Belleza

El estilo también viene en frascos

La humanidad usa perfumes, aceites y ungí¼entos desde hace miles de años. Los antiguos egipcios utilizaban bálsamos perfumados en las ceremonias religiosas y como parte de los preparativos previos al amor. Los ricos romanos tení­an en sus casas una habitación dedicada a crear productos aromáticos. Los perfumes cayeron en desuso a principios del cristianismo, pero volvieron con fuerza en la Edad Media y alcanzaron gran popularidad en el siglo XVIII. Pero la era del perfume como lo conocemos hoy tuvo su origen a fines del siglo XIX, gracias a los adelantos de la quí­mica que permitieron crear productos sintéticos que reemplazaron ciertos ingredientes muy caros y difí­ciles de obtener.

  • Revista Mujer

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Hasta fines del siglo XIX, principios del XX, la perfumería estaba muy anclada en el mundo de la cosmética y de la farmacia -dice Anne-Sophie Trebuchet- Breitwiller, socióloga del consumo y profesora del Instituto Francés de la Moda-;  la relación del perfume y la moda se construyó a partir de los años 20 cuando los modistos como Jeanne Lanvin, Molineux y Worth comenzaron a proponer nuevas fragancias para acompañar sus colecciones. A diferencia de lo que suele creerse, los perfumes entonces no estaban destinados a perdurar: por ejemplo, entre 1924 y 1926 Jeanne Lanvin lanzó nada menos que diez fragancias”.

Trebuchet-Breitwiller distingue cuatro etapas en esta relación: 1) el nacimiento del perfume de modisto, en los años 20; 2) el perfume de marca, que surge en los años 70; 3) la aparición, en los años 90, de los creadores de perfumes que trabajan exclusivamente para una marca, y 4) las casas de moda que devienen en nombres de perfumería, el fenómeno que presenciamos ahora. En efecto, hoy en día las enormes superproducciones que las marcas ponen en marcha cuatro veces por año con ocasión de los desfiles de prêt-à -porter y alta costura no sirven para vender prendas sino para propulsar la venta de carteras, gafas, productos de cosmética y perfumes. Sobre todo estos últimos, probablemente los únicos accesorios de lujo asequibles a casi todos los bolsillos.

Si la mayoría de los perfumes suelen imponerse gracias a un nombre ya instalado en la moda, rápidamente se convierten en la máquina que mantiene en vida ese mismo nombre. Los ejemplos abundan: Jean-Paul Gaultier es una casa deficitaria, pero sus perfumes hacen una cifra de 200 millones de euros anuales. Thierry Mugler se había retirado de la moda hacía ya seis años cuando en 2011 los propietarios de la marca decidieron relanzar el nombre con un nuevo director artístico y un desfile hipermediatizado, con Lady Gaga como estrella principal. Semejante inversión estaba sustentada por un ángel, más exactamente por Angel, el perfume de Mugler, que ocupa desde hace veinte años los primeros lugares en ventas a nivel mundial. Ídem con Paco Rabanne, propiedad del grupo español Puig, que volvió a los podios tras una larga ausencia, relanzado por el fabuloso éxito de los perfumes One Million y Lady Million.

Pero la moda es un negocio, la perfumería es otro. Y todas las fragancias bajo nombres que evocan el frufrú de sedas maravillosas y prendas extraordinarias están en manos de los grandes grupos de cosméticos como L’Oréal (Armani, Ralph Lauren, YSL), Procter & Gamble (Hugo Boss, Gucci, Lacoste), LVMH (Dior, Givenchy, Kenzo), Coty (Marc Jacobs, Balenciaga, Calvin Klein), Inter Parfums (Burberry, Lanvin, Van Cleef) o Puig (Nina Ricci, Paco Rabanne, Jean Paul Gaultier). La excepción: Chanel, la única marca propietaria de su propia fábrica.

 Chanel y sus seguidores                      

 Los orígenes precisos de Chanel Nº 5, el más icónico de los perfumes, son material de leyenda. Al principio, Coco no quería saber nada del negocio de la fragancia, pero el perfumista francés Ernst Beaux le hizo cambiar de opinión. Beaux le propuso dos series de fragancias, etiquetadas una del  1 al 5, la otra del 20 al 24. Coco eligió la Nº 5, su número de la suerte. Lanzado en 1921, el éxito fue inmediato. Su composición, a diferencia de los perfumes de la época basados en una sola esencia, se apoyaba en rosa, jazmín, flor de naranjo amargo, sándalo, vainilla y vetiver, y sobre todo contenía aldehídos, un entonces nuevo compuesto orgánico del que, según los análisis, hay una ligera sobredosis. Se dice que esta sobredosis fue consecuencia de un error, pero los historiadores del perfume coinciden en que el equilibrio entre las esencias y los compuestos químicos es tan perfecto que solo podía ser intencional. En cuanto al frasco art deco, cuyas líneas ascéticas y depuradas nada tenían que ver con los de su época, fue diseñado por Jean Helleau en 1924 a la imagen de los frascos del neceser de viaje que había pertenecido al amante de Chanel, Arthur ‘Boy’ Capel. Treinta y cinco años después es considerado un objeto icónico.

Tras la Segunda Guerra surgían nuevos nombres en la moda: Christian Dior, Nina Ricci, Balenciaga, Givenchy, a quienes en los años 70 se sumó la ’nouvelle vague’ de creadores como Issey Miyake, Giorgio Armani, Calvin Klein y, por supuesto, Yves Saint Laurent, cuya colección de inspiración china de 1977 fue concebida -una primicia- para sostener el lanzamiento de Opium. Todos ellos hacen lo esencial de sus entradas gracias a los perfumes.

Muchos factores entran en juego en la elección del perfume. La clase social con la que una persona se asocia o con la cual desea que se le asocie es uno de ellos. La publicidad es la encargada de abrir la puerta de esos universos evocadores de riquezas, de sofisticación, de romance que provocan nuestro deseo y guían nuestro consumo, de manera consciente o no. La elección de celebridades que los encarnan juega también un rol importante pues estas estimulan la identificación del consumidor. La estrella -ya sea Charlize Theron, Natalie Portman, Kate Winslet, Scarlett Johansson, Nicole Kidman o Keira Knightley-, bella y seductora, se convierte  en  un modelo con el cual identificarse con apenas unas gotas.

Cómo se ‘piensa’ un perfume


El perfume evoca y transmite una emoción, pero ¿qué hay más fugitivo que una emoción o una sensación olfativa? Es lo opuesto al largo proceso de creación de la fórmula de un perfume que lleva de cuarenta a cincuenta ingredientes que deben combinarse perfectamente entre sí.

Michel Roudnitzka, perfumista de la marca Fréderic Malle, habla de dos etapas esenciales en la creación de una fragancia: la primera, el esbozo de acuerdo a seis y diez materias que constituirán el “armazón del perfume”. “La etapa más exaltante”, en la que se exploran varias direcciones “y que suele reservar sorpresas muy estimulantes”, detalla. La segunda parte, la más larga, consiste en “humanizar” esa estructura y darle fineza, “equilibrando sus compuestos para que no sature, no incomode y que responda a las necesidades del mercado”. Esta suele ser la etapa más descorazonadora, pues el perfumero, en contacto con el mismo producto durante meses, “puede perder su inspiración original”.  Roudnitzka recomienda interrumpir el trabajo sobre un producto y pasar a otro para redescubrirlo semanas después. Una tercera etapa, diferente pero también difícil, es la confrontación con los comanditarios, cuyas opiniones pueden ser contradictorias “y a las que habrá que satisfacer, a veces haciendo dolorosas concesiones.”.