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Cambiar es un derecho

Cuando recién comenzaba a asomarme a la vida adulta, estaba convencida de que el valor de las personas consistía en permanecer inalterables, fieles a sus creencias

  • Carla Guelfenbein

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1_okCuando recién comenzaba a asomarme a la vida adulta, estaba convencida de que el valor de las personas consistía en permanecer inalterables, fieles a sus creencias, a sus ideas, a su forma de vida, por el resto de sus existencias. Creía que abandonar cualquiera de ellas constituía una traición.

Hoy, aquellas ideas juveniles no solo me parecen erradas, sino que constituyen la base de los fanatismos que tanto daño le hacen a la humanidad.

Fue la vida misma la que me mostró mi equivocación. Mi historia está hecha de un cúmulo de cambios, de saltos mortales, y cada uno de ellos ha tenido un costo, pero ha significado sobre todo un sustancioso paso adelante.

Cuando terminé de estudiar biología en la Universidad de Essex, uno de los ‘colleges’ de Cambridge me ofreció una flamante beca para que continuara allí mis estudios. Sin embargo, a pesar de que la ciencia me apasionaba, no me imaginaba el resto de mi vida en un laboratorio. El problema es que tampoco tenía claro cuál era mi lugar. Además de la ciencia, me gustaban la literatura, el diseño, el arte, pero no sabía cómo hacer confluir todo aquello. De no tomar la oportunidad que me ofrecía la universidad en ese momento, la perdía. Decidí dejarla ir. Fue un tiempo difícil, de transiciones, de búsqueda. Trabajaba en una tienda de zapatos en el barrio de Hamsptead, en Londres, al tiempo que escribía y diseñaba cuentos para niños que explicaban los procesos biológicos de la naturaleza. Al cabo de un año con este proyecto, postulé a una de las mejores escuelas de diseño de Londres y quedé aceptada. Unos años después me recibí de diseñadora. Volví a Chile con mis flamantes títulos bajo el brazo y pronto había encontrado trabajo como diseñadora. Trabajé en esta labor por largo tiempo, en agencias de publicad, revistas y en mi propia oficina de diseño, y durante todos esos años nunca dejé de escribir. La lectura y la escritura habían sido siempre mi refugio. No importaba dónde estuviera ni cuán adversas fueran las circunstancias que me rodeaban, siempre estaba ese lugar que me pertenecía, que era mío, y que nadie podía arrebatarme. Nunca imaginé que esa labor que yo hacía en soledad podía transformarse en mi actividad principal. Era un mundo tan íntimo, que me parecía impensable compartirlo con el resto. Poco a poco, sin embargo, la necesidad de pasar más y más tiempo leyendo y escribiendo se volvió apremiante. Un poco antes de cumplir los 40 años decidí dar el salto. Abandoné mi carrera de diseñadora, sabiendo que al renunciar a mi trabajo no podría volver a él, y me encerré en mi casa a escribir. Mi primera novela, El Revés del Alma, es fruto de aquel salto.

Contado así, todo parece muy fácil. Pero es evidente que no lo fue. En cada uno de estos cambios sentí el más profundo de los miedos. No tenía ninguna certeza de lograr escribir una novela, ni menos aun de publicarla. De ser una profesional exitosa, pasé de pronto a ser una mujer que escribía una novela incierta, encerrada en su casa. Recuerdo que muchos me miraban con cierto recelo. Sin embargo, dentro de mí había una voz que me decía que debía intentarlo, que valía la pena, y que si me sumergía con total y absoluta convicción en mi labor, llegaría al otro lado.

Si hoy estoy aquí, haciendo lo que me gusta, viviendo rodeada de libros y palabras, es sin duda porque esa voz primó sobre las otras. La mujer y la escritora que soy hoy son producto de todas esas experiencias, y mi formación como bióloga y diseñadora, tanto en su contenido académico como los mundos que estas disciplinas me permitieron explorar, es fundamental.

Mirando hacia atrás, la razón por la cual cada una de estas etapas se sumó a la otra en lugar de restarse, es muy simple. En cada una de ellas me entregué entera, me la jugué con todo, sin escatimar en esfuerzos ni en pasión. Y esto, pienso, es esencial. No se trata de ir buscando el destino a ciegas, o de ir saltando de una cosa en otra como en una rayuela, arrojando la piedrecita adelante, a ver si con suerte llegamos al cielo. El destino se busca comprometiéndose con uno mismo y con lo que hacemos. Los cambios requieren de un buen grado de valentía y humildad, pero mucho más aun, de responsabilidad, compromiso y pasión.

Hoy, después de haber cambiado de piel varias veces, mis dogmas de juventud quedaron atrás. Ya sé que la vida es flexible, que así como tenemos derecho a educarnos, a vivir dignamente, a amar, también tenemos derecho a transformarnos.