Columnas

Queremos minos ricos

Esta es una teoría personal: en Santiago de Chile (no puedo hablar de otras ciudades), las mujeres nos vemos mucho mejor que los hombres.

  • Carolina Pulido

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Esta es una teoría personal: en Santiago de Chile (no puedo hablar de otras ciudades), las mujeres nos vemos mucho mejor que los hombres. Es una aseveración delicada y hasta polémica, pero que nadie podría negar. Vaya a Providencia y observe. O métase a un mall. Jóvenes, madres, ejecutivas, señoras un poco mayores, todas andan impecables. Una gran mayoría luce un cuerpo, digamos, más que decente, y saben cómo vestirse para destacar lo destacable y estar más o menos a la moda. Cuidan su piel, su pelo, se maquillan bien y hoy en día hasta se hacen las manos y los pies, lo que siempre denota coquetería. Uf, me agoté de solo pensar en tanto esfuerzo, y eso que ni siquiera incluí a las más pudientes que invierten en masajes reductivos, botox y otros adelantos de la ciencia que prometen lo mismo que el hada buena de Cenicienta.

Al otro lado de esta abrumadora inversión de tiempo, plata y energía -con resultados que saltan a la vista- están ellos, nuestros hombres. No quiero bajarles su autoestima con esta columna, pero lo cierto, queridos lectores, es que ustedes no están llegando bien a esa etapa que podríamos situar a partir de los 35 años de edad. Porque jóvenes guapos hay por montones. El problema viene después, cuando se empiezan a ver los estragos de la cerveza y la piscola en sus otrora lisos abdómenes. O cuando se casan y dejan de considerar importante mirarse al espejo todos los días. O cuando comprarse ropa pasa a ser una molestia que se soluciona fácilmente en el supermercado de la esquina. O cuando empiezan a notarse demasiado esos espacios de sus cabecitas que ya no tienen pelo (lo siento: creo que esto último no califica ya que no tiene solución. Al menos no una pagable. O sea, es lo mismo que la celulitis para nosotras… terrible, no saben cómo los entiendo).

El asunto es que ya es hora de que incorporen a sus discos duros la importancia de cuidarse. Queremos minos al lado, no mamarrachos. Es hora de superar ciertos complejos culturales que nada aportan y darse cuenta de que la vanidad es bisexual. Todos deseamos ser lindos, no solo las mujeres, para qué esconderlo a estas alturas ¿no? Así es que mírense al espejo sin trancas, vístanse con conciencia (vitrinear y probarse ropa es un placer que nunca es tarde para descubrir), cuiden sus barbas y, oh sí, usen crema hidratante para que su piel no se sienta ni parezca una lija (y no estoy hablando del after shave, que para muchos cavernícolas es el único producto aceptable más allá del jabón). Y si usted, amigo, no quiere arrugarse antes de tiempo, use crema antiedad. Por qué no. Y haga dieta si no quiere tener una guata que le resta atractivo. Ahora, si además le da el entusiasmo para hacer ejercicio, tanto mejor. Un último consejo: ¿sabía usted que también existen variados cortes de pelo para hombres? No se trata solo de meter tijera y cortar. Usted puede ir donde un buen peluquero, invertir un poco más y verse muchísimo mejor. Créame. Y si tiene la mala fortuna de estar ad portas de la calvicie, salúdela, acéptela y mantenga un digno y sexi look semirrapado. Nada peor que intentar ocultar la pelada: se nota y resulta patético.

Sin embargo, debo ser enfática en un punto de la mayor relevancia: no se me vaya a pasar para el otro lado, querido lector. Que no se le ocurra comenzar a tomar anabólicos para desarrollar el bíceps o comprarse poleras apretadas cuando crea que ya está en forma, porque eso resulta menos atractivo que su actual ponchera. Tampoco se vaya a colgar de algunas espantosas tendencias que cobran cada día más devotos, como perfilarse las cejas (ponga atención, que está lleno de jóvenes que lo hacen) o depilarse el pecho. Por favor, no cometa tal error. En palabras simples: No al metrosexual. Sí al peludo. No al gordito simpático. Sí al macho vanidoso bien vestido, oloroso y en forma, pero macho recio al fin. Ya sé, ya sé: dirá que no sabemos lo que queremos. Mucho ojo: eso parece, pero es al contrario. Sabemos exactamente qué queremos. Y cómo. Y cuándo. Y d