Columnas

Los kilos y los años

Nada ni nadie nos puede hacer tan bellas como lo que surge desde el interior de nosotras mismas.

  • Carla Guelfenbein

Compartir vía email

1_340Hace algunos días estuve en un encuentro con una connotada periodista, una sicóloga, una actriz joven y un buen número de mujeres, conversando sobre cómo convivíamos con nuestro cuerpo, con nuestra imagen, y cómo asumíamos el paso de los años. Hubo bromas, risas, pero sobre todo honestidad. Un buen puñado de nosotras tuvo la ocasión de contar su experiencia con su cuerpo. Recuerdo a Soledad, una mujer bella que sin embargo tenía una mano evidentemente más pequeña que la otra, quien nos contó cómo había llegado a querer esa característica física suya que durante años la había atormentado. La sicóloga, una mujer estupenda y ya en sus 60, narró cómo poco a poco su cabello se fue adelgazando y los ojos que antes despertaban brillosos a enfrentar el día, hoy amanecían ocultos bajo los pesados párpados de la edad. Su mensaje fue claro. Los años llegan, el tiempo deja huellas, y aunque sin duda cuidarnos nos ayuda, sabemos que no podemos detenerlas. Es una verdad que pesa, y aceptar que nos importa es ser más amables con nosotras mismas. No hacerlo es una violenta forma de agredirnos. Es salir a la guerra, sabiendo de antemano que tenemos la batalla perdida. ¿Cómo hacerlo entonces? Según ella, una forma de convivir con los años, como Soledad aprendió a convivir con su mano, es cambiando el centro de nuestras preocupaciones. Adjudicarles más valor a instancias que antes no teníamos tiempo de valorar, preocuparnos de otros aspectos de la existencia, como nuestro mundo interior, el intelectual, el afectivo. Que el cuerpo se arrugue no significa que nuestras neuronas ni nuestro corazón lo hagan, podemos seguir aprendiendo un sinfín de cosas, abrirnos a nuevos mundos, a experiencias que antes, centradas en nosotras mismas y en nuestra apariencia, ni siquiera habíamos reparado que existían.

Pero los años no son el único problema, ni el que nos quita más el sueño. Al poco andar resultó evidente que el conflicto más agudo de nosotras las chilenas con nuestro cuerpo tiene que ver con los kilos de más.

(Yo, como flaca, no me siento muy autorizada para hablar sobre el tema, pero la verdad es que lo entiendo perfectamente). Recordé esa famosa cancioncilla: ‘la hermosura va por dentro’, que nos inculcan desde niñas, por si acaso no resultamos ser unas bellezas. Lo cierto es que a primera vista suena a una absoluta y total falacia. El premio de consuelo con que las poco agraciadas deben conformarse. Todos sabemos que la atracción es visual, de la piel hacia afuera, y que no logramos nada con explicarle al hombre de nuestros sueños que bajo esos miles de rollos y arrugas y mechas paradas sin teñir hay una mujer bella e irresistible.

Pero la buena noticia es que el asunto ‘de adentro hacia fuera’ no es del todo falso. Yo lo he experimentado. Aquellos días en que amanezco con el corazón liviano, inspirada y estimulada con las pequeñas o grandes cosas que me depara el día, salgo a la calle sintiéndome la mujer más bella del mundo. No entiendo exactamente cómo aquel estado de ánimo se traduce en lo físico, pero lo increíble es que los demás ¡lo ven! Tal vez es la sonrisa en mi rostro, un andar más desenvuelto, una expresión complacida y relajada, la verdad es que no lo sé. Pero mi estado de ánimo se traduce en algo visual que los demás pueden ver y apreciar. El punto es que aquella cuota de belleza es efectivamente generada desde adentro hacia afuera. Desde el corazón y la mente hacia el cuerpo. No digo que sea fácil. Muchas veces combatir el desánimo puede resultar una tarea titánica.

Pero es importante recordar que, a fin de cuentas, la respuesta es siempre la misma, se trate de los años o los kilos, o lo que sea. Aunque a primera vista resulte un lugar común inventado por los poco agraciados, o los grupos ‘new age’, lo cierto es que nada ni nadie nos puede hacer tan bellas como lo que surge desde el interior de nosotras mismas.