Hombres

Luciano Brancoli

Cumplió 30 años como diseñador y ya forma parte de la historia de la ropa elegante en Chile. Le pedimos que reflexionara sobre el significado de la alta costura y sobre estas tres décadas de trayectoria. "La palabra moda es muy perecedera, yo no la uso. Hablo de prenda, de costura, de trabajo, de estilo".

  • Revista Mujer

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“En Chile hacemos alta costura a precio de prêt-à-porter, porque nunca ha sido pagada como se debiera”, define de entrada Luciano Brancoli, y explica las particularidades del oficio en el que se inició en 1982. “El trabajo es a mano, uno a uno, pero la gente no paga lo que cuesta. Por eso yo hablo de ‘prêt-à-couture’, o sea alta costura con precio de prêt-à-porter”.

¿Por qué ocurre eso si en Chile hay personas muy ricas que podrían comprar una prenda de alta costura? La alta costura es más para la imagen del diseñador, para mostrarla en los desfiles, para exhibir algo majestuoso, recargado. No creo que la gente que tiene plata en Chile quiera pagar por eso, porque ni siquiera lo hace afuera. Además que la expresión alta costura se ha ido desmitificando.

¿En qué sentido? En el sentido de que solamente sirve para mostrar tu potencia, tu creatividad, más que para vender. Lo que yo veo acá, como te decía, es un prêt-à-porter elegante y personalizado. A veces a mi ropa le pongo una etiqueta que dice ‘hecho a mano en América’ porque somos pocos los que estamos trabajando así.

¿Qué otros elementos distinguen la alta costura -o el prêt-à-couture- en Chile? La aparición de nuevas telas. Antes no teníamos muchas; traíamos de afuera y había que trabajarlas. Ahora los diseñadores de alta costura europeos las venden: tú puedes tener un diseño de Luciano Brancoli con una tela de Armani o de Oscar de la Renta.  Los costureros que les cosen te las ofrecen en las semanas de la moda, ocho, diez metros. De lo que sí me tengo que preocupar es que mi vestido no sea igual al modelo hecho por ellos que aparece en las revistas. 

Lleva treinta años trabajando, ¿qué ha cambiado en este tiempo? Ahora atiendo a la segunda generación de novias y te das cuenta de que hay una transformación enorme. Cuando yo diseñaba un vestido de novia miraba a la madre, no a la hija; ahora opina la hija y la madre no. Pero lo más curioso es la repetición de la ropa. Estoy haciendo vestidos parecidos a los que creaba hace treinta años; se reitera un poco el concepto, pero se cambia en algo la forma. Es una recreación. Pero no solo ocurre con las novias: muchas clientas me traen vestidos antiguos para que se los transforme. Para mí esa es la actitud: que la ropa muera porque se rompe, no porque pasó de moda. Yo les digo: no la pierdan, no la boten, tráiganmela y se las adapto. Cuando comencé tenías un vestido mini y al otro año se usaba maxi; un año se llevaban hombreras y al otro no. Por eso la palabra moda es perecedera, yo no la uso. Hablo de prenda, de costura, de trabajo, de estilo… Y hay otra gran variación en estas tres décadas: ahora los diseñadores podemos imponer un estilo, una forma. Antes la gente no salía de ciertos cánones, del rojo, el negro y el azul; las clientas no nos respetaban, y prácticamente éramos sus costureros.