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Una vida más ecológica

Las personas que giran hacia lo natural o en ayuda del planeta tienen claras sus prioridades y encuentran en su decisión desde mejor salud hasta satisfacción personal. Aquí, algunos notables ejemplos

  • Macarena Anrique

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[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’]Reciclar todo[/highlight]


1_4x4A Paloma Prado (28) no le gusta botar nada. “Para mí los basurales son una pérdida de espacio y de plata. El reciclaje podría ser un buen negocio y da trabajo”, comenta. Por eso le da un uso a todo lo que para muchos serían desechos, y mensualmente solo deja para el camión de la basura una bolsa pequeña donde va todo lo que no tiene opción de reciclaje, como cintas adhesivas y pelusas y pelos que atrapa la aspiradora.

Cuando junto a su pololo formó su hogar, hace unos tres años, siguió el ejemplo de su mamá y llevó una compostera a su departamento. Ahora que vive en una casa, sigue con el compostaje y en un mesón de su cocina tiene una fuente para acumular lo orgánico. En el basurero va todo lo demás mezclado y cada tres semanas separa los residuos y los lleva hasta los diferentes lugares de reciclaje como los que tiene Triciclos.cl, donde entrega los plásticos. “Me demoro media hora, es supersimple y me gusta hacerlo”, dice. Papeles como servilletas y boletas le sirven para hacer tierra de plantas ornamentales. Además, Paloma recicla la ropa y hace retazos que usa para relleno o para las camas de sus dos gatas: Lira y Estela. Los escombros que surgen de arreglos los lleva a Pedro de Valdivia, cerca de la intersección con Agrícola, lugar donde se cargan camiones con metales y diferentes tipo de papel. Los artículos de plástico, como los lápices, los introduce en botellas para hacer ecoladrillos.

“Lo adopté como forma de vida y por eso evito comprar cosas que no se reciclan. Ahora tengo un cepillo de dientes de bambú y para lavarme uso lufa o esponja de mar. Trato de utilizar productos que vengan en envases biodegradables y participo hace dos años en una cooperativa de alimentos, con un grupo de unos 16 amigos. Compramos al por mayor y a granel, y luego hacemos un día de repartición. Voy al supermercado cada dos meses para traer papel higiénico, latas de pescado que se puedan reciclar o el café en envase de vidrio”.

[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’]Abandonar Santiago[/highlight]


2_300Hace un año y medio, Ernesto Dattari (37) dejó Santiago para instalarse en la ecoaldea Eluwn, ubicada en Loica, provincia de Melipilla. Ahí, a 110 km de Santiago, crece un bosque esclerófilo, viven cerca de 30 especies de aves, se cultivan vegetales en una huerta, existen construcciones comunitarias para meditar o practicar yoga, y hay un sendero interpretativo con siete estaciones que se puede visitar previa coordinación.

Tomó la decisión luego de trabajar como ingeniero comercial en una oficina, formar una consultora y experimentar con la agricultura orgánica. En 2008 conoció el proyecto de restauración ecológica de Eluwn, en cuyas 15 hectáreas se vive en contacto con la naturaleza y de manera sencilla, generando un mínimo impacto en el ecosistema.

Al igual que los otros propietarios, Ernesto posee un porcentaje de la tierra y tiene derecho a construir y a participar del proyecto, pero sobre todo pudo concretar su anhelo de vivir acorde a sus intereses. Desde 2011 usa agua de vertiente, emplea baños secos para no contaminar las capas freáticas, y crea condiciones para que la vegetación se expanda espontáneamente. “Cuando viajo a Santiago, tres o cuatro días al mes, trato de disfrutar la ciudad y pasarlo bien. Claro que también me resfrío y me pego los bichos. En Loica suelo mantener una buena salud”, agrega.

Dos veces a la semana realiza clases de huerto en el liceo de la comuna a un grupo de niños que tienen problemas de aprendizaje: “Hacemos compost y vamos a empezar con almácigos”. También tiene un negocio de semillas orgánicas (Siembra Vida). Además de comercializarlas, enseña a sus clientes cómo hacer una huerta.

Este año construirá su casa definitiva con madera y barro, y no hay posibilidad de que vuelva a Santiago: “Es que la vida que tenía antes no tiene nada que ver con esta, y vivir en un departamento no colmaba mis expectativas”.

[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’]El auto por la bicicleta[/highlight]


3_340Desde el verano pasado, Ximena Torres (34) llega a su trabajo en bicicleta. Como tiene un puesto de oficina en un banco, a veces pedalea con falda, pero siempre con zapatillas. “Tengo zapatos en el trabajo y también me cambio la parte de arriba”, explica.

En sus recientes vacaciones en San Pedro de Atacama arrendó una bicicleta para salir de paseo. No había tomado una desde hacía muchos años, pero a partir del contacto con la naturaleza decidió que al volver a Santiago se compraría una ‘mountain bike’: “Diseñé una ruta desde mi casa, en Ñuñoa, hasta mi trabajo en el centro; averigüé dónde podía dejar la bicicleta de manera segura, y encontré un estacionamiento a dos cuadras de mi oficina donde me cobran 500 pesos diarios. Me encanta porque llego hiperactiva, no tengo que lidiar con el tráfico, hago deporte y hasta he bajado un par de kilos. Además puedo apreciar la naturaleza, porque cuando andas en auto no te das el espacio para mirar al lado, ver lo verde; con bicicleta te vas por los parques y descubres cosas que no habías visto”.

[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’]Vegetales y huevos caseros[/highlight]


4_340En 2012, después de participar en un taller del Huerto Hada Verde, el artista visual Nicolás Labadía (28) implementó una huerta en la parcela que tiene su familia en Linderos. “Hay almendros, duraznos, nogales, membrillos, higos y ahora quiero plantar muchas hierbas culinarias como romero, rúcula y salvia. Además hay diez gallinas y un gallo así que tenemos huevos caseros, unos cuatro diarios en invierno. Queremos abastecer con estos alimentos la casa de mi papá, la de mi hermana y la mía”, afirma.

Explica que su decisión nació de un permanente descontento con el sistema alimentario actual, en el que se introducen elementos químicos: “Antes era solo una postura política, ahora además es práctica y lo aplico en mi alimentación”.

Su padre plantó los árboles frutales hace algunos años y nunca han ocupado fertilizantes o agroquímicos. Gracias a las gallinas cuentan con abono natural y, desde este año, Nicolás está haciendo compost. Poco a poco aprendió más técnicas, suele informarse en sitios web especializados como Cultivourbanos.org, y también conoció las instalaciones de Biohuerto UC. “Estoy casi absolutamente dedicado a eso”, asegura. Los fines de semana va a Linderos y de lunes a viernes vive en Santiago, donde también cultiva. En la azotea de su edificio, ubicado en el centro de Santiago, ideó junto a su pareja, Pilar, lo que bautizaron como ‘huerto en las nubes’, con vista a los cerros San Cristóbal y Santa Lucía. A la iniciativa se sumaron 16 vecinos y juntos tomarán clases para aprender técnicas de cultivo. “La idea es contar con nuestros vegetales y compartir lo que se coseche. Si logramos obtener un 30% de lo que usualmente consumimos, creo que será un gran logro. Es un tema económico y de salud. Desde que comenzamos a alimentarnos con productos caseros me noto mucho más estable y energético. Además, el contacto con la naturaleza es una válvula de escape increíble”, dice.

[highlight color=’#81caea’ text-color=’#ffffff’]Vegetarianos y sin televisión[/highlight]


5_340Hace aproximadamente ocho años, Pilar González (34) y Pablo Cortés (36) iniciaron una vida que sigue los ritmos de la naturaleza. Cuando se conocieron, ambos estaban dejando de comer carne, y hace cinco años eliminaron el único televisor que había en su casa. Tal como ellos, sus hijos de ocho y seis años son vegetarianos y no ven televisión. “Quiero criar a mis hijos para que sean personas buenas y para eso tengo que darles atención y alimentarlos bien. La decisión tiene que ver con que somos una familia y hemos estructurado nuestra vida para ella. Pilar trabaja en la casa y yo, a menos de una cuadra, donde tengo mi escuela de yoga, entonces podemos pasar mucho tiempo juntos”, dice Pablo.

Dejar de mirar TV fue un proceso natural. “El que teníamos era de mi hermana y cuando nos lo pidió, nos dio lo mismo porque no la veíamos”, cuenta Pilar. Actividades no les faltan, desde ver películas en el computador hasta ir al huerto que Pablo tiene en su escuela. Cuando no está trabajando en la preparación de los queques que comercializa, Pilar también teje en su telar, lee o está con los niños que se entretienen con cosas simples. “De repente se aburren y está bien porque la creatividad también aflora en esos momentos. La profesora del colegio nos ha dicho que se da cuenta cuando un niño no ve mucha televisión porque es más creativo y tiene más disposición a aprender”, comenta Pablo.

Pilar y Pablo terminan su jornada laboral a eso de las seis de la tarde y se acuestan cerca de las diez, o a las nueve cuando es invierno. Se levantan a las seis de la mañana. Pilar duerme por lo menos ocho horas y sus niños, diez o doce.
Almuerzan juntos en una mesa donde no se sirve carne. Cuando Pilar estudiaba cocina visitó el matadero y le impactó el sufrimiento de las vacas y la cara de las personas que trabajaban ahí. Entonces comenzó su proceso vegetariano. “Fue de a poco, no me lo impuse”, dice. En el caso de Pablo, la práctica de yoga lo volvió muy sensible: “Notaba que cuando comía carne el cuerpo estaba más pesado y mentalmente me sentía más lento. Al dejarla, sentí todo lo contrario. Además, los vegetales tienen sabores superdelicados y te acostumbras. Como la gracia de la carne es que es sabrosa, el vegetariano debe ingeniárselas para preparar rica comida, y entonces empiezas a conocer sabores, especias y otros productos. A nuestros amigos les gusta visitarnos porque comen cosas raras y ricas”.