Hombres

Iván Corral

Empezó peleando para defenderse en la calle, pero una vez que comenzó a practicar boxeo no volvió a enfrentar a nadie abajo del ring. El respeto y la igualdad de condiciones, dice, son los principios fundamentales del deporte al que ha dedicado casi 50 años.

  • Maria Paz Maldonado

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Foto: Alfonsina Riffo
4x4En 1973 peleó el combate “más connotado” de su carrera. No lo ganó. De hecho, le dieron duro, cuenta Iván Corral (64). El enfrentamiento contra Hugo Farías, quien era campeón nacional en la categoría medio mediano ligero, terminó en un reñido empate. “Fue en el Caupolicán, estaba lleno. La prensa la calificó como ‘la pelea del año’. Si quieres lo puedes ver en YouTube”, invita. De ese ring se bajó sin una victoria, pero ganó la popularidad que necesitaba para dejar de ser un N.N. en el boxeo nacional.

“A los 17 un compañero de trabajo en San Antonio me invitó a ver una pelea de boxeo. Me conquistó la emoción del combate y me pareció una buena forma para aprender a defenderme. Empecé a entrenar y a los días fui a un campeonato a Curicó. Sabía lo básico, camino al ring me iban soplando el reglamento, pero los dirigentes me dijeron que tenía condiciones para el boxeo”, dice. Bastó eso para que decidiera sacar provecho a sus aptitudes y no se equivocó. Peleó por el Club Ferroviario de San Antonio, el club Godfrey Stevens, la Escuela de Ingenieros Militares, la Pesquera Chile y por la Selección Nacional durante cinco años: “Tuve más de 200 combates, pero siempre compatibilicé mi entrenamiento con mi oficio como obrero y luego chofer”. Afirmación que avala una historia de película, porque si Rocky Balboa entrenaba pegándole a la carne en la Carnicería de Pauli, Iván Corral lo hizo con un precario saco con aserrín que colgaba de un árbol y al que le pegaba con guantes industriales cuando trabajaba en un aserradero. “Otras veces salía a trotar con un chaleco salvavidas relleno con arena y bototos de seguridad. Me hice conocido como ‘el noqueador de San Antonio’, aunque mis peleas siempre fueron con respeto e igualdad de condiciones, como debe ser”.

Durante su carrera como boxeador amateur se bajó del cuadrilátero triunfante, derrotado, en camilla, noqueado, incluso de espaldas cuando la cuerda del ring se cortó y cayó al piso -con un TEC como resultado-, y una vez, la que recuerda con más orgullo, como número uno latinoamericano (1975).

Se retiró a los 30 años, literalmente como un campeón. “Estaba cansado, sobre todo por las restricciones del peso que exige este deporte”, cuenta. Su última pelea fue en San Antonio, el mismo lugar donde empezó, y tras los tres asaltos del combate se quedó por primera vez con el título nacional. “Soy hombre de palabra, así que me saqué los guantes, se los mostré al público y los colgué en las cuerdas”. Siguió ligado al boxeo, pero desde abajo del ring, entrenando a destacados deportistas como Ricardo Araneda y Carlos Cruzat.

Hace un par de años da clases abiertas de boxeo en la Academia Vitalis, una experiencia que, asegura, le mostró una nueva cara del boxeo, una más amable: “Aquí la gente viene a entrenar porque quiere, sin presiones, y se han encontrado con un disciplina muy completa. Muchos llegan de curiosos, pero con una clase el boxeo los atrapa. Como a mí”.