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El secreto de la madurez

Hace algunos días, en un momento de debilidad, hicimos con mi hija de 19 años uno de esos test que aparecen en las revistas de sicología.

  • Carla Guelfenbein

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_340x340Hace algunos días, en un momento de debilidad, hicimos con mi hija de 19 años uno de esos test que aparecen en las revistas de sicología. En este, el objetivo era medir la edad de “nuestro yo interior”. Tan solo el título debió hacernos desistir, pero todos somos humanos, y ambas sucumbimos a la tentación. Las preguntas eran del estilo: Tu jefe te reprocha algo, en parte con razón. 1.- Le explicas tu error y subrayas la parte positiva del resto. 2.- Escuchas cabizbajo/a y esperas que se le pase. 3.- Te gustaría dimitir al instante. Otra pregunta: Para una cena de amigos, te decantas por un restaurante: 1.- Donde toquen grupos de música independiente. 2.– Con decoración típica de un piano bar. 3.- Con concurso de improvisación o karaoke. 4.- En el que se pueda bailar salsa. La verdad que es difícil imaginar cómo de esas preguntas podría surgir algo tan profundo como la edad de nuestro yo interior. Pero, bueno, los ‘testólogos’ tendrán sus sistemas, nos dijimos, y nos fuimos a los resultados. Estos sí que resultaron asombrosos. ¡Nuestros yos interiores tenían ambos entre 16 y 18 años de edad! No sabía si alegrarme, morirme de vergüenza o deprimirme.

Cuando leímos lo que las diferentes edades interiores conllevaban, nos quedamos aun más sorprendidas. Antes de los 18 años todo era vida, y después de los 25 todo era resignación y aburrimiento. Ahora no me parecía tan extraño que yo no hubiera alcanzado ni siquiera los 25. Siempre he abominado la falta de madurez en las personas. Detesto a esos ‘Peter Pan’ femeninos o masculinos, que andan por la vida como los adolescentes que hace tiempo dejaron de ser. Resulta patético ver a hombres ya entrados en años, en kilos, en arrugas y calvicie, haciéndoles guiños a las chiquillas, y ellas pensando que tal vez al ancianito de al lado le entró una mugre al ojo. Pero no me había dado cuenta de que tanto se ha insistido en el asunto de la madurez, que hemos perdido por completo las coordenadas. Nos han hecho creer que alcanzar la madurez es conseguir un estado de absoluto contentamiento, de aceptación y adaptación a las circunstancias. Lograr la madurez es estar ‘tranquilo’, ir con el paso de la vida, gozar con las pequeñas cosas sin aspirar a las grandes, ser capaz de contentarnos con lo que somos y lo que poseemos, y, sobre todo, cuidar el mundo que hemos construido. Aunque esto signifique aburrirse a pastos. La madurez, nos han hecho creer, es el final del camino. Allí todo se detiene y comienza el desarrollo de las actividades pacíficas y seguras. En la madurez se acabaron los riesgos, los ensayos, los intentos, los cambios. Es la hora de cosechar, no de plantar. No importa que la recolección no sea abundante, porque la madurez es también saber aceptar la vida tal cual es, sin pedirle grandes cosas, sin quimeras. La madurez es ese estado de ‘normalidad’, en el cual cada cosa posee un lugar exacto e inamovible. La madurez, vista así, es casi como meterse adentro de un sarcófago y esperar con los ojos abiertos que la muerte venga a buscarnos.

Yo hace rato que me considero una mujer madura, pero me niego rotundamente a entrar al sarcófago. ¿Qué tal si miramos las cosas de otro modo? ¿Qué tal si pensamos que la madurez es por fin saber exactamente qué es lo que se quiere y anhela, y luchar por ello hasta alcanzarlo? ¿Qué tal si pensamos que la madurez es reconocer nuestras cualidades y nuestras aptitudes, confiar en ellas y con seguridad y aplomo abrir la puerta hacia el futuro que aspiramos? ¿Qué tal si pensamos que la madurez es saber tomar riesgos con responsabilidad y conocimiento? La madurez, queridos lectores, y es importante que esto no se les olvide nunca, no es sinónimo ni de aburrimiento, ni de vejez, ni de mediocridad. La madurez es justamente el momento para arriesgarlo todo con todas las posibilidades de ganar. Ese es el secreto de la madurez.