Hombres

Manuel Garcí­a

Pasó de actuar en bares, cafés y patios universitarios a convertirse en uno de los músicos chilenos más populares: su actuación en el último Festival de Viña del Mar masificó el repertorio de sus tres discos. En julio tocará en el Teatro Caupolicán, donde anticipará algunas canciones de su próxima grabación, y en agosto comenzará una gira por Chile. Es la nueva vida de este ‘trovarrocker’.

  • Revista Mujer

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Dice que tiene un truco y que recurre a él cada vez que toca sus canciones. Que lo usó cuando cantaba en bares y restaurantes pequeñitos a mediados de la década pasada; también en su primer concierto masivo en el Teatro Caupolicán, en julio de 2011, y en el último Festival de Viña, cuando enfrentó a unas quince mil personas que repetían las letras de El Reloj, Alfil o La Gran Capital, tres de sus éxitos. Una estrategia que Manuel García (42) retoma cuando va con su guitarra a recintos extranjeros minúsculos o medianos como los que acaba de visitar en Puebla o en Ciudad de México. “Es una técnica mental y espiritual para que los escenarios, sean pequeños o grandes, no me cambien el sentido de las canciones ni de lo que quiero hacer: yo canto a las personas de manera individual, directamente, como estamos hablando nosotros aquí”, dice.

El truco parece resultarle. Su disco S/T (2010) y el DVD En Vivo con su mencionada actuación en el Caupolicán alcanzaron la categoría de ‘disco de oro’ por sus ventas. El 20 y 21 de julio volverá a actuar en ese teatro, y su próxima producción, aún sin título, es una de las más esperadas por la industria local. Tanto como el de Justin Bieber, como reseñó un crítico de música . “Yo me reía, porque en un momento Manuel estaba junto a Justin Bieber entre los cantantes más vendidos en Chile”, aportará más tarde Carlos Fonseca, su representante, conocido por su trabajo con Los Prisioneros.

¿Qué sientes cuando se dice que tu disco está entre los más esperados del año? Uy… Te echa encima un sentido de responsabilidad con respecto a lo que estás haciendo, pero como uno va trabajando día a día lo mejor que puede, más que un peso se me hace una ilusión. Es como cuando uno se come ese pedacito de pan con pebre o mantequilla en el restaurante: cuando tienes hambre ese es el mejor momento; aunque después la comida sea increíble, ese preámbulo es único.

Una antigua canción recuperada de una cinta de casetes grabada en los años 90. Sus primeras composiciones en un piano. Un par de canciones escritas directamente sobre loops o secuencias electrónicas. Así fue armando su disco. “Me di cuenta de que quería buscar nuevas ideas musicales. Pensé: ‘Quiero llegar a la simplicidad básica de una canción popular; a lo más esencial, a usar la menor cantidad de palabras y no establecer directamente esos discursos filosóficos que tienen mis otras canciones, sino buscar en otro paisaje sonoro y semántico”, explica.

¿Qué crees que percibe de ti la gente que te escucha?
Honestidad y una inquietud constante de estar moviéndome en búsqueda de algo que voy mostrando con una humildad que es verdadera… La emoción del escenario es que uno esté ahí como en una cita romántica, a la hora en que se comprometió a estar, con su mejor pinta y su mejor ánimo, con el corazón latiendo. Y hay una inquietud del público que se traduce en un silencio, y en una entrega de tiempo que es única, esperando algo que vas a establecer con ellos.

Y eso que ellos perciben, ¿coincide con lo que tú piensas de ti? Sí y no. Pregunta difícil, porque en esos momentos en que el público percibe al artista uno está dando lo mejor que encontró de sí mismo, pero uno no vive así constantemente. Yo hago canciones de paz, precisamente, porque muchas veces estoy muy inquieto, con una rabia que llevo por dentro o que está a flor de piel, o porque amanecí atravesado con miles de cosas. Si voy creando es porque me hace falta para encontrar la belleza o una verdad interna o, simplemente, para cantar por cantar.