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Todo o nada

Lo quiero todo o nada. Suena inmaduro, lo sé, pero permítanme explicarme.

  • Carla Guelfenbein

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1_4x4Lo quiero todo o nada. Suena inmaduro, lo sé, pero permítanme explicarme. Hace más de diez años comencé a hacer un diccionario. Como los entomólogos que van con su red de mariposas, yo voy atrapando palabras, frases, ideas, cavilaciones, de los autores que leo y admiro. Y así, de a poco, he llegado a tener un diccionario nada despreciable, que a estas alturas tiene más de trescientas páginas. Hoy encontré este párrafo de Esther Tusquets, una maravillosa escritora española, que dice así:

“Hay envites en los que no se concibe un regateo, hay apuestas que no admiten tope ni rebajas y la luna se tiene o no se tiene y si alguien se ha ido a buscarla para ti a lo alto del cielo o al último círculo de los infiernos y te la ha puesto entera entre los brazos, hermosa luna pálida del más radiante plenilunio y luego viene y te la quita, no podemos negociar, déjame por favor un pedazo, hay que abrir los brazos y dejar que la luna escape resbaladiza, rauda, vertiginosa, de nuevo hasta lo más alto del cielo”.

Es un párrafo que me fascina, porque dice tantas cosas. Pensé por ejemplo que son incontables las veces que he tomado la opción más razonable. La que no hiere los sentimientos de nadie, pero que tampoco involucra mayores demandas, en suma, aquella que me muestra ante el mundo como una persona educada y sensible. Son incontables también las veces que he querido gritar, exigir, y que sin embargo me he quedado mirando con una sonrisa resignada cómo se me escapa lo que he deseado o soñado. Y si he obrado así es porque desde pequeña aprendí bien la lección que me inculcaron: en la mesura y en el equilibrio está la sabiduría. No se puede ir por la vida exigiendo que los otros satisfagan nuestras expectativas, que nos quieran de acuerdo con nuestros deseos, que nos den la atención que necesitamos. Tampoco se puede ir por la vida con un disfraz de idealismo y la cabeza llena de anhelos. Estas son actitudes inmaduras de personas que poseen una escasa noción de la realidad. Personas que no tienen paz de espíritu, ni sentido de valía de sí mismas. Son tan débiles, tan patéticas. Puedo oír la voz de los sabios previniéndome contra esos estados de disconformidad y euforia, trayéndome a tierra, que es el lugar donde debo estar.

Pero aquí, en la soledad de mi escritorio, me pregunto: Y ¿por qué no? ¿Por qué no puedo pedir la luna entera, como señala Esther Tusquets? Y si no lo logro, ¿por qué en lugar de contentarme con las migajas, no puedo soltarla sin miedo a quedarme con las manos vacías?

Lo cierto es que lo quiero todo. Lo quiero todo o nada. No quiero despertarme una mañana con las cáscaras de mis sueños bajo la cama y pensar que no hice nada por remediarlo. No quiero esa desabrida quietud de espíritu que invade la conciencia al saber que has sido prudente y comedido, que has abandonado sin grandes aspavientos un sueño que se veía imposible. No quiero ser razonable, no quiero ser prudente, aunque en el camino pierda a aquellos que no tan solo sienten envidia, sino también temor ante los anhelos ajenos. Porque para mirar hacia la luna y desearla entera se necesita entereza y un dejo de inconsciencia.

Desear la luna es estar vivo, es ir hacia algo, por quimérica que parezca la meta. Y si no la obtengo, si no logro atraparla entera y ser consumida por su luz, entonces, como Esther Tusquets, estoy dispuesta a abrir los brazos y dejarla ir, porque es en el hueco que ha dejado donde se anidan otras fantasías, otras aventuras. No hay tiempo para las promesas de lo desconocido si nos pasamos la vida con una sonrisa en los labios, haciendo reverencias complacientes y ocultando los hollejos de nuestros sueños bajo la alfombra. No hay espacio para las lunas venideras si estamos colmados de amores a medias, de amigos a medias, de trabajos a medias, de vida a medias. Lo quiero todo, sí, todo o nada.