Columnas

Crecer mucho, poquito, nada

Semana del 14 de cotubre, 2012

  • Revista Mujer

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¿Qué significa ser adulto? ¿Tener una carrera, ser responsable, ganar dinero, ser consecuente con uno mismo, armar una familia? ¿Cuántas de las personas que conocemos son verdaderamente adultas?

En los estados de desarrollo definidos por el gran epistemólogo, psicólogo y biólogo suizo Jean Piaget, hay un instante en que el niño descubre que los objetos existen de forma independiente de sí mismo. Es decir, antes de este estado, si un objeto o persona no está conectado de forma directa a él a través del tacto o de un estímulo, este objeto o persona deja de existir. Esta ‘epifanía’ ocurre entre los 12 y 18 meses de vida y constituye un paso gigante en el desarrollo cognitivo del ser humano. Pero lo cierto es que ese estado en el cual los seres que nos rodean no existen en la medida en que no alimenten nuestras necesidades suele perdurar un período bastante más largo.

Mi amigo C.S.C. se separó hace tres años. Sus hijos tienen 26, 28 y 30. Cada uno de ellos, en mayor o menor medida, ha construido una vida para sí mismo. Y sin embargo no le perdonan, ni a él ni a su mujer, el haberse divorciado. Ambos padres les han explicado mil veces que era un paso necesario, que viviendo por separado son más felices y están más tranquilos, pero los tres ‘niños’ no les perdonan haber roto aquel ‘nido’ donde solían recalar cuando no tenían otro panorama más atractivo. No es la primera vez que escucho algo así. La vida está llena de historias de adultos que parecieran no ser capaces de ponerse en los zapatos del otro, y cuyos mundos giran siempre en torno a sí mismos.

Pienso que, justamente, una de las particularidades esenciales de un adulto es la disposición no solo de entender al otro, sino también ser capaz de ponerse en su lugar. Celebrar sus logros, sus conquistas, aunque en ocasiones estas nos resulten incómodas o poco convenientes.

Un signo inequívoco de inmadurez es esa constante ansiedad que nos hace creer que el jardín de al lado es más verde que el nuestro. Esa inquietud, desasosiego, insatisfacción, que remueve la conciencia y nos vuelve incapaces de gozar los instantes, porque siempre pensamos que deberíamos estar en otro lugar. Lo veo en esas personas con quienes te encuentras en un cóctel y miran por sobre tu hombro porque a unos metros tal vez hay alguien más interesante con quien podrían estar conversando; o esas otras que están siempre llegando o partiendo, porque además de la comida a la cual han asistido, están comprometidos con otras tres. Y ¡ay! si deben pasar una noche solitaria, entonces comienzan las llamadas frenéticas, las promesas de cualquier cosa, porque sin duda el peor acompañante, el más temido, son ellos mismos. Estoy segura de que parte de ser adulto es tener la capacidad de vivir cada instante -pequeño o grandioso- con la convicción de que es allí donde queremos estar.

Otro indicio de inmadurez es la ilusión de que debemos cambiar a los otros a nuestra imagen y semejanza. De que podemos lograr que nuestros amigos, compañeros de trabajo, padres e hijos, hagan lo que nosotros esperamos de ellos; de que, en suma, con nuestra voluntad, amor, o lo que sea (hay personas que piensan que lo pueden lograr a gritos), podemos hacer desaparecer sus debilidades. Esta presunción conlleva una buena dosis de ego, porque nace de la premisa de que la forma en que uno mira el mundo es la correcta. Pero no solo eso, aspirar a que las personas cambien según el propio parecer es atentar contra su autonomía. El abandono de la inmadurez -entre otras cosas- implica reconocer que hay aspectos en los cuales nunca vamos a estar en total sincronía con el otro y que eso no tiene nada de malo. Según Paul Coleman, un connotado psicólogo estadounidense, esta aceptación constituye el cimiento de las relaciones adultas.

No me parece que ninguno de los requisitos anteriores sea demasiado doloroso. Me pregunto, entonces, ¿por qué nos cuesta tanto crecer?