Columnas

El amor y la literatura

En esta columna descubrirás lo que la literatura le puede enseñar del amor.

  • Carla Guelfenbein

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1okConocí a mi primer amor en un barco. Su nombre era Ari Ben Canaan. Yo tenía catorce años y él debía estar en su veintena. Era el hombre más atractivo, valiente, apasionado, inteligente y comprometido que había conocido nunca. Por las noches, mientras intentaba dormir, su imagen acudía a mí, desvelándome, inquietándome. Ari Ben Canaan me había abierto los ojos a una realidad que hasta entonces no conocía. La de los miles de judíos sobrevivientes del holocausto que quedaron apresados en campos de refugiados en Chipre bajo el mandato británico.

La misión de Ari Ben Canaan era sacarlos de allí y llevarlos a la tierra prometida para unirse a la lucha contra los británicos y lograr la constitución del Estado de Israel. El barco se llamaba Exodus y mi primer amor era el protagonista de una novela de León Uris. Ari Ben Canaan me marcaría para la vida. La valentía, la inteligencia, la generosidad, el compromiso y el espíritu combativo son los atributos que hasta el día de hoy más aprecio en un hombre.

En varias ocasiones anteriores he comentado en esta columna los beneficios que tiene la literatura en nuestra vida. Estudios recientes han incluso concluido que la literatura nos hace más inteligentes, más empáticos y exacerba nuestro espíritu cívico. Pero, ¿qué nos puede enseñar la literatura del amor?

La literatura no es un manual de instrucciones para la vida, y no debería serlo, pero sin duda que nos da una oportunidad de entrar en la conciencia y en el mundo interior de otros seres. Esta posibilidad única nos ayuda a entender las experiencias y las emociones de los otros y, por consiguiente, de nosotros mismos.

Muchas veces la literatura le pone palabras a aquello que intuíamos o que ignorábamos. “El amor es un nudo que está hecho de dos libertades enlazadas”, dice Octavio Paz, revelándonos un aspecto fundamental del amor, ese equilibrio escaso y difícil que debe existir en cualquier relación amorosa entre fundirse con el otro y la libertad individual. El escritor estadounidense contemporáneo Richard Ford tiene una mirada pesimista sobre el amor. Para él la única mentira peligrosa respecto a estar enamorado es creer que se trata de algo permanente; “conocer los límites del amor es la clave de todo”, dice. Tolstoi, en su novela Felicidad Conyugal, basada en gran medida en su propia vida, nos plantea que el amor significa diferentes cosas en diferentes etapas de la vida, y que a medida que nos vamos poniendo viejos gravitamos hacia un amor más tranquilo.

En cambio, Carmen Martín Gaite, una escritora española que admiro sobremanera, a sus setenta años escribía: “El amor es así, salvaje, sopla por donde quiere y rompe las costuras, las vallas, todo, o si no, no es amor”. Platón, en El Banquete, tiene una mirada narcisista del amor, sostiene que los humanos éramos antes hermafroditas y desde que Dios nos dividió en dos mitades vagamos por el mundo buscando la mitad perdida de nosotros mismos. También sostiene que de todos los dioses, Eros es el más capaz de hacer feliz al hombre. Kundera, en cambio, tiene una mirada racional. Para él “los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también”. Sostiene, además, que el amor no es el deseo de acostarse con alguien si no el deseo de dormir junto a alguien. Y así, podría seguir hasta el infinito.

Al fin, lo que la literatura nos enseña del amor es caleidoscópico, multifacético. El amor nos puede hacer felices e infelices a la vez. El amor puede ser el resultado de un arrebato o de un plan minuciosamente pactado, el amor puede darse mil veces en la vida, ninguna, o tan solo una. Lo que sí resulta incontestable, y que he encontrado en prácticamente todas las novelas, cuentos y poemas que he leído, es que el amor, en todas sus formas posibles, está en el centro de la existencia. Toda la literatura está atravesada por este aspecto esencial de la experiencia humana. Al igual que nuestras vidas.