Belleza

‘Madres’ de la belleza

Si la búsqueda de la belleza existe desde tiempos inmemoriales, fue recién en el siglo XX que todas las mujeres -y no solo unas pocas privilegiadas- comenzaron a disponer de las herramientas necesarias para alcanzarla. Seis mujeres se destacaron por el empeño de llevarlas a nuestras manos.

  • Florencia Sanudo

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3_300Los griegos, que hacían amplio uso de productos de belleza, le dieron el nombre de cosmética, que proviene de ‘kosmos’ (belleza, orden). Pero los cosméticos ya estaban mencionados en el Antiguo Testamento (en los libros de Reyes y de Esther) y su uso está bien documentado en el Antiguo Egipto, donde además de kohl y henna se usaban remedios contra las arrugas. En China, 3.000 años a.C., las mujeres aristócratas se pintaban las uñas de acuerdo con su rango social. En el Renacimiento, la obsesión por la piel blanca llevó a muchas mujeres a intentar aclararla con una variedad de productos, algunos de los cuales contenían arsénico, lo que envenenó y mató a muchas usuarias. Pero fue en el siglo XX que surgieron grandes nombres de la cosmética como Helena Rubinstein, Elizabeth Arden o Estée Lauder, quienes pueden hoy considerarse como ‘madres’ de la industria de la belleza. Si, irónicamente, la producción cosmética estaba mayormente en manos de hombres (Max Factor, Eugene Rimmel, Charles Revson (Revlon), Eugene Schueller (L’Oréal), Armand Petijean (Lancôme), estas mujeres son las herederas de una tradición esencialmente femenina: la de la búsqueda incesante de la belleza, de la seducción, de la lucha contra los signos del envejecimiento, a la que se aplicaron con empeño las mujeres más célebres de cada época.

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Cleopatra, la legendaria reina de Egipto, prestaba particular atención al cuidado del cabello, como lo demuestra el Kosmetikon de Kleopatra, un papiro debidamente autentificado donde figuran 24 recetas que usaba para cuidar su melena. Popea, la esposa de Nerón, se bañaba en leche de cabra para mantener su piel fresca y luminosa. Varios siglos más tarde, Mary, reina de Escocia, prefería los baños de vino, mientras que su prima y adversaria, Isabel I de Inglaterra, se aplicaba una máscara de huevo para reafirmar la piel y se empolvaba el rostro con plomo blanco, un look conocido como ‘la máscara de la juventud’. Por su parte, Diana de Poitiers (1500-1566), la amante del rey Enrique II de Francia y una de las mujeres más bellas de su época, para no perder la admiración de su amante 20 años menor bebía a diario un elixir de juventud que contenía oro y que terminó causando su muerte por envenenamiento. Felizmente, las ‘madres’ de la cosmética moderna no llegaron tan lejos.

Helena Rubinstein (1870-1965)


5_3x4“No hay mujeres feas, solo perezosas”, solía decir la diminuta Chaya Rubinstein (Helena fue su nombre de adopción). Ella era todo lo contrario. Trabajadora incansable, se había instalado en Western Victoria (Australia) huyendo de la pobreza de su Polonia natal, donde comenzó a experimentar nuevas cremas en el laboratorio de su tío farmacéutico. Aprovechando la gigantesca producción de lanolina del país (obtenida de sus millones de cabezas de ganado ovino), la usó generosamente en sus pociones, disimulando su fuerte aroma con lavanda, pino y lirio acuático. El éxito de sus cremas fue tal que en 1911 abrió un salón en Sídney y más tarde otro en Londres. Fue el comienzo de su operación internacional que la llevó a Nueva York en 1915. Allí, en el 715 de la Quinta Avenida, inauguró un salón -el primero de una cadena nacional- con restaurante, gimnasio y alfombras diseñadas por Miró, donde las clientas eran recibidas por personal en elegantes uniformes. Avezada mujer de negocios -Rubinstein fue la primera millonaria de la industria de la belleza- y excelente publicista, introdujo el concepto de ‘tipo de problemas de piel’, diseñó un packaging lujoso y asumió personalmente la distribución de sus productos. En 1973, la compañía fue vendida a Colgate Palmolive y hoy forma parte del grupo L’Oréal.

Elizabeth Arden (1884-1966)


1_3x4Aunque su verdadero nombre -Florence Nightingale Graham- evoca a la más célebre de las enfermeras, ella alcanzó la cima bajo un alias: Elizabeth Arden. Sobre él construyó un imperio. De joven dejó Toronto (Canadá) para instalarse en Manhattan, donde comenzó a trabajar en la compañía farmacéutica Squibb. Allí pasaba horas informándose sobre el cuidado de la piel. En 1912 viajó a Francia para estudiar las técnicas de belleza y de masajes faciales que se usaban en los salones de París, de donde volvió con una colección de lápices labiales y polvos compactos de su propia creación. En 1915 comenzó a expandir sus operaciones internacionales abriendo salones donde se enseñaba a las mujeres cómo maquillarse y aplicando el concepto de ‘transformaciones’ gracias al maquillaje y la coordinación de los colores con la tez y el cabello. Más aun, ella fue en gran parte responsable de darle al maquillaje sus letras de nobleza y hacerlo aceptable para las damas, hasta entonces reticentes. Su rivalidad con Helena Rubinstein era legendaria y se detestaron hasta la muerte de ambas (ocurrida con 18 meses de diferencia). En 1962 el gobierno francés le otorgó la Legión de Honor por su contribución a la industria cosmética.

Estée Lauder (1906-2004)


6_3x4Josephine Esther Mentzer nació en Corona, Queens, en un humilde hogar de inmigrantes judíos de Hungría. Nunca imaginó que un día en 1998 sería parte de la lista de los 20 genios comerciales más influyentes del siglo XX de la revista Time. Como sus ochos hermanos, ya de pequeña colaboraba en la tienda familiar de ramos generales, donde adquirió las primeras nociones comerciales. Pero rápidamente se interesó también en la profesión de su tío químico, que fabricaba cremas, lápices de labios, lociones y fragancias, y se fue a trabajar con él. Ella se ocupaba de vender sus productos en los salones de belleza mientras que en sus ratos libres experimentaba creando sus propias cremas. La combinación de ambos intereses -la belleza y su sentido comercial- constituyeron la mezcla ideal para crear las bases del que sería un fabuloso imperio. “Nunca he trabajado un día de mi vida sin vender. Si creo en algo, lo vendo”, decía. Pronto no serían los productos del Doctor Scholtz a los que había dado nombres atractivos como Cold Cream Seis en Una o Crema Vienesa, sino una fragancia. En 1953, con la ayuda de su esposo, Joseph Lauder, lanzó Youth Dew: un aceite de baño perfumado que en lugar de ponerse dos gotas tras las orejas se vertía copiosamente en la bañera. Una idea genial. El primer año vendió 50 mil frascos, estratégicamente empaquetados en un azul verdáceo, un color que iba con casi todos los baños. En 1984 la cifra había alcanzado 150 millones. Otra de sus brillantes ideas comerciales fue ofrecer muestras gratis de sus productos, que fue adoptada por todas las marcas de la competencia. Pero su gran rival fue Charles Revson, dueño de Revlon. “Estee Lauder fue la adversaria que él quiso pero no pudo aniquilar”, afirmó el biógrafo de este.

Deborah Szekely (1920)


Deborah Szekely es una de las fundadoras del concepto del spa moderno. En 1940, junto con su marido, el filósofo Edmund Szekely (1905-1979), creó el Rancho La Puerta, en Tecate, Baja California, México. Se trataba de un establecimiento bastante primitivo donde los clientes dormían en tiendas, seguían dietas, curas y baños de lodo y por las noches escuchaban las conferencias del profesor. Pero en 1958, ya separada, inauguró The Golden Door, considerado el primer spa moderno, en Escondido, California, que rápidamente devino en el sitio favorito de las estrellas de Hollywood para ponerse en forma antes de iniciar un rodaje. Entre las innovaciones que propuso figuraban la comida orgánica, masajes diarios en la habitación, clases de yoga y un especialista en fitness que diseñaba régimen y actividades a medida. Desde entonces su modelo del spa de lujo se propagó en todo el mundo y hoy es ‘la’ experiencia que merece ser vivida por lo menos una vez en la vida.

Szekely vendió Golden Door en 1998 y cedió el control de Rancho La Puerta a una de sus hijas, pero ella sigue visitando ambos establecimientos, donde da conferencias. Y por cierto permanece muy activa. En 2012 fundó Wellness Warrior, una organización sin fines de lucro que intenta influenciar a los miembros del Congreso para apoyar actividades relacionadas con el bienestar y trabaja activamente en numerosas organizaciones, entre las cuales está Save the Children Federation.

Ana Aslan (1897-1988)


4_3x4Directora del Instituto Nacional de Geriatría y Gerontología de Rumania desde 1968 hasta su muerte, la doctora Ana Aslan fue una intrépida pionera conocida en el mundo entero por su renombrado tratamiento de rejuvenecimiento, Gerovital. Aslan descubrió la acción de la procaína y lanzó el Gerovital H3, que desarrolló en una amplia gama de productos farmacéuticos y cosméticos pero cuya fórmula sigue siendo secreta. Al final de su vida, y siempre en actividad, la doctora Ana Aslan estaba en la cumbre de su celebridad mientras su terapia daba la vuelta al mundo. Sus pacientes eran tanto anónimos como famosos (Charles De Gaulle, Indira Gandhi, Marlene Dietrich, Sylvester Stallone, Zsa Zsa Gabor, Jackie Onassis, entre otros). Sin embargo, su consagración no fue fácil ni definitiva, sobre todo porque solo recientemente la gerontología se impuso como disciplina médica. Además tuvo que remontar la incredulidad de colegas y soportar prejuicios por ser una mujer que venía de Europa del Este con un medicamento que podía alterar los intereses de los grandes imperios farmacéuticos. Pero 35 años de investigación y sus estudios en más de 300.000 personas fueron una poderosa evidencia para su tratamiento. En reconocimiento a su trabajo recibió cerca de 40 premios nacionales e internacionales, entre los cuales el premio León Bernard en 1952, otorgado por la Organización Mundial de la Salud.

Joan Gelb (1902-2001)


Si su nombre no es conocido, el producto que introdujo en América y en el mundo entero sí lo es: Clairol. En realidad suele decirse que ella, con la ayuda de su marido, Lawrence M. Gelb, fabricante de productos químicos, contribuyó a dar respetabilidad al teñido del pelo, que hasta los años 30 era considerado un recurso de actrices y mujeres de mala fama.

Todo comenzó con un viaje a Francia que hizo en 1931 en busca de nuevas oportunidades comerciales. Allí encontró una pequeña compañía, Mury, que producía una nueva preparación para teñido llamada Clairol que, a diferencia de las que existían en la época, penetraba en el folículo del cabello produciendo resultados más naturales. Joan Gelb se dio cuenta al instante de que Clairol podía hacer mucho para mejorar la autoestima de las mujeres estadunidenses de cierta edad y adquirió la representación del producto (poco antes de la guerra, los Gelb compraron los derechos de la fórmula por la entonces exorbitante suma de 25.000 dólares). Previsiblemente el producto tuvo un éxito apabullante, aun en esa época en las mujeres se teñían el pelo a escondidas. Para suavizar los prejuicios, Joan describía el proceso como ‘coloreado del pelo’ y bajo el seudónimo Joan Clair recorría el país haciendo demostraciones y enseñando su uso en las peluquerías. En sus últimos años comenzó a teñir de rubio su cabello castaño “pero nunca se abandonó al gris”, recordaría más tarde su hijo. Lo que se dice predicar con el ejemplo.