Hombres

Andrés Waissbluth

Pintar la escena de un cuadro puede ser muy parecido a realizar una pelí­cula. La misma emoción, la misma satisfacción, pero sin más protagonistas que el artista.  Eso cree este cineasta, quien tras filmar dos cintas y vivir una quiebra económica retomó la práctica pictórica que habí­a abandonado durante once años. El proceso culminó en Sin Tiempo, su primera muestra, que se puede ver hasta el 30 de octubre en la Posada del Corregidor.

  • Revista Mujer

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No. Cómo iban a creer en él si era tan torpe con las manos, obtenía solo notas inferiores a 4 en el ramo de técnicas manuales y, además, tenía una hermanastra que pintaba fantástico. No. Él no sería un artista, pensaba su familia.

Sí. Cómo no confiar en él si aunque careciera de técnica sus pinturas eran tan expresivas. Eso opinaba su profesora de artes plásticas, quien siempre lo calificaba con nota 7. “Andrés, tienes talento artístico”, le decía la mujer.

Entre ese no de la parentela y ese sí de la pedagoga apostó por el determinismo familiar, estudió economía en la UC, luego cine en Cuba y se convirtió en director, pero tres años antes de estrenar Los Debutantes, su primera cinta (2003), comenzó a pintar los edificios que veía desde su departamento. “Pero vino la película y luego otra (199 Recetas para Ser Feliz), tuve hijos y nunca más pinté”, cuenta. Nunca más hasta once años más tarde, cuando su nueva pareja, la reconocida fotógrafa Valeria Zalaquett, le regaló acuarelas, telas y un atril para su cumpleaños 37. Era el 9 de octubre de 2010. “Me di cuenta de que mi trabajo no solo no había decaído, sino que había mejorado, y en ese momento dije ‘voy a hacer seres humanos”. Esos humanos conforman Sin Tiempo, su primera exposición. “Esto es lo que resultó, sin clases de por medio, y yo lo adjudico a que maduré en dos ámbitos: maduró mi ojo detrás de la cámara y mi confianza de que puedo hacer cosas”, reflexiona mientras repasa visualmente sus acuarelas.

¿Cómo se combina esta mirada de pintor autodidacta con tu perspectiva de cineasta? Hay una mirada cinematográfica en el sentido de que hay drama o emoción ocurriendo; no es una abstracción. Yo utilizo la pintura para aplicar un lenguaje emocional o narrativo que tiene más referentes en el cine que lo que hoy se hace en el arte contemporáneo.

¿Cada uno de estos cuadros podría ser la escena de una película? Todos. De hecho en algún momento pensé que la exposición se podía llamar Las Películas que No Haré. Me encantaría dirigir una película de un astronauta, pero como no la voy a hacer, la pinto. Además, todo este proceso surge después de que me fue mal económicamente con 199 Recetas para ser Feliz. Quebré, hipotequé mi casa. Drama. De alguna forma, empecé como una reacción al aparataje cinematográfico, que es muy complejo, de mucha presión, y eso te afecta artísticamente. Igual voy a dirigir de nuevo en el verano: creo que la pintura me ayudó a reencantarme con el proceso artístico y me permitió volver a filmar.

¿Estuviste a punto de desertar del cine? No estaba a punto de desertar: estaba desertado. Me sentía deprimido. No quería hacer nada de nada.

Hermanitos es el nombre tentativo de la producción que narrará las peripecias de los hermanos Lalo y Roberto Parra cuando tenían 10 y 8 años, respectivamente. Aventuras de sobrevivencia de dos chiquillos pobres que el ‘tío’ Lalo le relató. “Cuando me las contó la primera vez yo le dije ‘pero tío Lalo, podría hacer una película con esas historias’. Un tiempo después le pidió a su señora que me buscara, lo fui a ver y me dijo ‘tienes que hacerla’, y ¿cómo le iba a decir que no al tío Lalo?”.