Belleza

Pilar Sordo: “Envejecer no es sinónimo de perder la belleza”

La sicóloga lanza por estos días su sexto libro, No Quiero Envejecer, de editorial Planeta, una investigación que le tomó cuatro años y en la que desentraña el miedo y el dolor ante la vejez. En esta entrevista habla de cuáles son las claves para entender y asumir con dignidad el paso de los años, una fórmula que a ella asegura le ha dado resultado.

  • RevistaMujer

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400Tuve un almuerzo con compañeras de básica”, dice Pilar Sordo, la sicóloga y escritora best seller al llegar a la entrevista. Durante su reunión, dice, todas estuvieron de acuerdo en que los años les han sentado bien. Pilar reconoce que hoy se siente guapa, que aprendió a hacer ejercicio y  que, a pesar de casarse, de tener dos hijos -de 22 y 20 años- y perder uno en el vientre, de separarse, de volver a emparejarse y enviudar sigue siendo la misma, aunque más fuerte y con la seguridad y experiencia de una mujer de 48 años. Entremedio comenzó a escribir libros, se convirtió en un fenómeno mundial de ventas, viajó por varios países dando conferencias  y, justo antes de agarrar sus cosas para radicarse en Puerto Varas, lejos de todo, conoció a un hombre 18 años mayor del que se enamoró.

Entonces su vida dio un giro. En diciembre pasado se casó por el civil y luego en su casa, en una discreta ceremonia ofrecida por su amigo Pedro Engel y ante unos pocos amigos. No quiso regalos ni luna de miel. En lugar de eso, pasó tres meses sentada en su comedor y escribiendo sin parar diez horas al día. El resultado es No Quiero Envejecer, su sexto libro tras cuatro años de investigación, editado por Planeta y que desde abril estará en librerías. Sus más cercanos, los más y menos críticos, coinciden en algo: es el mejor que ha escrito hasta ahora.

Tienes 48 años, ¿qué te motivó a escribir sobre la vejez? Esto partió hace cuatro años, en paralelo a la investigación del Bienvenido Dolor. Cuando estaba haciendo los talleres para ese libro y ahondé en el tema de la muerte, surgió el tema de la vejez como uno de los miedos anteriores a la partida. Eso me llamó mucho la atención.

¿Cómo investigaste para escribir este libro? En general, la metodología es más o menos siempre la misma. Primero tiene que hacerme ruido a mí misma, hacer que me pase algo en la guata. Después les pregunto a varias personas que considero interlocutores válidos dentro del mundo hispano en distintos países si efectivamente les pasa lo mismo que a mí, y luego hago talleres en los que converso con distintas personas. La respuesta casi siempre fue que sí, que la vejez, en este caso, era un tema fundamental en la vida de las personas.

¿Con qué tipo de personas hablaste? Es un grupo amplio. Son hombres y mujeres de distintas edades y estratos socioeconómicos, de sectores urbanos y rurales. En este caso, por ejemplo, estuve con jóvenes de 28 hasta personas de 93 años. Suelo lanzar por Internet, tanto dentro como fuera de Chile, un sinfín de comentarios y opiniones respecto al tema para recibir opiniones, como en una cadena de favores. Llevo 23 años ejerciendo como sicóloga y los grupos ya están medio armados. Hay colegios, universidades, comunidades, grupos de indígenas, homosexuales, etc.

Siempre te incluyes a ti misma en tus libros. ¿Cómo ves la vejez? Como una consecuencia natural de la vida. Me hace ruido que la gente use dentro de su lenguaje expresiones como ‘qué bien te ves para tu edad’, o ‘no se te notan los años’, o ‘el tiempo no pasa por ti’. Yo me preguntaba por qué eso era bueno, si se tiene que notar. Yo tengo 48, entonces, ¿de qué me sirve que me digan que parezco de 30 y tantos si han sido años superrecorridos y me he parado, caído y vuelvo a parar? Eso se tiene que notar, no puede ser solo un piropo. Lo mismo con los abuelos, ¿por qué ya no quieren que se les diga abuelos o tatas?, ¿por qué hay cada vez menos velas en las tortas?, ¿por qué se le falta el respeto a una mujer cuando se le pregunta la edad? Todas esas preguntas me empezaron a rondar. Indudablemente había un tema con la vejez.

¿Siempre pensaste así? Sí. Como dice Pedro Engel, “soy un alma vieja”.

¿Cuándo lo descubriste? Desde siempre, la verdad. Nunca he tenido problema con eso. Ni siquiera entiendo por qué la gente lo ve como un problema, como algo que le quite el sueño.

200El libro se lo dedicas a tu abuela paterna, Julieta, ¿por qué? Ella tiene 97 años y a medida que fue envejeciendo nunca habló de ese proceso, ‘del envejecer’ o sentirse vieja. Enviudó, se reinventó, siguió pretenciosa, va a la peluquería, le gusta ponerse bonita pero desde su vejez, y con mucha dignidad. Para la generación de mis padres sí es un tema, también para las posteriores. En cambio, la Julieta envejeció con la mayor dignidad posible, sin obsesiones quirúrgicas ni estéticas. Tengo la sensación de que la medicina nos regaló 20 años más de vida y no sabemos qué hacer con ellos.

¿Cómo así? Sí, porque la gente tiene presiones sociales que lo hacen ir siempre en una dirección que no tiene que ver precisamente con la propia. Que hay que estudiar, tener pareja, una casa, tus cosas, y entremedio te vas haciendo viejo sin haberte sentado a pensar en cómo estabas realmente. En vez de decir que tenemos 20 años más hacia adelante y, por ende, más sabiduría, el tema pasa por que cada vez estamos más lejos de la juventud. Es muy curioso. Y la gente busca retroceder y parecer absurdamente más joven.

¿Te declaras entonces una mujer anticirugías, que respeta el cambio del envoltorio con los años? No tiene nada de malo maquillarse, hacer ejercicio o preocuparse del físico y las apariencias. Al contrario, es muy bueno. El problema es cuando lo estás haciendo para mitigar algo que es tan natural como envejecer, sobre todo cuando es para el resto y no para ti.

Tú, como ‘alma vieja’, ¿qué haces por eso? Yo siempre he sido floja, pero hace 4 años que estoy en mi peso ideal y es porque me preocupo de mí, de salir a caminar, de andar en bicicleta, de ir al gimnasio y comer bien. Pero es por mí y mi bienestar, no para que el resto piense o me diga que parezco más joven de lo que soy. Al contrario, mi sueño es que algún día mis nietos jueguen con mis arrugas, que encuentren linda a su abuela, porque la vejez sí tiene una belleza. Es distinta a la de la juventud, pero lo es al fin y al cabo. Al final, envejecer no es sinónimo de perder la belleza, sino de adquirir otra. Y hay que prepararse para eso.

¿Tú lo haces? Sí, claro. Lo que te decía del ejercicio es por eso. Quiero tener buenas mis articulaciones, no ser sedentaria ni un cacho para mis hijos. Y te doy un ejemplo: yo tengo una cabaña en Puerto Varas, en la que pretendo vivir mi vejez, no sin antes hacerle algunos arreglos. El primero que hice fue pedir que sacaran la tina del baño, porque si de vieja ya no podré ni pararme sola de ella para qué la voy a tener. Prefiero meterme a la ducha y disfrutarla, no martirizarme con que alguna vez pude hacerlo y ahora no. Eso es prepararse para la vejez.

¿Te sientes mejor hoy que a tus 20 o 30 y tantos? Sí, yo antes era muy tímida. Pero creo que he sabido capitalizar los años, y lo más importante es que lo he hecho para mí misma. Hoy me siento una mujer guapa, más interesante y con más experiencia. A qué más puedo echarle la culpa, o más bien agradecerle, si no es a la edad. El problema es que como sociedad tendemos a asociar la vejez con la soledad, el deterioro de la salud y la belleza. Eso generara un rechazo o resistencia muy fuerte. Y yo creo que uno envejece como ha vivido.

Entonces, ¿cómo estás envejeciendo? Con mucha conciencia, la verdad. Con la tranquilidad de que estoy haciendo bien las cosas o al menos intentándolo. Si bien me casé, sigue bien en pie la idea de irme al sur, de terminar lejos de la ciudad, escribiendo y alimentando este proyecto que he construido junto a mi marido. Quiero envejecer en un lugar que me haga necesitar cada vez menos cosas.

¿Te pusiste esa meta? De todas maneras. Te quiero comentar algo: Colombia es uno de los países con mayor conciencia de muerte en el mundo, entonces la vida se disfruta y agradece constantemente, y es superidiosincrático, porque lo aprendieron gracias a Pablo Escobar. Muchos no sabían si iban a volver vivos a sus casas al final del día, y decidieron tomarle el gusto a la vida, a bailar vallenatos en la calle si así lo desean.

¿Qué pasa con los chilenos? Los aterroriza. Por eso me topé con muchos jóvenes de 70 u 80 años, y con viejos de tan solo 30. Eso pasa porque después de cumplir con lo que la sociedad te va exigiendo no queda nada más que vivir los descuentos, y eso no puede ser. En países como Guatemala, en los que hay respeto por sus pueblos indígenas, existe una directa relación entre eso y la aceptación de la vejez como un proceso natural. Es una reverencia a la experiencia, a la sabiduría. A nosotros nos falta mucho para llegar a eso.

Tus hijos ya pasaron los 20 años, ¿cómo los ves en ese aspecto? Ellos están en la etapa en la que los veo irse de mí, que toman sus propias decisiones, que ya no estoy ahí intentando enseñarles cómo hacer las cosas. Los veo más desde afuera, como amiga. Y me gusta. Me gusta verlos irse construidos de mí, ver cómo resuelven, cómo se arriesgan, cómo hilvanan cosas en sus propias vidas.

¿En qué etapa estás tú? En la de disfrutar. Estoy feliz, realmente. A pesar de eso, no sé si me gustaría vivir muchos años. Siempre he pensado que voy a morir joven, y por eso intento ser de la mejor manera posible, para sentir que si termina esta entrevista y me da un infarto, no me voy en deuda contigo ni con nadie.