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Arbolito, arbolito, ¿quién eres?

Hace unos días con mis hijos sacamos una vez más de la bodega el árbol de pascua y lo colocamos en el living, frente a la ventana

  • Carla Guelfenbein

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1_340Hace unos días con mis hijos sacamos una vez más de la bodega el árbol de pascua y lo colocamos en el living, frente a la ventana. La labor más compleja ha sido siempre camuflar la base de plástico, enterrándola en un macetero de tierra. Traer el macetero, encontrar la tierra fresca, ocultar en ella bien la base. Ha sido siempre mi hijo el encargado de esta labor. Ahora, con sus 17 años, es el más fuerte, pero desde niño le gustaba hacerse cargo de esta tarea ingenieril.

Como siempre, lo decoramos con figuras que hicieron mis dos hijos cuando eran niños: estrellas de colores, angelitos y bastones de cerámica, e incluso algunos colgantes de formas inciertas y descoloridas que vienen del jardín infantil. Son los primeros ornamentos que cada año colgamos del árbol. El último es el cometa de papel de aluminio, grande y liviano, con cuatro puntas y una larga cola que termina en una V al revés. El cometa que jamás permanece erguido, y en lugar de flotar en el firmamento de la sala, parece siempre venir cayendo a pique hacia el suelo.

Pero el verdadero final llega cuando rodeamos el árbol con guirnaldas de luces multicolores que hacen pensar en esas sentimentales películas de Navidad. Cuando las prendemos, constatamos que algunas ampolletas se han quemado, y pequeños agujeros negros nos recuerdan el paso del tiempo. Porque todos estos ornamentos nos han acompañado durante años, ya desgastados, en absoluto glamorosos, constituyendo un árbol un poco anacrónico, sin otro criterio y objetivo que el de recordarnos con su presencia obstinada y dulce un rito que heredamos de nuestros padres y que tal vez mis hijos les transfieran a los suyos. Un rito cuya verdadera trascendencia radica justamente en el hecho mismo de constituir un rito. Su forma no es una carcasa vacía sino que está llena de contenido.

Un estudio reciente del Psychological Bulletin identifica los rituales como la expresión externa de valores internos, como por ejemplo el respeto a los mayores, elementos que fueron esenciales en la sobrevivencia y la prosperidad de las primeras comunidades humanas, incluso antes de que se desarrollara el lenguaje. Los rituales nacen de una necesidad esencial, la de estar conectados a otros seres humanos. Y a su vez, los rituales han sido siempre uno de los mecanismos evolutivos más importantes a través del cual los seres humanos hemos creado estas comunidades. Las tradiciones pueden variar. Pueden ir desde un ayuno religioso hasta vestirse de Viejo Pascuero para la Navidad, pero todas tienen algo en común: creando lazos, recreando rituales que heredamos de otras generaciones, estos nos ayudan a construir una red de apoyo que nos protege de la adversidad. Creando un sentido de comunidad, de permanencia, mitigamos la soledad, al unirnos no solo a nuestros contemporáneos, sino también a nuestros ancestros. Pero hay algo más. Los rituales también se constituyen privadamente. Por ejemplo con nuestras parejas. Los rituales son también esos gestos simples, como encender una vela, tomarse esa copa de vino después de un día de trabajo y conversar, es saludarnos con un abrazo apretado, dar las gracias, recordar y celebrar aquellos pequeños hitos que han marcado nuestra vida en común. Gestos que nos van otorgando una identidad común, que van construyendo una historia compartida que tiene significado, y que hacen que los momentos no sean tan solo un cúmulo de experiencias que se apilan y se empolvan en el fondo del clóset de nuestra memoria.

Por todo esto, esta Navidad, si de algo tengo certeza es de que, como lo hicieron mis padres cuando mis hermanos y yo éramos niños, abriremos los regalos frente a nuestro particular árbol de pascua, con las luces multicolores encendidas, y agradeceremos el hecho de estar una vez más juntos.