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Zapping Hombres: Rodrigo Latorre

Es el fundador y director musical de Mosquitas Muertas, el grupo de rock infantil que está renovando la música para niños: la matriz de sus composiciones es el rock, pero también se cuelan sonidos balcánicos o celtas, soul, cuecas, ritmos andinos, bossa nova, jazz, polca y un sinnúmero de referentes sonoros. El 11 de agosto lanzarán su segundo disco homónimo, y darán tres recitales en Santiago, uno de ellos en la Aldea del Encuentro, en La Reina.

  • Veronica San Juan

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1_320Se había corrido la voz -y también los videos en YouTube- y se las estaban pidiendo desde algunos jardines infantiles. La agradable presión de las educadoras de párvulos motivó al profesor de música y director del grupo La Mano Ajena, Rodrigo Latorre, a grabar las canciones que venía componiendo para sus alumnos de prekínder y kínder del colegio San Leonardo de Maipú. Y lo hizo de un modo bien familiar: registró los 18 títulos del disco Canciones para Jardinear (2011) en su casa; Alfredo, su hijo mayor, percutió la batería; su amiga Danka Villanueva tocó violín, viola y violoncello, y él cantó y tocó una variedad de instrumentos de teclado, vientos y cuerdas, entre ellos el ukelele.

Rodrigo habla de la prehistoria de Mosquitas Muertas: “Cuando comencé a hacer clases para preescolares entendí el aprendizaje desde lo lúdico: si no había historia, teatro y humor, no existía ninguna posibilidad de establecer un vínculo con los niños. Hacer un repertorio para ellos, y con ellos, fue un desafío”.

Pronto Mosquitas Muertas se convirtió en un colectivo conformado por la violinista Danka Villanueva, el baterista Samuel Álvarez, el saxofonista [pull_quote align=’right’] “La música infantil cambió; en treinta años dio un vuelco y no podemos vivir de la nostalgia”, dice el director de Mosquitas Muertas. [/pull_quote]Sebastián López, y tres de sus ex alumnos del colegio San Leonardo: Catalina Esparza, Julio Esparza y Rodrigo Contreras. Juntos definieron sus principios musicales. La matriz de las canciones seguiría siendo el rock, transitarían por distintos referentes sonoros, pero ampliarían su público: cantarían para niños de 4 y 5, pero también para los de 8, de 10, de 14 y más. Y como había que jugar en el escenario, crearían personajes de ficción que narrarían las historias.

“El Lobo Ferock y sus mosquitas muertas viven en un mundo que no responde a sus intereses, porque es un lugar liviano, superficial, consumista. Ellos quieren formar un buen equipo y salir a conquistar el mundo con su banda de rock. El Lobo Ferock es un antihéroe simpático, que hace ver las cosas de manera distinta, y es capaz de pronunciarse no solo de ecología y de autocuidado. En el último disco, por ejemplo, habla de los derechos de los niños, porque ellos tienen que conocerlos, y también deben saber de política, para que el día de mañana sean ciudadanos activos”, explica.

La mayoría de las canciones van acompañadas de un sketch, el relato de una situación dramática, y de coreografías. Y aunque sea rock, el volumen del sonido ha sido regulado para los oídos infantiles. “Los recitales son muy participativos. A veces hemos terminado con 60 niños arriba del escenario”, cuenta Rodrigo.

Elegir el rock como matriz implica un cambio de paradigma en la música infantil. ¿Por qué decidiste que fuera ese género y no otro? Porque era contradictorio sostener un modelo sonoro cuando el resto de las plataformas habían cambiado. A través de los juegos y de las películas los niños se encuentran con música de AC/DC, de Metallica o The Police… La música infantil cambió; en treinta años dio un vuelco y no podemos vivir de la nostalgia. Este disco es muy roquero, pero nos paseamos por el heavy metal, el thrash metal, el rhythm & blues, el psychobilly, el jazz, y otros sonidos. Y lo hacemos intencionalmente para que los niños viajen y reciban estímulos de otras músicas.