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París aplaude a Azzedine Alaïa

Favorito de celebridades como Shakira, Gwyneth Paltrow y Naomi Campbell, el más elusivo y discreto de los modistos es objeto de una exposición en el Museo de la Moda de París que será inaugurada a fines de septiembre

  • Florencia Sanudo

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1_350El Museo de la Moda de París rinde homenaje a Azzedine Alaïa consagrándole su exposición de reapertura tras cuatros años de trabajo. Una selección de setenta modelos de su archivo personal retrata el recorrido del más evasivo de los modistos. La muestra, titulada simplemente “Alaïa”, es la primera retrospectiva que le ofrece París, su ciudad de adopción.

El diminuto diseñador (mide 1,50 m) nació en Túnez en 1940, su padre era campesino y su abuelo, policía. Pero su destino siempre estuvo marcado por las mujeres, comenzando por madame Pinot, la partera que lo trajo al mundo y amiga de la familia, la primera que le habló de moda y quien, a pesar de la oposición del padre de Azzedine, lo inscribió en la Escuela de Bellas Artes, donde este estudió escultura.

Para pagar sus estudios, durante las vacaciones, el joven -a quien su hermana le había enseñado a coser- hacía dobladillos y terminaciones para una modista. Dos ricas hermanas que lo veían pasar desde su balcón acarreando telas y vestidos le ofrecieron un día presentarlo a otra modista de más categoría, que hacía copias de Dior y Lanvin. Fue esta quien le enseñó los rudimentos de la alta costura. Más adelante, la madre de una amiga que tenía contactos en Dior, en París, le consiguió un trabajo allí, pero su experiencia en la maison duró apenas cinco días pues su llegada coincidió con el fin de la guerra de Argelia y fue despedido por 7_200ser norafricano. Fue entonces que Simone Zehrfuss, esposa de un arquitecto, le presentó a Louise de Vilmorin, escritora y estrella de ‘la crème de la crème’ del París de la época, y a la condesa de Blégiers, quien lo acogió en su casa en un momento en que un joven de su origen difícilmente conseguía siquiera una habitación de servicio. A cambio le pidió que se ocupara un poco de sus niños y le cosiera un vestido de tanto en tanto.

Sus prendas eran tan buenas y originales que comenzó a hacer ropa para las aristocráticas y riquísimas amigas de la condesa. Así continuó durante cinco años y con esta sólida experiencia obtuvo un puesto en Guy Laroche, donde aprendió los secretos de la sastrería. Cuando dos años después decidió lanzarse por su cuenta, nuevamente contó con la ayuda de madame Zehrfuss, quien le dio los medios para instalarse en un pequeño departamento en la rue Bellechasse. Era el año 1981 y rápidamente su nombre se convirtió en el secreto mejor guardado entre las mujeres más elegantes de París. Las habitués al taller recuerdan que había máquinas de coser en todos los rincones, incluyendo el baño y la cocina. El sitio era tan pequeño que para mostrar su colección debía hacer tres desfiles por día durante una semana, puesto que entonces, como ahora, Alaïa ponía la mano en cada uno de sus trajes y vestidos. Siempre había una modelo viviendo in situ, disponible las 24 horas para probarse los diseños cuando fuera necesario. Naomi Campbell fue una de ellas. Un día, su clienta Cécile de Rothschild llegó con una misteriosa amiga: Greta Garbo. Alaïa creó para ella pantalones y abrigos masculinos. “Un sueño hecho realidad”, recordaría más adelante.

Poco a poco su talento se hizo conocido en el mundo entero como el modisto que, literalmente, esculpía sus vestidos sobre el cuerpo de sus clientas y por su corte a la vez impecable, chic y sensual. En 1985 recibió su primer ‘Oscar’ de la moda y fue nombrado Diseñador del Año en Francia, en una inolvidable ceremonia a la que asistieron Madonna, Yves Saint Laurent, Catherine Deneuve, Hubert de Givenchy y Audrey Hepburn, en la que la cantante Grace Jones lo llevó en brazos al escenario.

[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’] “El sistema de la moda está enfermo” [/highlight]

collageEl diseñador casi no da entrevistas, no ‘explica’ su trabajo, no cuenta sus influencias. Hace muchos años decidió abandonar el feroz circuito de los desfiles y presentar su colección solamente cuando él y su ropa están listos. Y si no lo están, no se hace problema: cuando participó en la semana de alta costura otoño-invierno 2011-2012 había estado ausente de las pasarelas durante ocho años. De más está decir que su regreso fue un evento. Asimismo, en 2007 recuperó su independencia al volver a comprar su marca al grupo Prada, que la había adquirido en el año 2000, y se asoció con Richemont (grupo dueño de Chloé, Cartier, Van Cleef & Arpels y otras marcas prestigiosas), que tiene la delicadeza de respetar su timing. “El sistema de la moda está enfermo. Los creadores deben producir cuatro colecciones para mujer, dos de hombres, una colección resort, otras dos para su propia marca… Por eso la moda ya no tiene esencia. Demasiadas colecciones, demasiado estrés. Un verdadero trabajo creativo exige tiempo”, dijo al diario The New York Times.

Alaïa es el anti-Lagerfeld y no esconde su antipatía por el hombre de Chanel. Un par de años atrás provocó un escándalo en el mundillo de la moda cuando declaró en una (excepcional) entrevista a la revista holandesa The Ground: “No me gusta su moda, su espíritu, su actitud. Karl Lagerfeld nunca tocó una tijera en su vida”, dijo, y aunque admitió su ‘capacidad’, considera que no hacen ‘el mismo trabajo’. “Un día hace fotos, el otro una publicidad para Coca Cola. Yo preferiría morir que ver mi cara en una publicidad en un coche”. Pero su opinión sobre KL no es nada ante el desprecio que le inspira Anna Wintour, directora del Vogue americano. “Cuando veo como se viste, no creo en su gusto ni un segundo. No ha fotografiado mi trabajo en años, a pesar de que las mujeres norteamericanas me aman (…) Muchos opinan como yo, pero no lo dicen pues temen que no publique su ropa. (…) ¿Quién la recordará en la historia de la moda? A Diana Vreeland sí, porque era tan chic y porque hizo trabajar en la revista a fotógrafos como Richard Avedon, pero ¿Anna Wintour? ¡No!”.

[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’]‘Papá’ de las top models[/highlight]

El modisto tunecino tiene ya un estatus de culto. Su compañía es relativamente pequeña -genera unos 65 millones de dólares cuando otras grandes marcas ganan cientos de millones por año- y a diferencia de la mayoría de los directores creativos de hoy, que son más administradores que modistos, él corta sus moldes, cose las muestras y sabe dónde debe ir cada puntada. Sublime trabajador, el tunecino sigue su camino prefiriendo ‘la ropa que dura’ a aquella que se apaga al fin de la temporada, e insaciable enamorado de las mujeres, confía: “Yo hago ropa, ellas la moda”. Las modelos que él descubrió o ayudó, como Naomi 6_250Campbell, Stephanie Seymour, Linda Evangelista o Yasmin Le Bon (todas ellas lo llaman cariñosamente ‘papá’), son también sus amigas y más fieles admiradoras. Campbell describe sus diseños como “mágicos: ningún vestido puede hacer sentir tan bien a una mujer como uno de Alaïa”. Y Stephanie Seymour sostiene que él “no diseña para la temporada, diseña para el cuerpo, comprende perfectamente la arquitectura de la forma femenina, cómo drapear, cómo usar los materiales”. Otras devotas seguidoras son Grace Jones, Gwyneth Paltrow, Victoria Beckham (que usa Alaïa cuando no lleva sus propias creaciones), Miley Cyrus, Carine Roitfeld, Carla Bruni, Sofia Coppola (él hizo su vestido de novia) y hasta Michele Obama, quien solo usa ropa de diseñadores americanos… y de Alaïa.

Pero no es solo un gran creador, sino también un coleccionista de la obra de modistos a los que siempre admiró (Madeleine Vionnet, Balenciaga, Madame Grès, Jaques Fath, Schiaparelli, Paul Poiret) y un gran conocedor de la moda. Creó una fundación para preservar sus archivos y su colección y apoyar a jóvenes fotógrafos, pintores, diseñadores y sobre todo a los aspirantes a modistos, porque “en las escuelas de moda ya no aprenden a cortar, solo dibujan”. Es muy probable que la fundación se aloje en el nuevo edificio que Alaïa inaugurará al mismo tiempo que la exposición en el Museo de la Moda, en 5 rue de Marignan, a dos pasos de la avenida Montaigne. Próximamente lanzará un perfume. Una pequeña concesión a las leyes del mercado que hoy es imprescindible para garantizar el crecimiento de la marca. Sus admiradoras lo esperan ansiosamente, seguras de que su fragancia será tan sexi como su ropa.