogarse serían las necesidades de su hijo y cómo satisfacerlas. En lugar de culpabilizar y sentirse frustrado por no responder a un modelo ideal, lo que habría que hacer es indagar cuáles son los verdaderos problemas”, explica.

¿Por qué, en general, no podemos ser la madre ideal que querríamos ser? Puede parecer banal, pero un aspecto muy importante es el agotamiento, sobre todo cuando se es madre de niños de baja edad. Por ejemplo, una mamá suele verse enfrentada a una serie de tareas que no tienen fin (lo que limpia ahora se ensucia en 10 minutos), privándola del sentimiento de logro y finalización que da un sentido al trabajo y a toda esa energía desplegada. La falta de recompensa, la imprevisibilidad de los niños, sobre todo los más pequeños; la falta de comprensión del cónyuge, el desequilibrio en la repartición de obligaciones, todo ello se vive como una injusticia que raramente se la reconoce como tal. Forzosamente, la madre agotada es menos capaz de dar y sentir afecto.

En su libro, usted afirma que si nuestros sufrimientos de infancia no han sido sanados, el cerebro elige repetir el comportamiento que conocemos, es decir el que ya vivimos. Exactamente. Esa es la gran novedad que nos enseñan los nuevos resultados de los neurofisiólogos. Por ejemplo, una experiencia fascinante consiste en mostrar imágenes de un niño que llora a una madre que está dentro de una máquina de resonancia magnética (IRM, que permite ver en directo lo que sucede en el cerebro). Ante estas imágenes, normalmente el cerebro emite oxitocinas, la llamada ‘hormona del amor’, y la zona del cerebro destinada a dar amor y protección se activa. Pero no todos los cerebros reaccionan de la misma manera. Los neurofisiólogos se preguntaron por qué y lograron determinar que el cerebro de aquellos o aquellas que en su niñez habían recibido suficiente atención y amor funcionaba de esa manera naturalmente. En cambio, en aquellos que no habían recibido esa atención ni ese amor, secretaban poco o nada de oxitocinas y la zona destinada a ocuparse del niño no se ponía en funcionamiento, activándose en cambio el circuito del estrés. Esto es importante pues sí se sabía que a menudo volcamos sobre nuestros hijos los sufrimientos de nuestra infancia, con el consabido sentimiento de culpabilidad que esto acarrea, ahora también se sabe que a causa de nuestra propia historia, nuestro cerebro, en cierta manera, se ha ‘lastimado’, y que estamos, por así decirlo, mal ‘cableados’. Así pues, cuando nuestro hijo manifiesta un comportamiento excesivo, en lugar de desencadenar la respuesta apropiada, reaccionamos en relación a nuestra infancia y no al niño que tenemos frente a nosotros.

Es decir que actuamos a pesar nuestro. Y ahora comprendemos por qué y cómo nuestras vivencias del pasado se inscriben en los genes. Antes creíamos que nuestros genes eran un depósito intocable, que no se modificaba por el medioambiente. Hoy sabemos que se cambian y así transformados se transmiten por varias generaciones. Los sufrimientos resentidos por nuestros abuelos y bisabuelos se marcaron en sus genes que nosotros heredamos. O sea que el niño lleva sobre él todo el árbol genealógico de su familia y está habitado por la historia inconsciente de varias generaciones.

Entonces ¿no hay solución? Sí, la hay. La buena noticia es que nuestro cerebro es muy modulable. Podemos redinamizar el receptor de oxitocina y educar a nuestro cerebro para secretar esta hormona e incluso podemos enseñarle a reparar nuestro ADN. Los últimos estudios demuestran que tenemos una influencia sobre nuestro ADN: por supuesto, a través de la alimentación o de la polución, por ejemplo, pero también por nuestras emociones positivas y por la meditación; en fin, por el trabajo sobre sí mismo, a través de una profunda introspección, a veces con la ayuda de una terapia.

¿Puede decirse entonces que el primer paso para llegar a ser una buena madre o un buen padre es conocer su propio pasado para comprender mejor sus emociones? Es así, y esto es fundamental porque si no, creemos que nuestras acciones están causadas exclusivamente por el comportamiento de nuestros hijos, y no es así. De hecho, al comprender nuestra propia historia podemos curar las viejas heridas y aun si no llegamos a sanarlas -pues a veces resulta muy difícil-; el hecho de ser consciente de ellas nos permite tomar una cierta distancia. Así, si respondemos de manera excesiva frente a nuestro hijo, podremos detectar que esta reacción tiene más que ver con nuestra propia historia que con su comportamiento.

El conflicto, que usted diferencia claramente de la disputa, ¿es inherente a la relación entre padres e hijos? Exactamente, más aun, el conflicto es absolutamente ne-ce-sa-rio, pues es lo que hace posible que cada uno crezca. De hecho la relación entre padres e hijos es muy larga y es fuente de conflictos durante muchos años. Desde su nacimiento el bebé existe como persona y rápidamente se opondrá a su madre con tal de afirmarse. A lo largo de los años el niño se convertirá en adolescente y eventualmente los padres pasarán de adultos a ancianos. La relación cambiará, pero el conflicto se desplazará (de “no quiero tomar mi biberón, a “no quiero hacer mis deberes” a “no quiero que se metan en mi vida”…). Lo que es importante es comprender que una relación depende de ajustes permanentes, y el conflicto permite estos ajustes, por cierto, siempre y cuando nos escuchemos mutuamente y utilicemos las herramientas constructivas para resolverlo antes de que se convierta en una disputa.

Usted habla también de la importancia de la mirada del otro, del temor a ser juzgados como padres por el comportamiento de nuestro hijo. Todo eso es el resultado de nuestra historia. Nosotros fuimos a tal punto juzgados por nuestros padres, profesores y por los adultos en general, que tenemos temor al juicio. Por eso cada vez que nuestro hijo hace un poco de ruido o un capricho en la calle en seguida nos invade la vergüenza y proyectamos sobre la idea que los otros puedan tener sobre nosotros. Y nos concentramos en los otros y no en las motivaciones de nuestro hijo.

Ser padre hoy ¿es más difícil que en el pasado? No, no lo creo. Pienso que siempre fue difícil sobre todo porque no se sabía nada sobre los niños. Basta con echar una mirada a los manuales de educación publicados desde el siglo XVIII. ¡Son espantosos! Pero se puede constatar que los padres tenían dificultades para criar a sus hijos, por lo que se daban consejos como “usted tiene que llegar a dominarlo”, “una buena paliza le va a enseñar quién manda”, “atención, no le permita que le conteste”, lo que demuestra que los hijos siempre se rebelaron, que no eran tan dóciles como uno se imagina.

Suele decirse que los límites dan un sentimiento de seguridad a los niños. Lo que sucede es que en general se confunden las reglas con los límites. Un límite es “tú no puedes caminar por allí”, mientras que una regla es “este es el sitio por donde puedes caminar”. Las prohibiciones, las frustraciones y los límites no les dan un sentimiento de seguridad; las reglas, en cambio, sí, porque cuando hay una regla se sabe cómo comportarse. Y los niños aman, adoran hacer las cosas correctamente. Por lo tanto, desde el momento en que hay reglas en un hogar, los niños se sienten seguros. En cambio, desde que se fija un límite, que siempre se formula en negativo, ya se trate de un niño o de un adulto, el corazón se acelera, el cerebro interpreta una situación de estrés y reacciona a la defensiva como lo hacen todos los seres humanos frente a la coacción, los mandatos, etcétera. ¡Es pura fisiología! Y es muy probable que recomience una y otra vez. Así pues, inconscientemente, por supuesto, somos nosotros mismos quienes causamos las conductas de enfrentamiento que desaprobamos. A partir del momento en que un niño repite una y otra vez la misma conducta de desafío, es mejor indagar cuáles son esas razones para que el comportamiento no se reproduzca.

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Usted aconseja jugar más a menudo con los hijos. ¿Por qué es importante? Y ¿por qué lo hacemos rara vez? Es porque tendemos a repetir nuestra propia infancia. Como nuestros padres no jugaron con nosotros, no sabemos hacerlo. Pensamos que jugar es una pérdida de tiempo, cuando en realidad resulta esencial para crear vínculos, ya sea con cubos cuando son pequeños, al fútbol o a juegos de mesa más adelante. Jugar es lo natural en los niños y para ellos constituye una forma de comunicar y aprender. Permite desarrollar competencias y gestionar las emociones, satisfacer necesidades afectivas y superar dificultades. En cuanto a nuestras resistencias al juego -solemos estar demasiado ocupados con nuestras obligaciones y responsabilidades para jugar-, cuando lo hacemos es un esfuerzo, que los niños evidentemente lo perciben. Además, a algunos padres les cuesta abandonar el control y jugar es exactamente eso.

Hoy en día, a menudo la madre trabaja, realmente no tiene tiempo y tiende a culpabilizar. Yo escribí un libro sobre ese tema, Mamá, No Quiero Que Trabajes. En general las madres que trabajan se sienten culpables, pero las que permanecen en el hogar ¡también! El sentimiento de culpabilidad es la raíz de muchos comportamientos destructores, frena la expresión de sí mismo y constituye un verdadera traba al cambio. No tiene nada que ver con el hecho de trabajar o no, sino con todo lo que traemos de nuestra propia historia; quizás nos estamos midiendo a la sombra de nuestra mamá o de nuestra abuela que hacía todo en la casa y donde todo estaba perfecto, y querríamos que en nuestra casa todo estuviera también perfecto y a la vez ocuparnos de nuestros hijos y trabajar. Nos ponemos desafíos muy fuertes. Pero en realidad, de manera general, los niños que viven en el seno de una familia en la que la madre trabaja les va mejor en la escuela y se las arreglan mejor. Una madre que vive bien su trabajo está más cerca de sus hijos que una madre que se ve forzada a permanecer en el hogar. No trabajar en el mundo de hoy puede significar estar muy aislada, por lo cual la tasa de enfermedades y depresión de las madres en el hogar es mucho más alto.

¿Qué consejos les daría a los padres para que tomen la rienda de su propio comportamiento? Les diría que aprendan a respirar y a reflexionar antes de pasar al acto. Por ejemplo, si le grita a su hijo porque tiró un vaso de agua en la mesa, solo logrará culpabilizarlo. En cambio, si logra concentrarse en su objetivo, es decir, que el niño aprenda a poner atención, logrará mantener la calma. Asimismo, tomar conciencia de su propia historia le ayudará a no reproducir los abusos de lenguaje, desvalorizaciones y otras injusticias sobre nuestros propios hijos que quizás se sufrieron en la infancia.

Usted menciona a menudo recurrir a una terapia para analizar nuestra propia infancia, pero la verdad es que la mayoría de la gente no sigue ni terapia ni psicoanálisis. Es por eso justamente que escribo libros, con la esperanza de que sean de ayuda para aquellos que no pueden o no desean seguir una terapia.

Frases del libro


– El amor no es una recompensa. El amor es un carburante.

– En nuestra sociedad, desgraciadamente, la duda está menos valorizada que el saber.

– En general estamos dispuestos a perdonar en los otros lo que no aceptamos de nuestros propios hijos.

– El niño no necesita padres perfectos, necesita padres suficientemente buenos que traten de hacer lo mejor por él, que lo alimenten y lo protejan, que no lo hieran ni lo frustren excesivamente y que admitan que cometen errores.

– Los niños creen lo que sus padres les dicen.

– Es importante recordar que un niño no es un adulto en miniatura.
Manifestar sus emociones, aun las más dolorosas, restaura el lazo dañado. El silencio es más doloroso que el odio.

– Los niños, de todas las edades, reaccionan a todo lo que los adultos intentan ocultar.

– Cuando una persona no se siente digna de respeto intenta imponerse a través del miedo.