Hombres

Ignacio Franzani

Acaba de terminar la segunda temporada del programa Fruto Prohibido y quisimos preguntarle por las prohibiciones que marcaron su vida. Le costó encontrarlas, pero hizo memoria y halló algunos episodios. En marzo continúa con su espacio Gran Capital, en radio Zero, y comienza su nuevo proyecto televisivo en TVN: Gran Avenida, un magazine cultural que lo llevará a recorrer las calles de Santiago.

  • Revista Mujer

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“¿Prohibiciones que haya tenido en mi casa?…  No recuerdo que hayan sido muchas. Mis viejos me inculcaron una educación disciplinada con cierto grado de conservadurismo, pero no hubo  prohibiciones retrógradas. Era un conservadurismo con mucho sentido común”, define Ignacio Franzani y da un ejemplo de esa disciplina paterna sensata. “Tenía un primo superloco que yo admiraba: era karateca, le encantaba Colo-Colo, tenía unos diez años más que yo, pero era como un niño. Me invitaba al estadio y yo encontraba que era el mejor panorama. En esa época explotó la violencia de las barras y mis papás dijeron ‘no más al estadio’. Yo tenía 12 o 14 años. Pero la decisión fue puro sentido común”, explica e insiste en su ejercicio de memoria: “Tienen que haber algunas que yo encontraba ridículas cuando niño… Déjame recordar”, pide hasta que se detiene en un típico conflicto adolescente que, en su caso, se extendió hasta los 25 años, cuando se independizó de sus papás. “Siempre fui muy noctámbulo… Cuando trabajaba en el programa En Boca de Todos, en Canal 13, consumía mucha música en vivo, y en Chile las bandas tienen el mal hábito de empezar a tocar a las dos de la madrugada, entonces es muy fácil que llegues a tu casa a las 6 de la mañana. Siempre era un problema con mis viejos. Pero me fui a vivir solo y santo remedio: mi relación con ellos se convirtió en amor total”, cuenta y finalmente su memoria ataja un recuerdo de máxima restricción. “Cuando pasé a cuarto básico nos vinimos del norte a vivir a Santiago. Entré a un colegio inglés superestricto, tuve que estudiar con un profesor particular para ponerme al día en el idioma, y además empecé a sentir algo que no entendía: yo no sabía que existían las clases sociales, un poco porque era un niño, pero también porque en el norte los niños éramos todos iguales. Yo era amigo del hijo del entrenador de Cobreloa, del hijo de un abogado y de una jueza, y del hijo de la señora del quiosco de la esquina, y andábamos juntos en bicicleta. Era una sensación de libertad que se acabó cuando empecé a vivir esas prohibiciones que tienen que ver con la aprensión de los papás que se dan cuenta de que el cabro chico ya no puede andar solo en la calle. Era una rutina asfixiante”.

El corte de pelo colegial también aparece en su registro de privaciones extrafamiliares. “Camuflábamos los peinados, y nos hacíamos cosas horribles para esconder el largo del pelo. Es que si te ponen normas absurdas, uno se rebela. Después miras fotos y dices: ‘Qué mal peinado tenía’. Me veía pésimo’.

¿Hay alguna prohibición que te toque vivir a diario y que te moleste? ¿Algo que me violente? Qué difícil. Típico que después voy a pensar y voy a decir: ‘Esto era’. Lo que me parece bueno es que lo que me planteas tiene mucho que ver con lo que ha pasado en las últimas semanas, con las prohibiciones para las nanas. Me da la impresión de que la gente está logrando un nivel de empoderamiento inusitado en Chile, y eso hace un giro en todo. Uno dice si los estudiantes son capaces de parar el país, la ciudadanía también puede lograr ese nivel de organización. Creo que estamos viviendo como un país que se rebela ante las injusticias y las prohibiciones.

“Cuando llegué a vivir a Santiago empecé a sentir algo que no entendía: yo no sabía que existían las clases sociales”.