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Tengo un secreto

Todos tenemos secretos. Aspectos de nuestra vida que no compartimos con nadie.

  • Carla Guelfenbein

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2.okTodos tenemos secretos. Aspectos de nuestra vida que no compartimos con nadie. De hecho, investigaciones han probado que el 95% de las personas confiesan tener algún secreto, y según los sicólogos, ese otro 5% está mintiendo.

Hace algunas semanas, en un encuentro de amigas, Valeria, una de mis amigas de infancia, nos confesó que de niña había descubierto que su padre le era infiel a su madre. Valeria tenía 17 años y no sabía cómo manejar la información que había hallado. Guardó silencio. El secreto dentro de ella era como una enfermedad que iba y venía, debilitándola, ahogándola. Aunque ella no era responsable de la infidelidad de su padre, el conocer su secreto y guardarle las espaldas frente a su madre, sí lo era. El secreto del padre era trasladado a la hija, y esta lo sentía como suyo.

Un día decidió enfrentar a su padre. Este le prometió que todo se acabaría en ese mismo instante, que la mujer no significaba nada para él, que por sobre todas las cosas amaba a su madre, a ella y a sus hermanos. La paz retornó temporalmente a su corazón. Sintió que había hecho algo importante al enfrentar a su padre, que había defendido a la familia. Sin embargo, al cabo de unos meses encontró evidencias de que él no había cumplido su promesa y aún mantenía la relación con la mujer.

A partir de entonces, no solo sintió rechazo por su padre, sino que además le fue difícil mirar a su madre a los ojos. En ocasiones le parecía la mujer más estúpida del mundo, al no ser capaz de ver lo que estaba ocurriendo a su alrededor, y sentía por ella un profundo desprecio; en otras, afloraba la compasión y sufría ante los mimos, entrega y, sobre todo, ante la admiración que en su ignorancia seguía profesándole a su padre. Añoraba, por sobre todas las cosas, que su madre despertara del falso sueño en que estaba sumida. Le costó otro buen tiempo reunir las agallas para hablarle, pero lo hizo. Y resultado de eso, sus padres se separaron.

Hoy, después de 30 años, se pregunta si hizo lo correcto, cuál fue el costo, qué habría ocurrido si hubiera guardado el secreto. Su madre siempre se lo agradeció, y la relación entre ellas se hizo mucho más estrecha, hasta el día de hoy. Pero ambos padres están solos. Su padre, desprovisto de la seguridad y contención que le proveía su madre, se volvió un hombre débil, inseguro, y las decisiones que tomó lo hundieron sicológica y económicamente.

La confesión de Valeria dio pie para que todas, de alguna forma, expresáramos algo que guardábamos oculto en nuestro corazón. Nada parecido a lo que nuestra amiga había vivido, pero que al revelarlo nos unió de una forma que nunca antes habíamos experimentado. Confesar un secreto tiene muchos aspectos. Uno de los buenos es la complicidad y el compromiso que se produce entre quienes lo comparten.

Sin embargo, en ocasiones puede ser terriblemente destructivo. Y por eso muchas veces optamos por no revelarlo. La opción de guardar un secreto es un derecho como cualquier otro. El precio es alto cuando miramos los ojos de aquellas personas a quienes les hemos fallado.

Pero hay algo que es incontestable: la revelación de un secreto siempre deja al descubierto nuestro verdadero ser. Lo imperfecto y frágiles que somos. Revelar un secreto es asumir la responsabilidad de lo que hemos hecho y también es bajar la guardia, ponerse a disposición del otro, entregarse. Es abrir la puerta para comenzar de nuevo -si el otro nos otorga la oportunidad- con una sólida fundación de verdad. ¿Qué hubiera ocurrido si en lugar de ser Valeria quien le revelara el secreto a su madre hubiera sido padre quien lo hiciera? Ninguna de nosotras tenía una respuesta. Tampoco Valeria. Tal vez de todas formas su madre hubiera decidido separarse, pero sin duda su padre, al plantarse ante la verdad y asumir como adulto sus consecuencias, hubiese tenido una imagen de sí mismo más digna, y quizás, aunque nadie puede garantizarlo, hubiera tenido más oportunidades de rehacer su vida.