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Exposición en París: Unión de encajes y mecánica

En el pasado las prendas de uso interior eran verdaderas estructuras y comprendían complicados mecanismos. Una exposición en París revela lo que estuvo escondido bajo la ropa

  • alejandra.villalobos

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1_200Desde tiempos inmemoriales los hombres y las mujeres han tratado de modelar su silueta a través de diferentes subterfugios, y a medida que los valores estéticos de cada época iban cambiando, también lo hacían los métodos. Si un corsé de hierro parece un recurso bárbaro a nuestra sensibilidad del siglo XXI, en los años 1500 era considerado una manera eficaz para que una jovencita aristocrática mantuviera el porte adecuado a su clase. Si las calzas masculinas rellenas en la antepierna hoy nos hacen reír, estas eran imprescindibles para el hombre del siglo XIX, cuando las pantorrillas voluminosas eran signo de virilidad.

La exposición “La Mecanique des Dessous” (La Mecánica de la Ropa Interior), actualmente instalada en el Museo de Artes Decorativas de París, explora las artimañas utilizadas desde el siglo XIV a nuestros días y demuestra que la perfección del cuerpo fue un objetivo constante. Es la idea de perfección la que no cesa de transformarse.

[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’] El corsé y otros métodos ‘de tortura’[/highlight]

Los historiadores de la moda no dudan en afirmar que esta se inventó en la Edad Media, y en particular en el siglo XIV. Pero no en el sentido en que la concebimos hoy, sino porque en ese periodo surgió la conciencia sobre la importancia de la ropa como medio para envolver, esconder y disimular el cuerpo, y en cierta manera, de falsificarlo, de darle una nueva forma. Y no es casual que sea en este siglo cuando hizo su entrada el corsé, destinado a dar una rigidez al busto y elevarlo, el primero de los artificios mecánicos que en los siglos por venir torturarían a las mujeres, como fajas, crinolinas y miriñaques, entre otros.

Si las mujeres deseaban exaltar su femineidad (por lo menos la idea de femineidad de cada época), los hombres no se quedaban atrás en su representación de la virilidad, aun si eso implicaba ignorar las consecuencias que sus vestimentas tenían sobre su cuerpo: las chaquetas tan ajustadas que comprimían el pecho, las prominentes braguetas rellenas (para crear la ilusión de un sexo más importante), los corsés (pues también eran cosa de hombres) que ceñían horriblemente la cintura. Los niños tampoco se liberaban y eran obligados a llevar corsés desde la cuna.

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Durante siglos, mujeres y hombres rivalizaron imaginando múltiples maneras de embellecer su cuerpo, disimulando su verdadera forma y convirtiéndola en otra. La dama ‘de calidad’ en el siglo XVIII, con su rígido corsé exterior (por encima de la blusa) construido con los resistentes pelos de ballenas y sostenido por delante con una barra en metal, madera o marfil, y su falda ‘cesta’, montada sobre estructuras plegables de madera (llamadas así porque recordaban a las cestas que se colgaban a cada lado de los animales de carga), mantenía una cierta rigidez y una postura inevitablemente recta, símbolos esenciales en la sociedad de la época. Obviamente eran las clases privilegiadas las que podían permitirse esta ropa complicada, cara y totalmente inapta para el trabajo. No es asombroso que la Revolución Francesa se haya rebelado contra estas vestimentas ‘clasistas’, si bien fue una rebelión de corta duración -un brevísimo periodo entre 1790 y 1820 en el que las mujeres se liberaron de las estructuras más pesadas y adoptaron el estilo imperio (de corte bajo el busto)-, el corsé volvió con fuerza para dominar todo el siglo y casi dos décadas del siguiente.

En efecto, con el regreso de la monarquía borbónica en Francia y las restricciones de las libertades, las ambiciones de la Revolución quedaron en el olvido. Las imágenes de la época muestran un busto envuelto en un corsé, las cinturas comprimidas, las faldas cesto que recobran la amplitud prerrevolucionaria, los hombros bien marcados y las mangas infladas en la parte superior del brazo. Los frunces y capas del vestido disimulan las formas que la Revolución había hecho más visibles: la parte de arriba del cuerpo se fija, la de abajo se pierde en pliegues, forros y enaguas. Y puesto que Francia ya entonces dictaba la moda, el mundo siguió. Pero si el corsé de mitad de siglo es más compacto y ligeramente más flexible, debido a los nuevos materiales, es implacable a la altura de la cintura: el talle de avispa es el must de la época. Otras extrañas estructuras surgen entonces, como el miriñaque o crinolina (que prácticamente hace imposible otra posición que la de pie) y más adelante la ‘tournure’ o más prosaicamente el ‘faux-cul’ (falso trasero), que daba a las mujeres un extraño perfil de ganso.

3_300[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’]El constante vaivén del siglo XX[/highlight]

La ropa interior nunca fue tan abundante, variada y con tantos propósitos como en el siglo XIX: borrar el vientre, comprimir la cintura, mantener el pecho, subir el busto (o a veces aplastarlo), redondear la cadera. El confort parecía destinado a ceder siempre frente a la apariencia hasta que, alrededor del 1900, Nicole Groult, Paul Poiret y Madeleine Vionnet lograron imponer durante un tiempo el gusto por la que llamaron la línea ‘natural’.

A principios del siglo XX la ropa interior femenina conocería un cambio sin precedentes. Tras siglos de rígidos corsés, este se vio reemplazado por el corpiño y la faja, primer paso hacia la liberación corporal de la mujer que coincidió con el surgimiento de un nuevo modelo femenino: la fémina activa, encarnada entre 1915 y 1925 por el estilo ‘garçonne’. Pero este look no se  impondría más que el estilo imperio de un siglo antes y será el primero en un vaivén de idas y vueltas entre el cuerpo liberado y el cuerpo dominado que caracterizó al siglo XX. Ya en los años 30 volvía a asomar un modelo de mujer más lánguida y femenina (aun si el busto voluminoso se disimulaba con corpiños reductores), tanto en su ropa exterior como interior. Pero esta fue barridasin piedad por los terribles cinco años de guerra (1940-45) en los que la moda tuvo que adaptarse a las limitaciones materiales. Estas tocaron su fin con el lanzamiento por Christian Dior, en 1947, del New Look y su cintura muy fina, busto estrecho y caderas redondeadas. La moda volvía a destacar los atributos tradicionales de la mujer y, en consecuencia, la ropa interior debía ser muy estructurada. Así, el corpiño, hasta entonces flexible, adquiere una armadura metálica. Este modelo perduró a lo largo de los años 50 y parte de los 60 hasta el surgimiento de la mujer andrógina y filiforme de la nueva generación que sucedió a la pin-up de los 50, con nuevos modelos femeninos como Twiggy y Jane Birkin. Asimismo, hizo su aparición un nuevo material revolucionario -la lycra- cuya elasticidad y fineza contribuyeron a reducir la frontera entre ropa interior y exterior.

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Los 80 trajeron nuevamente la ropa estructurada (¡cómo olvidar las hombreras!) y los 90 señalaron la llegada del Wonderbra, lanzado por Playtex en 1994, emblemático de la moda de corpiños rellenos y otros push up. Por su parte, la faja, vilipendiada y ridiculizada durante cuarenta años, también anunció su regreso. Por lo menos así lo afirmaba el periodismo especializado en ocasión del Salón Internacional de la Lingerie que tuvo lugar en París en 2012 y que lo calificó como ‘el’ accesorio capaz de “esculpir una silueta y a la vez ser sexi y confortable”. Pero, por cierto, si la prenda volvió, el nombre no. Hoy se habla de shapewear y aun de ‘vestimenta inteligente’, un accesorio milagroso que ‘sabe’ precisamente dónde debe actuar. ¿Y el corsé en todo esto? También volvió, por obra y gracia de creadores como Christian Lacroix, Jean-Paul Gaultier o Vivienne Westwood, aunque ya no como el elemento imprescindible de la vida diaria sino como un accesorio sexi y atrevido o ligeramente más corto, y bautizado con el atractivo nombre de ‘crop top’.