Moda

Stella cambia las normas

De hija de leyenda del rock a diseñadora con éxito propio. En once años, Stella McCartney ha rebasado expectativas y ha convertido su marca en un sí­mbolo del diseño femenino y de la tendencia ecológica y sostenible.

  • Revista Mujer

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Tiene los mismos ojos azules que su padre e idéntico corte de cara. Melena rubia perfecta, piel translúcida, maquillada imperfectiblemente. Amable, casi cálida, Stella McCartney ofrece de entrada, cómo no, un té en la sala de reuniones de su oficina de Londres, un edificio austero por fuera y blanco por dentro, que comparte con la Fundación Louise Blouin -una organización para promover la cultura y la creatividad-; pero cuando aprietas su mano en un gesto protocolario, lo haces como si estuvieras saludando a la reina de Inglaterra. No puedes olvidar que estás ante la hija de uno de los cantantes más famosos del mundo y un miembro activo de la élite de la moda que se codea con las más famosas modelos y actrices de Hollywood.

Stella McCartney es más guapa al natural que en las fotos. Muy delgada, viste de ella misma de los pies a la cabeza: jeans tobilleros, blusa azul de diminutos topos blancos con un buen escote que deja ver su piel de pelirroja moteada de pecas, y una chaqueta corta de seda en azul pavo que ha dejado cuidadosamente colocada en el respaldo de la silla. Si la vieras por la calle, podría ser cualquiera de las exquisitas jóvenes madres que pasean a sus hijos por Notting Hill, el exclusivo barrio de Londres donde vive con su marido, Alasdhair Willis, un alto ejecutivo, y sus cuatro hijos: Miller, Bailey, Beckett y Reiley. No es una diseñadora en la torre de marfil. Es accesible, tanto como puede serlo una mujer millonaria y de éxito. Tan cautelosa en las preguntas que rozan la intimidad que hasta renuncia a comentar cuál es el plato que más le gusta cocinar. “Pregúntaselo a mi esposo, él te lo dirá”.

Este año cumplió los 40 y lo celebró tres veces. Se casó hace ocho años, y es de las que piensan que haber encontrado un buen marido es lo mejor que te puede pasar en la vida. Tiene una empresa, factura miles de libras, diseña un montón de prendas, pero para ella lo más importante son sus hijos, de seis a un año. Dicen que jamás perdona no estar presente en su baño nocturno.

Educada en el sentido del trabajo, reconoce a menudo que ha debido trabajar para demostrar que no es solo la hija de Paul McCartney. Con 15 años hizo prácticas con Christian Lacroix y trabajó después con los sastres tradicionales de Saville Row, en Londres. Se graduó en 1995 en la mítica Saint Martins, la escuela de arte y diseño de la Universidad de Londres, y, probablemente, su apellido le facilitó su nombramiento como directora creativa de Chloé, en París, en 1997. Pero Stella tuvo éxito y multiplicó las ventas de la firma. En 2001 creó su propia marca y logró un acuerdo al 50% con el Grupo Gucci (la división de marcas de lujo PPR), y ese mismo año presentó su primera colección en París. En estos 11 años ha rebasado las expectativas. Su marca se distribuye en 50 países y ha abierto tiendas en 17. Acaba de inaugurar una en Barcelona, España. “Me encanta esa ciudad, y me gusta que allí no celebren corridas de toros”.

Stella McCartney diseña desde 2004 la ropa deportiva para Adidas y creó las prendas que llevaron los 500 atletas de Reino Unido en los Juegos Olímpicos de Londres.

En estos años, McCartney ha ido cubriendo todos los huecos de su firma, accesorios, ropa infantil, lencería, cosmética y perfumes, y ha hecho de la ecología y la sostenibilidad el arma secreta de sus colecciones. Como escribió Suzy Menkes, una de las periodistas más influyentes del mundo de la moda, el lujo del siglo XXI consistirá en tener tiempo y dinero para preocuparse por el origen de las prendas. “El verde es el nuevo negro”, dice, y para ella la firma que mejor ejemplifica el éxito de esta tendencia es Stella McCartney, reconocida militante ecologista. “Mi trabajo es diseñar, hacer prendas deseables que las mujeres quieran comprar, pero parto de la base de que jamás utilizo pieles de animales y que uso algodones orgánicos. Trabajar sin dañar el medioambiente y sin sacrificar el diseño es un gran reto”.

Sus convicciones son, como ella dice, una consecuencia lógica de su infancia. “Crecí en una granja, en el campo, y toda mi familia es vegetariana, así que cuando comencé a trabajar en la moda intenté no sacrificar mis principios, no ser hipócrita. Sé que tengo muchos menos materiales disponibles para trabajar, no uso cuero, ni piel, ni PVC. Es posible que sea la única firma de moda en el mundo que no los utiliza”. Dice que eso le plantea problemas. “Tengo menos opciones de texturas y colores, pero intento hacer negocios de una manera responsable. Nuestra industria tiene que enfrentarse al reto, necesitamos ser empujados a hacer las cosas de una manera más sostenible”. Utiliza algodones orgánicos, abacá (un cáñamo de Manila) y un tipo de seda que no requiere demasiada manipulación que encarga a dos cooperativas de Laos y Tailandia. El éxito de su bolso Falabella ha demostrado que se puede hacer un accesorio sin piel y cobrarlo como si fuera de cocodrilo, aunque le ocasione algunas limitaciones: “A veces solo tengo dos colores en cuero falso, mientras que si trabajas con cuero de verdad tienes miles de ellos. Siempre hay retos, pero para mí ser responsable y fiel a mí misma y a mi ética es lo más importante. Creo que la industria de la moda debería ser más responsable y cambiar el modo en que se produce y fabrica. Más de 50 millones de animales se matan al año solo para la industria de la moda. Eso para mí no es aceptable”.

Los zapatos que lleva hoy, de un centímetro de tacón y puntiagudos, tienen un aspecto estupendo. Me pide que los toque para comprobar su firmeza. “Hemos logrado nuevos materiales para las suelas que no son de cuero, pero tienen la misma vida media que el cuero. Llevan más trabajo que un modelo convencional; se hacen de una manera distinta, sin pegamentos fabricados con materiales de animales. Hay mucha muerte en un zapato de piel y yo huyo de ello”. Asegura que sus principios no le plantean problemas de confrontación con la industria del lujo. McCartney es un caballo de Troya en PPR. “Creo en infiltrarme desde dentro. No me gusta juzgar a la gente o hacerla sentirse mal. Me gusta animarles, darles información y trabajar con ellos para crear cambios. He tenido muchas conversaciones en PPR acerca de tener más sostenibilidad y han sido muy receptivos”.

Tras sus modales amables se esconde una fuerte personalidad. Su generación se identifica con su ropa, “probablemente porque soy mujer y me gusta crear prendas adaptadas al tipo de diseñadora que soy, a los diferentes tipos de mujer y a las distintas necesidades de la mujer de hoy día”. Posiblemente la clave de su éxito sea el preocuparse más por el consumidor que por la moda en sí misma. Muchas veces se vanagloria de sus prendas intemporales, un reflejo del sentido común de la middle class inglesa. Piensa que la última decisión la tiene el consumidor y no hay por qué ir vestido siempre a la última moda. “Mi cliente es joven, de mediana edad o mayor. Mi ropa conecta con muchos tipos de mujeres que se conocen a sí mismas, que están cómodas en su piel. Aprecian la calidad, el buen diseño, quieren algo que va a durar tiempo, y confío en que se den cuenta del amor y de atención al detalle que hay en cada prenda”.

No arriesga cuando se le pregunta quién ha influido más en su carrera, su padre o su madre, una reputada fotógrafa. “Ambos han tenido la misma influencia en mí porque el modo en como hago las cosas es muy femenino y a la vez muy masculino. Muchas de las influencias en lo que hago tienen que ver con la personalidad, el alma o la manera de comportarse ante la vida. El aspecto de las cosas es lo que menos me inspira”.

Si su aspecto físico recuerda a su padre, posiblemente en su forma de ser predomine la fortaleza de su madre, Linda Eastman. Stella McCartney afirma tener cosas de ambos, “como cualquiera. Por desgracia, mi madre falleció hace años, y quizá si estuviera aquí vería más cosas de mí en ella. Me han pasado muchísimas cosas desde que mi madre murió. He tenido cuatro hijos, me he casado…”. Su currículo en estos 11 años ha ido creciendo con numerosos premios y ha sido reconocida como uno de los cien personajes del año por la revista Time. “Me sentí muy orgullosa de aparecer en esa lista, pero no me siento una mujer poderosa. Todos tenemos ese momento en que te sientes exultante y dos horas más tarde tu hijo viene y vomita sobre ti, lo que te devuelve a la realidad. Me siento muy orgullosa de hacia dónde estamos yendo con el negocio, pero no es únicamente por mí, yo soy la cara de la marca, pero es un esfuerzo de equipo”.

Asegura que le encanta diseñar todo, que no tiene una prenda favorita. “Cambia dependiendo de cada temporada; en algunas no me siento con ganas de diseñar faldas y no lo hago; sin embargo, a la siguiente temporada a lo mejor lo único que me apetece es hacer faldas. Adoro hacer perfumes, lencería… me gusta el proceso del diseño y de la creación, el reto de la tecnología. Investigar los materiales. Es como cuando cocinas: tienes todos los ingredientes, pero el resultado depende de lo que hagas con ellos, o de si el fuego estaba muy alto o muy bajo, o si lo cocinas mucho tiempo. Me encanta el proceso desde la A hasta la Z. Disfruto hasta supervisando la campaña de anuncios de Adidas”.

La mujer que creció acosada por los paparazis rehúsa cualquier pregunta que roce siquiera de lejos su intimidad. Se cierra en banda y se concentra en los mensajes que envía una y otra vez desde su teléfono móvil, del que no se separa durante la entrevista. Junto a ella, en las oficinas de Londres, trabajan 10 personas, un reducido equipo que está al tanto de todo.

Nunca le ha tentado diseñar para hombres, excepto los años en que trabajó en Saville Row. “Mi parte masculina está muy presente y aprendí el oficio haciendo ropa para hombres. Nunca se sabe, a lo mejor será la próxima cosa que haga”.