Columnas

Lo humano de la humanidad

Todos conocemos el inmenso poder que tiene el ejemplo que les damos a otros con nuestro comportamiento.

  • Carla Guelfenbein

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1_okTodos conocemos el inmenso poder que tiene el ejemplo que les damos a otros con nuestro comportamiento. Tanto a la comunidad en que nos desenvolvemos, como a nuestras familias y a nuestros hijos. “Nunca proclames ser lo que no puedes demostrar con el ejemplo” es la moraleja de esa famosa fábula de Esopo donde una rana coja y maltrecha pregona a los cuatro vientos que tiene la capacidad para curar todos los males de los animalitos del bosque, hasta que el zorro, muy zorro, la encara, diciéndole que cómo se atreve a proclamarse sanadora, cuando ni siquiera se puede sanar a sí misma y es el ejemplo de la enfermedad.

El poder del ‘ejemplo’ es simple e implacable, y la responsabilidad que nos otorga es inmensa. Este concepto tan sencillo, sin embargo, parece que para muchos no resulta obvio.

Hace algunos días apareció una noticia que tuvo grandes repercusiones en la sociedad estadounidense. El protagonista era Disney World. Quienes han estado allí, o quienes nunca han ido -como yo-, saben que uno de los grandes inconvenientes de visitar estos centros son las largas colas que se forman. Por eso, la política de Walt Disney ha sido siempre darles prioridad a las familias en las cuales uno de sus integrantes está discapacitado. Es una política que viene de sus inicios, y que tiene que ver con el concepto de integrar a todos los niños al mundo de fantasía que ofrece el lugar. Sin embargo, hace unos pocos días, esta política fue abolida definitivamente. Las familias con discapacitados podrán visitar el mundo de Disney en algunas fechas u horarios especiales, pero el resto de tiempo tendrán que hacer las mismas eternas colas que las personas que no sufren sus males.

¿Por qué Disney tomó una medida tan drástica? La razón es -por decir lo menos- chocante. Resulta que las familias adineradas lo que estaban haciendo desde hacía un buen tiempo era contratar a un discapacitado para hacerlo pasar como integrante de su familia. La cantidad de dinero que les pagaban por su ‘servicio’ no era menor. También, muchas familias solían arrendar sillas de ruedas en las que sentaban a algún integrante sano de la familia y entraban campantes pasando por sobre todos los demás. Los ejecutivos de Disney concluyeron que no podían poner a un fisioterapista en cada entrada para cerciorarse de la verosimilitud de las discapacidades de sus visitantes, y que la única forma de parar este abuso por parte de estas familias era eliminando el privilegio. Gracias a la actitud y la falta de ética de estas personas, ahora muchos de los niños que verdaderamente lo necesitan es probable que nunca puedan entrar a Disney.

Pero no solo eso, hay algo más. Estas familias adineradas, lo que están haciendo es establecer un patrón de comportamiento que dice el que puede pagar por pasar a llevar a otro, que lo haga. Están instaurando las creencias de que los ganadores son aquellos que saben obtener lo mejor para sí mismos, sin importar los medios ni las consecuencias que sus acciones puedan tener para los demás; que el poder puede ser ejercido no importa cómo; que el fuerte tiene supremacía sobre el débil; que el dinero lo puede comprar todo; que la falta de honestidad es un valor.

Ese es el ejemplo que les están dando a sus niños y a la sociedad. Cada uno de esos padres de familia que un día frente a sus hijos burló a los guardias de Disney es hoy responsable no solo de haberles quitado un merecido privilegio a los niños discapacitados, sino también de estar impulsando a través de su ejemplo una sociedad más injusta, más salvaje, más impune. Tal vez pensaron que era una falsedad menor, un acto sin gran importancia y no midieron las consecuencias. Pero el punto es que pasar a llevar a otro nunca es un acto pequeño, es siempre una actitud frente a la vida. Una actitud que podría destruir lo humano de la humanidad.